El Chato Matta llegó al restaurante por una parihuela de pescado acompañada de arroz blanco, limón y rocotito, y para tomar pidió una jarra de chicha morada. Fue entonces cuando recibió el relato de su amigo Pancholón, quien lo contactó desde Estados Unidos. “María, me timbró Pancholón desde Estados Unidos donde está viendo en vivo y en directo los partidos del Mundial. El abogado mujeriego estaba eufórico, mientras me contaba de su nueva conquista”, relató el comensal.
La historia comenzó cuando Pancholón tomaba el sol en las playas de Hollywood, en Miami. “Chatito, recibí la llamada de Diego González, quien fue mi asistente legal en Perú, y me dice: ‘Doctor Panchito, vivo en Virginia y en estos momentos le compro su pasaje aéreo y se me viene pa mi casa’”, contó. Al llegar al Aeropuerto Internacional de Washington-Dulles, Diego lo esperaba con dos rubias. “Una de ellas me dice: ‘Welcome, my love Pancholón’. Me quedé frío por la linda coloradita de ojos azules y un cuerpazo al estilo JLo”, recordó.
Diego los llevó en su camionetón hasta su casa, ubicada en el barrio residencial de Magnolia Springs, en Charles Town, Virginia Occidental. Al ingresar al caserón, Diego le pidió a Siri, el famoso asistente virtual, que pusiera la canción ‘Incomprendido’, de Ismael Rivera. “Yo, yo, yo, yo, creo que voy/ Solito a estar, cuando me muera/ He sido el incomprendido/ Ni tú ni nadie, me ha querido tal como soy...”, sonó la melodía. Pancholón no perdió tiempo: “La saqué a bailar a la compatriota de Trump y empecé a hacerle el baile ‘del salto de soga’ y a mover la cintura a la derecha y a la izquierda, para terminar con ‘el baile del epiléptico’. La gringa se mataba de la risa maravillada”. Luego de tomar un ron XO, propuso: “Vamos a ver el partido de Argentina en el Times Square de Nueva York”.
Aceptaron e hicimos cinco horas desde Virginia hasta la capital del mundo por carretera. Al llegar, un tumulto de gente de todos los países esperaba ver a Messi en pantalla gigante. No terminé el encuentro porque me fui con la gringa a un hotel cerca de donde estuvieron las torres gemelas. Ahí, para dejar bien a los peruanos, puse en práctica todos mis años de caminante, de viejo zorro. A la colorada le hice el ‘salto triple del chanchito’, mientras ella me decía: ‘Yeah, yeah, yeah, yeah’. Cuando descansamos, ella, en su español masticado, me repetía ‘my love Pancholónnnnn, my God’, mientras me abrazaba bien melosa. Ese señor Pancholón es un tremendo cochino y sinvergüenza que nunca cambiará. Va a terminar solo y enfermo. Me voy, cuídense.
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