Este martes 28 de julio, en la Feria Internacional del Libro de Lima, el reconocido escritor Eduardo González Viaña presenta su última novela, Manuela Sáenz y la luna de Paita, publicada por la Universidad César Vallejo (UCV). En la obra, el autor reivindica a la prócer de la independencia peruana y americana como una figura crucial, cuya trascendencia moral la vuelve vigente incluso hoy. “Manuela Sáenz es una hija de nuestra América. No se le puede adjudicar ciudades de nacimiento porque ha nacido en todas”, afirma González Viaña en la entrevista con La República.
El escritor explica que su interés por Sáenz nace de la necesidad de visibilizar a mujeres como Micaela Bastidas, Ventura Ccalamaqui o Juana Azurduy, “formadas por una tierra que nunca se rindió”. Según González Viaña, “a ellas poco se las menciona o se las coloca en un modesto segundo plano, y no debe ser así. Sin ellas, no puede explicarse la hazaña de juntar desde el Cusco un mundo hecho pedazos, como hizo Micaela Bastidas, o de proseguir una revolución que Manuela peleó al lado de Bolívar y que todavía no ha terminado”.
Consultado sobre si el vínculo romántico con Simón Bolívar ha reducido su imagen, el autor es enfático: “A quienes la limitan a ese papel y tan solo la llaman ‘Manuelita’, hay que decirles lo siguiente: ante todo, Manuela no es Manuelita. Es Manuela Sáenz Aizpuru, nacida en 1797 en Quito, pero ciudadana de una patria mayor, la gran patria latinoamericana”. González Viaña recuerda que Sáenz fue capitana de Húsares, coronela del Ejército colombiano, caballeresa del Sol, libertadora del Libertador y combatiente a pie y a caballo en las batallas de Junín y Ayacucho.
Con la musicalidad que caracteriza su prosa, el autor no solo ofrece la imagen de una mujer con carácter y convicciones, sino que su figura adquiere relevancia actual por su configuración moral. “Siempre ha habido mujeres como Manuela Sáenz. Lo que ocurre es que el patriarcalismo arcaico ha impedido hasta mencionarlas”, sostiene. González Viaña, quien ha escrito varias veces sobre ella en su columna Correo de Salem en La República, concluye que Manuela Sáenz “tranquilamente puede ser una mujer de hoy”.
En la novela, González Viaña subraya que Manuela Sáenz era una mujer muy cultivada. El escritor recuerda que ella se formó en las lecturas de los enciclopedistas franceses y que, muchos años antes de conocer a Simón Bolívar, ya había logrado que el mayor regimiento español, el Numancia, se pasara a las filas patriotas. “Lo que ocurre es que algunos criterios pasadistas y patriarcales no pueden imaginar de otra manera a las mujeres que participan en la vida de nuestros países”, explica. “De la misma forma, cuando representan su figura, suelen centrarse en las voluptuosidades de su cuerpo, lo que equivale a pedir que se represente a un héroe masculino mostrando sus rodillas”.
Retrato de Manuela Sáenz (1830). Bogotá. Fuente: Wikipedia.
Esta no es la primera novela en la que el autor aborda figuras de la independencia. Sobre el trabajo de investigación para Manuela Sáenz y la luna de Paita, destaca que “el mejor y más encantador trabajo fue visitar Paita y caminar por sus calles estrechas y su playa mentirosa durante dos semanas”. Aclara que no fue el más difícil, sino el más bello, porque él también vivió en un puerto como aquel en su infancia. Lo siente como el poema de Spelucín: “Puertos de Dios, tirados como caracoles, como la arena parda, por aquí, por allá. Amados de los vientos, amados de los dioses, y de lo que se viene y de lo que se va”.
Para González Viaña, en la novela estamos ante una mujer que se hizo a sí misma. Manuela Sáenz tuvo que sobreponerse a la pobreza allí y convertirse en madre, doctora y consejera de ese pueblo durante décadas. “La animadversión de los gobiernos enemigos de Bolívar así lo determinaba, pero ella resistió. Estudiar su tiempo fue para mí, en realidad, como vivirlo”, afirma.
Los libros que ha escrito sobre personalidades peruanas pueden ser catalogados como novelas históricas, donde los datos deben ser precisos. El escritor reflexiona sobre a partir de qué momento inventa. Relata un episodio de su novela El largo camino de Castilla, donde el personaje don Ramón se detiene frente a la puerta abierta de la catedral de Arequipa y descubre a la mujer más guapa que ha visto en su vida. Entra al templo, escoge un lugar detrás de ella y, cuando el sacerdote ordena a los fieles darse el saludo de la paz, Ramón abraza a la muchacha y, sin darse cuenta, le da un beso en los labios. Ella es la dama con quien después se casaría. Cuando su amigo, el padre Alejandro Cussiánovich, leyó la novela, lo felicitó, pero le observó que el episodio en la misa no podía ser cierto porque la liturgia que indica a los fieles saludarse es mucho más reciente. “Alejandro tenía razón. Todo es cierto en la novela, aunque ese momento lo copié de algo que en realidad me había ocurrido recientemente. Con ello quiero decir que todo es verdad en una novela, porque todo es verdad en la versión del escritor”, concluye.
“Siempre ha habido mujeres como Manuela Sáenz. Lo que ocurre es que la mirada sesgada de algunos y el patriarcalismo arcaico de otros ha impedido hasta mencionarlas”, afirma Eduardo González Viaña al ser consultado sobre si la Libertadora, hoy, sería calificada como una mujer empoderada. El escritor también cuestiona la distinción de nacionalidades cuando se le pregunta si perjudica a nuestro imaginario que Manuela Sáenz no sea peruana. “No suelo distinguir peruanos de ecuatorianos o colombianos. Para mí, esta tierra y sus habitantes siempre fueron y serán algún día la gran patria latinoamericana. Manuela Sáenz es tan paisana nuestra como lo es María Parado de Bellido o Santa Rosa de Lima”, sostiene. Y agrega: “Conforme la crítica machista pierda sus legañas, encontrarán que nuestro mundo es más bello de lo que piensan. Es también un mundo de locas y encantadoras mujeres. Solo hay que aprender a verlas para escribir sobre ellas”. Cierra con un verso de Mario Benedetti: “Si te quiero es porque sos/ mi amor, mi cómplice y todo/ y en la calle codo a codo/ somos mucho más que dos”.
La oralidad, andina y cosmopolita, sigue presente en su escritura. Cuando le preguntan si percibe que las novelas actuales rescatan ese mágico sonido de las lenguas originarias, responde que las sirenas aparecen en medio de la selva y hablan en sus novelas. “¿En qué otro idioma lo harían si no en el suyo?”, se pregunta. También lo hacen los árboles y las montañas, e incluso el caballo del mayor de nuestros presidentes da una declaración. “Así ocurre también con el caballo de Manuela, que se explaya contándonos qué sentía cuando ella cabalgaba sobre su lomo en las batallas. Me resultaría difícil traducir todos esos decires al habla de un profesor de matemáticas o al discurso de un congresista”, explica.
Ese tono de escritura, según el autor, viene de la infancia. “Cuando yo era pequeño, me pasaba la noche junto con dos indios armados de machetes frente al río. Cuidábamos el agua que abastecía el fundo de mi padre. Allí aprendí a hablar con los campesinos y, con ellos, también a hablar con el agua y con la noche en un idioma que es mío tanto como lo es el castellano de Cervantes”, relata. Y trae a colación a Juan Rulfo: “Cuando le preguntaron a Juan Rulfo por qué había usado el lenguaje que utilizó al escribir Pedro Páramo, él respondió: ‘Comala es un pueblo muerto donde no viven más que ánimas, donde todos los personajes están muertos, y aun quien narra está muerto. Entonces no hay un límite entre el espacio y el tiempo. Los muertos no tienen tiempo ni espacio’. El asunto es que, en este caso, Rulfo solo podía utilizar esa oralidad, la de los aparecidos”.
Consultado sobre si la “torta del reconocimiento” está bien repartida en la literatura peruana, Eduardo González Viaña responde con humor: “La única torta que a mí me gusta es la tiramisú. Las demás pueden repartírselas a su buena gana porque ni yo ni nadie estará observando”.
En cuanto a qué lo motiva a seguir escribiendo, el autor sostiene: “Escribo para vivir y vivo para escribir. Creo que todo lo que escribo es, al final, autobiográfico, aunque no haya atravesado la selva ni suela hablar con los árboles. Los personajes de mis historias son generalmente amigos míos o gente a quien le quiero tomar el pelo. Lo quiera o no lo quiera, el escritor es autobiográfico”.
La presentación de su novela Manuela Sáenz y la luna de Paita se realizará el martes 28 de julio de 2026 a las 12:00 m. en el auditorio César Vallejo de la Feria Internacional del Libro de Lima (FIL Lima).
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