Mientras alista su mochila para volver en pocos días a Machu Picchu, ese Búho periodista recuerda a su abuelo, un vendedor de medicamentos que recorrió el Perú entero y cuyas historias de travesía se convirtieron en eternas conversaciones de sobremesa. “Para vivir, debes caminar el mundo”, le dijo aquel hombre en sus últimos días, una frase que hasta hoy lo sofoca de felicidad cada vez que sube a un avión, un bus o una lancha.

De niño juró ser como él, pero no se dedicó a las pócimas: se hizo periodista, “que para mí fue mucho mejor”, porque así pudo unir sus dos pasiones: escribir y viajar. La ciudadela inca, construida soberanamente a más de dos mil metros sobre el nivel del mar, despierta en él la fascinación contagiosa que su abuelo sentía por esas ruinas. Remarcaba que esa evidencia arquitectónica, difícil de descifrar por su complejidad, debería ser razón suficiente para sentir orgullo por los ancestros. Y muchas veces se entristecía al conocer gente que se avergonzaba de su linaje andino.

Este Búho ama a su patria como un hijo ama a su madre y agradece al periodismo por haberle permitido viajar por todos los rincones del país: costa, sierra y selva. Empezó jovencito, cuando apenas tramitó su DNI, y con una mochilita de pocas prendas recorrió miles de kilómetros hasta las entrañas de esta maravillosa tierra. Ahora, listo para el próximo destino, lleva consigo el legado de aquel abuelo viajero.

Desde la ciudad del Cusco, si se inicia el recorrido, hay que tomar un colectivo en el paradero Los Pavitos a la una de la madrugada. Por 10 soles, en tres horas se llega hasta Ollantaytambo, donde empieza la verdadera ‘aventura’: comprar los pasajes del tren local hacia Aguas Calientes. Las agencias turísticas recomiendan adquirirlos con tres días de anticipación como mínimo, pero si se quiere comprar el mismo día, habrá que hacer una cola de dos horas para —con suerte— conseguir un boleto de 10 soles por tramo. También hay ofertas de 50, 60, 70 y hasta 100 dólares.

Existen muchas formas de llegar a Machu Picchu, un abanico impresionante de ofertas que van desde las más sencillas hasta las más sofisticadas, obligadas por la gran demanda de turistas que llegan hasta este motor turístico. La opción económica es la que normalmente toman las familias peruanas o los jóvenes estudiantes. En el tren local se viaja como sardina, apretujado, de pie, pero se viaja; la incomodidad se disipa cuando van apareciendo pequeños pueblitos tradicionales de adobe y quincha.

En el otro extremo, hay trenes con asientos de cuero y mesitas para tomar whisky o champán y degustar gastronomía novoandina, despachada por mozos con corbatitas michis, mientras músicos en violín ejecutan una melodía tradicional andina. El cielo cusqueño no tiene comparación cuando está despejado, pero tampoco tiene compasión cuando se abre y desata una lluvia torrencial que puede durar un día completo o apenas dos minutos. Y entonces desde la tierra, desde las plantas, se esparce ese olor que no se puede describir pero que todos conocemos.

Al día siguiente de la llegada a Aguas Calientes, ya de madrugada, los visitantes deberán comprar su ticket de ingreso al santuario de Machu Picchu. El costo para un peruano adulto es de 64 soles; para un estudiante universitario o un niño, 32 soles. Inmediatamente después, tendrán que adquirir el pasaje en bus (54 soles ida y vuelta) que sube a la montaña en un viaje de veinte minutos, o, si el físico lo permite, pueden optar por subir caminando.

Este pueblo, ubicado en la falda de Machu Picchu, es un lugar tan cosmopolita que se ha adaptado a las exigencias de toda clase de turistas. Allí conviven desde modernísimos hoteles y restaurantes hasta un acogedor mercadito donde se puede disfrutar de un lomo saltado a cinco soles y un café pasadito a dos.

Conocer Machu Picchu debería ser una obligación cívica. En la ciudadela se aprende que nuestros antepasados fueron seres excepcionales: labraron la piedra con precisión de cirujano y convirtieron una montaña inhóspita en una ciudad moderna para su época. Fue una sociedad bien constituida, con jerarquías establecidas y respetadas, que aprovechó el sol, la luna, el viento y el agua para sus rituales religiosos y para su principal actividad de subsistencia: la agricultura. Ubicar la ciudadela en la cima de esa montaña respondía a una estrategia militar; por algo los españoles nunca llegaron. Es lamentable que en los últimos años muchos turistas le presten más atención al selfi que a las explicaciones de los guías, y es aún más lamentable que una gran cantidad de guías se aprovechen de eso para ofrecer un servicio deficiente y se dediquen sobre todo a ser fotógrafos.

Los peruanos deberíamos rechazar esas teorías absurdas que aseguran que Machu Picchu fue construida por extraterrestres, y más bien alentar las que señalan que la cultura incaica fue tan o más desarrollada que la egipcia o griega, a pesar de que duró apenas cien años. Las ruinas de Machu Picchu se siguen estudiando, su complejidad continúa asombrando a los arqueólogos e historiadores.

Cuando tengo la oportunidad de conversar con colegas que se inician en este oficio, trato de motivarlos para que se levanten de sus asientos, salgan de la oficina y pisen la calle o, en la medida de sus posibilidades, viajen. Viajar nos hace ver la realidad desde una perspectiva más amplia y menos ajena. Un viaje nos hace periodistas más sensibles, más humanos. Apago el televisor.

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