La nueva novela de Raúl Tola, “El peso del aire” (Alfaguara), sitúa su trama en los años finales del fujimorismo, uno de los periodos más convulsos de la historia reciente del Perú. A partir de ese contexto, el escritor peruano explora temas como el poder, el periodismo, los silencios familiares, la memoria y las contradicciones que hacen profundamente humanos a sus personajes. En diálogo con Correo, Tola reflexiona sobre el oficio de narrar y la frontera —siempre frágil— entre la verdad y la ficción.
“Es una novela sobre mi experiencia como periodista de televisión y cuenta la historia de un joven que empieza a trabajar casi por casualidad en un pequeño canal de noticias durante la dictadura de Fujimori (2000), cuando publicaba aquello que los demás canales, controlados por Vladimiro Montesinos, no difundían”, comenta el autor. “Quería contar esas emociones, esas impresiones y esa Lima que se vivía entonces. Una de las grandes ventajas de la literatura es que permite vivir otras vidas e incluso revivir la propia”, agrega.
Consultado sobre si “El peso del aire” es una novela de autoficción, Tola descarta el término. “No creo mucho en el término autoficción, porque siento que, en la práctica, toda ficción tiene un punto de partida personal, muchas veces autobiográfico, vinculado con la vida del escritor. [...] Por eso considero que el término autoficción es un pleonasmo. Es, simplemente, literatura”, sostiene.
El autor también señala que, aunque muchos lectores no vivieron la época retratada, logran conectar con los personajes. “Ahí importa más el proceso que atraviesan los personajes que la anécdota histórica. Uno siente pena, alegría, se conmueve y termina identificándose con ellos”, explica. El protagonista es Esteban Gamio, pero a lo largo del libro cede la palabra a un chofer de unidad móvil, un agente del SIN, el fundador del canal, el director, Montesinos, Fujimori y hasta una practicante que luego se convierte en estrella de la televisión.
“La literatura llega a la verdad a través de la mentira, porque todo lo que cuenta una novela es ficción”, sostiene Raúl Tola. Para el escritor, ese mecanismo de conocimiento tan particular plantea preguntas y las responde con otras preguntas, y es precisamente ese proceso de búsqueda lo que constituye su riqueza. Al ser consultado sobre si el periodismo limita o enriquece al novelista, Tola es claro: no cree que lo limite, pero advierte que existe una frontera que nunca debe cruzarse: “la que separa la verdad de la mentira”. Explica que el periodismo debe aspirar a contar la verdad, mientras que la literatura “siempre es una mentira, incluso cuando se inspira en hechos reales. Por lo menos, la literatura que yo intento practicar”.
Respecto a los desafíos de narrar hechos reales como periodista y explorar verdades emocionales como novelista, Tola señala que ambos tienen sus propias dificultades. Cuando se narran hechos reales, dice, uno se enfrenta a la necesidad de la verosimilitud, y el reto está en matizar esos hechos para que la exageración no rompa la verosimilitud de la novela. Sobre la relación entre ambos oficios, recuerda que a partir del nuevo periodismo en Estados Unidos —con autores como Gay Talese, Tom Wolfe o Hunter Thompson— quedó claro que la literatura podía enriquecer el periodismo incorporando nuevas preguntas y recursos narrativos. Ya no bastaba con responder quién, cómo, cuándo y dónde; también interesaba saber qué sentía una persona, qué la motivaba o qué ocurría en su entorno. Del mismo modo, la literatura también se enriqueció con el periodismo, y pone como ejemplo a Hemingway, quien aprendió ese estilo de frases cortas mientras trabajaba como periodista.
En cuanto a su interés por la memoria como territorio literario, Tola afirma que “básicamente, somos pasado. Somos aquello que ocurrió antes de nosotros y lo que ocurre mientras vivimos. El futuro todavía no existe”. Para comprender el presente, sostiene, es indispensable conocer el pasado, y revela que muchas veces ha descubierto que acontecimientos que creemos nuevos ya ocurrieron antes en el Perú. Conocer ese tránsito entre el pasado y el presente, concluye, nos ayuda a comprender mejor el tiempo que vivimos y, ojalá, a no repetir los mismos errores.
Ese probablemente sea el tema central de mis novelas: la relación entre el individuo y la historia”, señala Raúl Tola, quien explica que su interés se centra en cómo las personas transforman la historia y, al mismo tiempo, cómo esta transforma, condiciona y trastoca la vida de los individuos. “Muchas veces los grandes procesos históricos terminan decidiéndose por motivos profundamente personales. Eso me interesa mucho más que las grandes explicaciones teóricas de la historia o la ciencia política”, agrega.
El escritor destaca que lo que le interesa es la perspectiva de los seres humanos, pues “no somos completamente racionales; somos emocionales, contradictorios, caprichosos. Muchas cosas nos ocurren por casualidad y no porque las hayamos planeado”.
Consultado sobre si en “El peso del aire” aborda de manera consciente los secretos familiares y las fracturas de la sociedad peruana, Tola responde que sí, absolutamente. “Aunque muchas cosas surgen de manera natural mientras escribo, soy consciente de que me interesa explorar esos pequeños dramas cotidianos, esos universos llenos de complejidades, afectos y conflictos que existen en todas las familias”, sostiene. En esa novela, precisa, aparece “justamente una familia desestructurada que intenta salir adelante, pero que termina siendo alcanzada y destruida por la propia historia”.
Al referirse al título de su obra, el autor explica que es “evidentemente, un juego con el ‘aire’ televisivo” y que tiene una doble connotación. “El aire también pesa, pero es un peso que nos resulta imperceptible; no lo sentimos”, detalla. Tola quería que el título resumiera el libro: “todo aquello que oprime y, al mismo tiempo, expande la vida del protagonista por el hecho de salir al aire, de estar en televisión. Esa experiencia transforma su vida y lo enfrenta a un momento extraordinario. Todo ese peso, toda esa densidad, también termina transformándolo”.
El escritor considera que tuvo “la suerte de encontrar el título que necesitaba la novela”, pues “encontrar un buen título es muy difícil”. Menciona que hay autores, como Alfredo Bryce, que parten de un título y construyen la novela a partir de él, mientras que otros lo descubren mientras escriben. “Gabriel García Márquez, por ejemplo, encontró Cien años de soledad en la última frase de la novela”, recuerda.
“El peso del aire estuvo presente casi desde el inicio”, afirma Raúl Tola sobre el título de su obra. “Nació junto con la idea del libro y creo que resume muy bien sus 470 páginas”. El autor limeño, nacido en 1975 y de 50 años, ejerce el periodismo desde 1992, ingresó a televisión en 1999 y publicó su primera novela, Noche de cuervos, ese mismo año. Su bibliografía incluye títulos como Heridas privadas, Toque de queda, Flores amarillas, La noche sin ventanas y La favorita del Inca. Actualmente, Tola se desempeña como director de la Cátedra Vargas Llosa en Madrid.
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