El desierto de Taklamakán reverdece: tras 46 años de la Gran Muralla Verde, los satélites confirman que ya absorbe más carbono del que emite <<>

Las observaciones satelitales y los datos tomados en tierra por investigadores de Estados Unidos y China ya permiten ver, incluso desde el espacio, el resultado de casi cinco décadas de intervención en uno de los lugares más secos del planeta. El análisis de las concentraciones de dióxido de carbono, la cobertura vegetal y las condiciones climáticas de la región muestra un aumento a largo plazo tanto de la superficie cubierta por vegetación como de la actividad fotosintética, especialmente en los márgenes del desierto de Taklamakán, en el noroeste de China, donde se concentró buena parte de los trabajos de restauración.

Ese reverdecimiento, sin embargo, no fue el objetivo original del programa conocido como la Gran Muralla Verde de China, que comenzó en 1978. En sus inicios, la iniciativa buscaba frenar la desertificación, estabilizar las dunas y proteger las zonas habitadas y agrícolas frente a las tormentas de arena, no combatir el cambio climático. Recién después de 46 años de trabajos, en 2024, se completó un cinturón verde de unos 3.000 kilómetros alrededor del Taklamakán, uno de los desiertos más grandes y áridos del planeta.

Para que árboles, arbustos y otras especies vegetales lograran sobrevivir en un entorno extremadamente árido, los proyectos de restauración dependieron en buena medida de la disponibilidad de agua procedente de las regiones montañosas cercanas. Ahora, tras esas décadas de esfuerzo, algunas zonas del desierto parecen estar absorbiendo más dióxido de carbono del que liberan, una transformación ambiental que los científicos comenzaron a observar desde el espacio.

El desierto de Taklamakán es conocido por ser uno de los más grandes y secos del mundo. Foto: Wikimedia

Los científicos advierten, eso sí, que el caso del Taklamakán no constituye una solución que pueda trasladarse automáticamente a cualquier región desértica. La disponibilidad de agua es un factor determinante para mantener la vegetación y, por tanto, para conservar su capacidad de absorber carbono. Además, calcular con precisión cuánto CO₂ queda almacenado a largo plazo sigue siendo un desafío científico.

El experimento chino muestra, no obstante, que décadas de restauración vegetal pueden modificar de forma significativa el funcionamiento ambiental de una de las regiones más áridas del planeta. Y los datos satelitales ya lo reflejan: durante la estación más húmeda, entre julio y septiembre, el incremento de la vegetación estuvo relacionado con una reducción de aproximadamente tres partes por millón (ppm) de CO₂ atmosférico respecto a la estación seca. Para los investigadores, esta variación coincide en el tiempo y el espacio con la expansión de la vegetación y las intervenciones realizadas durante las últimas décadas.

Esto no significa, sin embargo, que todo el desierto se haya convertido en un enorme sumidero de carbono. Los efectos más destacados se concentran en las zonas donde aumentó la cobertura vegetal, especialmente alrededor de los márgenes del desierto. Los datos apuntan así a que determinadas zonas restauradas del Taklamakán han pasado a comportarse como sumideros de carbono, es decir, áreas que absorben más dióxido de carbono del que liberan.

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