El mensaje presidencial ya se dio y, con él, llegó una catarsis esperada. Ahora que el discurso quedó atrás, se puede hablar de posibilidades. Antes de que ocurriera, la intriga despertó curiosidad e interés por todo lo dicho, opinado y especulado en la poca y nula posibilidad de hacer una necesaria y urgente buena gestión. Entre quienes dicen conocer historia y formas de hacer gobierno se generó un miedo, terror a lo desconocido o lo que puede venir, con juicios más reactivos que fundados.
En el mensaje, los tiempos del verbo marcaron el tono. Se saltó al futuro con metas medibles, rendición de cuentas y una gestión con disciplina y resultados, pero el presente agobia con inseguridades y corrupción, más la presencia de El Niño, que viene de malas formas. El diagnóstico inicial puso en evidencia la condición de país y la situación de un Estado debilitado en algunos sectores y, muy a la inercia en otros.
Como país, mejorar la calidad de vida, dotar de infraestructura y apostar al crecimiento económico con una sostenibilidad fiscal van de obligado junto a una reforma y reformulación del papel del Estado y sus instituciones. Si todos los niveles del Estado cumplen sus metas de acuerdo a sus competencias, va bien.
Pero la prioridad es el crimen organizado. El ejecutivo necesita de una alianza estratégica con los gobiernos regionales y municipales con planes y propuestas concretas de lectura provincia-región-país; ahí está la diferencia. Los diputados necesitan del Senado para consumar el tan mentado equilibrio de poderes. Finalmente, deberá conseguirse un presupuesto alineado a propuestas, donde levantar lo rural y mejorar lo urbano es clave.
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