El mar de Aral, que alguna vez fue el cuarto lago más grande del mundo, perdió cerca del 90% de su volumen desde la década de 1960 y quedó dividido en varias masas de agua. Su desaparición fue considerada una de las mayores catástrofes ambientales provocadas por el ser humano, pero ahora una investigación revela una consecuencia adicional: los sedimentos expuestos tras el retroceso del agua liberaron alrededor de 748 megatones de CO₂ en seis décadas.
El lago se encuentra en Asia Central, entre Kazajistán y Uzbekistán. Su deterioro comenzó cuando la antigua Unión Soviética desvió parte del agua de los ríos Amu Daria y Sir Daria para ampliar los cultivos de algodón y otros productos agrícolas en una región extremadamente árida. Con el tiempo, el lago perdió gran parte de su superficie y volumen.
El nuevo estudio, publicado en la revista Science y dirigido por investigadores del Centro de Estudios Avanzados de Blanes, en España, pone el foco en una consecuencia menos conocida de la desaparición del lago. Los científicos analizaron qué ocurrió con los sedimentos que durante miles de años permanecieron bajo el agua. Estos materiales contienen grandes cantidades de materia orgánica y carbono acumulados a lo largo del tiempo. Mientras permanecen cubiertos por agua, una parte importante de ese carbono queda almacenada.
Ahora, los expertos sugieren que recuperar el lago podría ser la clave para prevenir nuevas emisiones.
La restauración hidrológica del mar de Aral daría como resultado una reducción masiva de las emisiones de dióxido de carbono. Foto: Georgiy Kirillin
Cuando el nivel del agua baja, los sedimentos del lecho quedan expuestos al aire y la materia orgánica empieza a descomponerse, liberando CO₂ que termina en la atmósfera. Ese proceso, según los investigadores, habría generado unas 748 megatoneladas de CO₂ desde la década de 1960, de las cuales cerca de la mitad se emitieron en los primeros 15 años tras la exposición de los sedimentos; después, las cifras bajaron progresivamente al agotarse parte del carbono disponible.
Las tormentas también transportan el carbono
No obstante, el carbono no sigue un único recorrido. Aproximadamente una quinta parte no se libera directamente como gas, sino que permanece en partículas de polvo, y las frecuentes tormentas de arena de la región se convierten así en otro mecanismo de transporte: los fuertes vientos levantan los sedimentos secos y pueden llevarlos a grandes distancias desde el antiguo fondo del lago.
La vegetación también interviene. En algunas zonas se han plantado saxaúles (Haloxylon ammodendron), árboles que resisten las condiciones extremas de la zona y ayudan a recuperar parte del carbono, aunque su efecto es limitado: la revegetación actual compensa menos del 1% de las pérdidas.
El problema, además, no ha terminado. Los científicos calculan que aún quedan alrededor de 605 megatoneladas de CO₂ almacenadas en sedimentos que no se han secado por completo, y si esos materiales siguen quedando expuestos, una parte de ese carbono podría terminar en la atmósfera.
Recuperar el agua para evitar nuevas emisiones
La propuesta de los investigadores no solo busca mitigar el impacto ambiental, sino que también podría traducirse en un beneficio económico. Según las estimaciones del estudio, la restauración ecológica de la región podría generar entre 3.600 y 18.000 millones de dólares mediante créditos de carbono en los mercados voluntarios internacionales. La idea sería financiar parte de los trabajos con la venta de estos créditos al sector privado, en lugar de depender exclusivamente de los presupuestos de Kazajistán y Uzbekistán. Empresas tecnológicas, aerolíneas, compañías de hidrocarburos y entidades financieras podrían convertirse en potenciales compradores.
Ante este escenario, los científicos plantean recuperar parcialmente el mar de Aral o rehidratar de manera selectiva determinadas zonas de sus sedimentos. El objetivo sería sencillo: volver a cubrir con agua los materiales que todavía conservan carbono para reducir su exposición al aire y evitar nuevas emisiones.
El mar de Aral, por tanto, no solo representa la historia de un lago que desapareció. Su antiguo fondo continúa interactuando con la atmósfera décadas después del retroceso del agua, y los científicos creen que todavía existe una oportunidad para evitar que una parte importante del carbono restante siga el mismo camino.
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