
Miles de peruanos llevan hoy apellidos que existían antes de la llegada de los españoles, heredados de los incas, aimaras, mochicas, shipibos y otros pueblos originarios. Esos nombres, que revelan la diversidad cultural del Perú, siguen recorriendo el país: en Cusco recuerdan el Tahuantinsuyo; en Puno mantienen viva la lengua aimara; en la Amazonía nombran a las personas a partir de la naturaleza; y en Lambayeque conservan la memoria del antiguo territorio mochica.
Uno de esos casos es el de Mayté Puican Jordán, joven nacida en Ciudad Eten (Lambayeque), quien a sus 20 años luce con orgullo su apellido de origen mochica. "Sí he sufrido discriminación, se podría decir, pero genuinamente creo que no debería afectarnos mucho porque es llevar la historia, la cultura de tu familia, de tus ancestros contigo", afirma. Mayté aclara que su apellido se escribe Puican (no 'Puicán'). Su padre, José Germán Puican, también conserva ese legado. Sin embargo, no todos lo hacen: hay peruanos que ocultan o incluso han tratado de cambiar sus apellidos por su origen indígena.
El antropólogo José Carlos Vilcapoma explica que los apellidos tal como los conocemos hoy aparecieron durante la colonia. Antes, los habitantes del antiguo Perú pertenecían a un linaje y recibían distintos nombres a lo largo de su vida. "Los apellidos vienen cuando los españoles llegan aquí y comienzan a inscribir (a la población) para los colegios de notables que se establecen, más o menos, en 1771. Con las ordenanzas se comienzan a reducir a los indígenas y a inscribirlos. Entonces, le dicen (a los indígenas): 'a ver, ¿cuál es tu nombre?' Entonces, el apellido como tal que ahora conocemos, materno, paterno, y el de filiación, se establece con la llegada de los españoles", afirmó.
Según Vilcapoma, antes de la llegada de los españoles, en el territorio que hoy conocemos como el Perú —más extenso que los límites actuales y gobernado por los incas— existían "más o menos 200 señoríos interétnicos". "Eran sociedades que no tenían escritura. Lo que sí recogen los cronistas es la versión incásica (incaica) para saber cómo se distinguían las personas para sus determinados nombres. Solo tenían nombres asignados. Solamente era una palabra, por decirlo así", precisa el antropólogo. Esos nombres, sin apellido fijo, son los que hoy perviven transformados en apellidos que cuentan la historia del antiguo Perú.

José Germán Puican recuerda el momento en que una profesora de historia le dijo: “ustedes deben sentirse orgullosos, felices de llevar ese apellido: Puican, Sarpán, Neciosup; había varios apellidos... Chafloque, ahí comencé yo a entender de que éramos oriundos, porque este es un apellido norteño”. Este lambayecano asegura que en su familia nadie se ha avergonzado ni ha pensado en cambiar su apellido. “Al contrario, se sienten contentos, se sienten a gusto, identificados que en su sangre llevan el norte del Perú, porque este es un apellido así, netamente norteño. Cada vez que estampo mi firma en un proyecto que entrego, en verdad me siento a gusto por mis apellidos”, comenta.
Según el antropólogo José Carlos Vilcapoma, los apellidos originarios tienen una raíz histórica vinculada a aspectos religiosos, rituales y de linajes. “Poma, por ejemplo, proviene de puma. O Huamán, que significa halcón. Pero el halcón no es cualquier halcón, sino el halcón que internaliza un personaje que es una deidad sagrada de los cerros y ahora termina siendo Huamaní, en algunos apellidos. Quispe quiere decir reluciente. Pero ese Quispe, que era un joven, por ejemplo, era un gran guerrero, porque era el rito iniciático a ser guerrero, era un puber, más o menos de 12 a 14 años, según las crónicas”, afirma.
Durante décadas, muchos apellidos prehispánicos fueron motivo de exclusión. Hoy, cada vez más familias investigan su significado y recuperan la historia que conservan desde hace siglos. Es el caso del profesor Octavio, cuyo apellido paterno es Sinchiroca. Él vive en San Jerónimo, Cusco. “Cuando estaba en el Colegio de Ciencias, el profesor de Historia siempre me decía: ‘tú eres heredero de los incas’. Ahí es donde más me he dado cuenta de lo que era yo: Sinchiroca. Nosotros llevamos la sangre de los incas”, señaló. Según el señor Octavio, “Sinchi” quiere decir “general aguerrido, fuerte”. Y “Sinchi de los Incas era el fuerte, y Roca, bueno, es, pues, una piedra grande, muy fuerte”, cuenta con orgullo.
Otros apellidos describen elementos cotidianos. Es el caso de Nina, un apellido altiplánico de origen aimara que significa “fuego”. Lo lleva, con mucha identidad, Hipólito Ticona Nina, de Chucuito, Puno. “Desde que tengo uso de razón, sé que Nina es un vocablo aimara. Y desde niño conozco qué significa y, por ende, sabía que no era de origen extranjero, sino propio de la zona del altiplano del Perú. Yo hablo el aimara y en el día a día, del conversar entre mis abuelos, mis padres, escuchaba que al fuego le decían ‘nina’. Entonces, yo sabía que mi apellido provenía del fuego”, cuenta Hipólito.
En la Amazonía, familias como la de Octavio Ochavano Sangama, de la comunidad Vista Alegre en Ucayali, aún conservan apellidos y nombres en shipibo. Su nombre original es Kesin Tsoma, como le llamaba su madre en casa, aunque en su DNI figure como Octavio Ochavano. “Me siento tan orgulloso, gracias doy a mis padres, a mi madre, que me diera ese nombre. Es nombre originario. Es un nombre bonito, en shipibo. Hay muchos amigos míos que tienen nombre de shipibo”, le dice a RPP. Kesin explica que diversos nombres shipibos provienen de denominaciones asignadas a situaciones de la naturaleza o animales. También ocurrió que, hace décadas, los nativos que se iban a trabajar a las madereras adquirían nombres de los “jefes”. “A mis paisanos, mis hermanos, les digo que mantengan nuestra cultura o costumbre. Eso es lo más importante, porque si no, vamos a ir perdiendo nuestra costumbre”, indicó.
Por su parte, Ticona Nina recuerda que desde niño tuvo identidad por sus orígenes. “De niño, recuerdo que había personas, no necesariamente mis familiares, que sí querían cambiarse de apellidos oriundos de la zona y colocarse del extranjero. Pero en mi caso, en mi familia cercana, todos hemos llevado (el apellido) con naturalidad, con orgullo, porque es parte de nuestra idiosincrasia, del vivir diario de nuestra zona”, expresó.
Para el antropólogo Vilcapoma, la llegada de los españoles generó “un tipo de segmentación hacia los nombres originarios”, lo que marcó situaciones de marginación. “Hemos crecido mirando con admiración lo de fuera, y los criollos, también, como política, al punto de que nos han hecho sentir menos a partir de los apellidos”, comentó. No obstante, el especialista considera que esta situación ha cambiado en los últimos años. “Cero que en estos últimos años se valora mucho las particularidades y ahora creo que la gente poco se avergüenza de sus apellidos, si bien hay algunos que incluso se cambian de apellido. Aunque (Juan) Velasco (Alvarado) fue un dictador, un gobierno militar (de 1968 a 1975), tuvo el lado positivo de que, cuando implementó la reforma agraria, le devuelve dignidad a los campesinos a partir de los íconos que se ‘venden’. Es decir, se habla de Micaela (Bastidas), de Túpac Amaru, de Cahuide, Pachacútec… Entonces, hay un discurso que en alguna medida devuelve la identidad”, dice.
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