Entre cebiche con calamar, choclito, ají limo y camotito, además de un arrocito con mariscos y una jarrita de maracuyá heladita, el Chato Matta llegó al restaurante con una historia que contar. Y no era cualquier historia: el abogado mujeriego conocido como Pancholón lo había invitado a su sauna privado, donde lo atienden como rey.

“María, el gran Pancholón me invitó a su sauna privado donde lo atienden como rey. Apenas llegué le dijo a Jaimito que cambie la hierba y pusieron bastante eucalipto, manzanilla, romero y su toquecito de naranjita y piña”, relató el Chato Matta.

La sesión empezó en la cámara de vapor a más de 50 grados. Luego pasaron al jacuzzi, donde pidieron dos cervecitas heladas y Pancholón se puso a cantar uno de sus temas preferidos de Los Auténticos Decadentes: “Somos los piratas/ Nos gusta la aventura, las noches de bailanta/ Somos los piratas/ Toda una vida fiel al ¡gato y a las trampas!/ Somos los piratas/ Amigos de la noche, los gatos y las trampas/ Somos los piratas/ Después del cabaret ¡Nos vamos para el sauna!”.

Fue entonces cuando el abogado soltó su confesión. “Chatito -me dijo-, este es mi refugio. Vivo estresado y aquí me relajo. Pero los años no pasan en vano, por mi vida han pasado muchas mujeres, nunca he sido malo, siempre canté las cosas claras, pero reconozco que soy inmaduro y me volví podrido desde que era un adolescente y una prima me enseñó cositas ricas”.

El origen de su trauma, según contó, se remonta a su época universitaria: Jackie, la chica más linda de su barrio, lo engañó con el ‘Cholo’ de la televisión, que la llenaba de joyas y dinero. “Yo era un estudiante misio que vivía de propinas. Desde ese día me traumé y quise partir a todos”, confesó.

Pese a todo, Pancholón reconoce que no puede cambiar: “A veces quiero sentar cabeza, pero no puedo, la tentación me come el cerebro”. La semana pasada, un amigo adinerado lo invitó a su casa de campo en Pachacámac. “Fuimos con dos amiguitas y la pasamos muy bien. A mi amigo le gustaba comer y tomar buenos tragos”, agregó.

“Nunca olvides que a la mujer siempre hay que tratarla con mucho cariño y respeto, los atorrantes no corren, verás que después ellas solitas regresan por su vuelto”, me aconsejó Pancholón aquella noche, mientras Carolina y su amiga, la ‘aburrida’, nos acompañaban. Yo estaba saboreando un whisky etiqueta dorada y comiendo un bife ancho argentino cuando el trago subió y los dos le pusimos la puntería a Carolina, quien se puso a hacer striptease al ritmo de una canción de Bad Bunny. La cosa se puso caliente.

Cuando alguien me gusta, me viroleo, saco la lengua y pateo debajo de la mesa. No puedo evitarlo, y el hombre se dio cuenta. “Pancholón -me dijo-, tú eres mi invitado, así que vaya y deje bien a los varones. Yo me arreglo con la ‘aburrida’”. En ese momento me di cuenta de que mi brother tenía demasiada calidad. Recuerdo que hice mi mejor faena. Chato, salud, por ellas. La vida es una sola, se puede cortar de un momento a otro, por eso hay que disfrutarla. A todas las quiero poseer.

Pucha, ese señor Pancholón es un enfermo del sexo, por eso está mal de la próstata y la vez pasada no podía ni orinar. Los médicos le han dicho que descanse, pero no hace caso. Me voy, cuídense.

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