El poeta Luis Eduardo García presenta su más reciente novela, “Tres maneras de morir” (Seix Barral, 2026), cuyo protagonista, Facundo Montiel, emprende un viaje doble: el físico, que lo lleva desde España hasta Chulucanas para enterrar a su padre, y el emocional, que comienza incluso antes de abordar el avión. En ese trayecto interior, Montiel revisita su infancia, un mundo que parece clausurado para siempre pero cuyos vestigios le plantean nuevas preguntas sobre su propia vida.

El personaje, de setenta años, se encuentra jugando los últimos tiempos de su existencia y se observa desde el cuerpo y las emociones, sin refugiarse en la idea preconcebida de que un hombre de esa edad ya no debería tener esas inquietudes. Esa exposición de su vulnerabilidad lo convierte en una figura memorable, precisamente por ser todo lo contrario a ese estereotipo. Facundo se reconoce como un “fugitivo de sí mismo”, alguien que no sabe cómo lidiar con sus duelos ni con el vacío que siente tras la muerte de su padre.

La memoria de Montiel es la que habla la mayor parte del tiempo, mientras intenta resolver otro duelo: el de su amor por H, un romance que culmina en una traición inesperada. La historia se centra sobre todo en esa ruptura, narrada inicialmente desde el dolor, pero la destreza del autor logra que ese sentimiento adquiera otros matices, permitiendo salir del agujero del despecho y encontrar otras lecturas. Es lo que sucede cuando se vuelve a mirar un amor que se ha ido: se observa desde la cólera, la tristeza, el cariño, la ternura, el deseo y, una vez más, la cólera, en ese caos emocional en el que vuela Montiel, como una mariposa, esperando encontrar un lugar donde finalmente sea quien ha buscado ser desde hace mucho tiempo.

En sus recuerdos, Facundo rememora que de niño mataba mariposas y se siente culpable por su progresiva desaparición en Piura y en el mundo. También revive la relación tirante con su padre, marcada por reproches y rencores. Si no se mencionara la edad del personaje, se podría pensar que se trata de un joven a punto de transformarse en adulto, pero no es así.

Uno de los grandes aciertos de García es no solo mostrar la cicatriz, sino también la herida, e incluso cómo uno sufrió esa herida o cómo hirió a los demás. El libro, desde perspectivas diversas como la literatura, la ciencia o el tarot, abre más interrogantes. Si después de la muerte no hay posibilidad de reconciliación, ¿qué queda? Esa pregunta impulsa el viaje más importante que realiza Montiel en esta novela: el perdón.

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