Con una fuente de casi 12 kilos sobre la cabeza, Gustavo Vergara Navarro recorre las calles del centro de Lima entonando: “¡Sanguito, sanguito, sanguito rico… sanguito rico y calientiiiiiiito!”. A sus 51 años, este hombre es uno de los últimos pregoneros que mantiene viva una tradición que ha pasado de generación en generación. Su pregón no solo anuncia uno de los postres más antiguos del Perú, sino que también despierta recuerdos que muchos creían olvidados.

La historia de Gustavo con el sanguito comenzó cuando apenas tenía cinco años. Mientras su madre vendía pescado en un mercado del Rímac, él ofrecía el dulce en los pasillos. Aprendió observando a su mamá y a su abuela, quienes le enseñaron que el ingrediente más importante no estaba en la olla. “Me decían que cocinara con cariño, como si fuera para Dios. Eso nunca lo olvidé”, recuerda.

Durante años, Gustavo trabajó en una empresa de aire acondicionado, pero la pandemia lo dejó sin empleo. Fue entonces cuando volvió a las calles con el dulce que marcó su infancia. Hoy sus jornadas empiezan antes del amanecer para preparar el sanguito y luego recorrer Lima con la pesada fuente sobre la cabeza. Hay días en los que vende todo, pero otros en los que no logra colocar ni una sola porción.

La receta la aprendió de su abuela y su mamá. Además, cocina comida criolla y marina. Foto: César Bueno.

Para Gustavo, el sanguito es mucho más que un postre. “Es el dulce más antiguo que existe en el Perú. Con este postre mi mamá nos sacó adelante y hoy también me permite salir adelante a mí”, afirma con orgullo. Aunque la receta ha evolucionado —hoy se prepara con harina de maíz en lugar de polenta—, conserva el sabor casero que le aportan la canela, la chancaca, el clavo de olor, las pasas y el toque de cariño heredado de su madre y su abuela.

Muchos se acercan por curiosidad, pero otros lo hacen porque su pregón los transporta a la niñez. “Hay personas que me dicen: ‘Después de 50 años vuelvo a probar un sanguito’. Eso me emociona porque siento que reviven un pedacito de su infancia”, relata. Otros clientes le aseguran que su receta les recuerda a la que preparaban sus madres o abuelas, y para él ese es el mejor reconocimiento que puede recibir.

Una víspera de Año Nuevo, cuando no había vendido nada y pensaba regresar a casa con las manos vacías, un cliente compró una porción, le entregó un billete de 100 soles y le dijo que se quedara con el vuelto para celebrar. “Lo abracé y se me salieron las lágrimas. Ese señor me salvó la semana”, recuerda emocionado.

Personas de todas las edades se acercan a probar este dulce criollo de antaño. Foto: César Bueno.

Gustavo seguirá recorriendo las calles en estas Fiestas Patrias, mientras el país celebra su identidad, convencido de que cada porción de sanguito no solo alimenta el cuerpo, sino también la memoria de un Perú que aún se emociona con los sabores de siempre y se resiste a dejar morir sus tradiciones. Aunque su receta ha cambiado con el tiempo, su esencia sigue intacta. “La fe, nada más. Creer en Dios. Ese es mi secreto”, dice.

Leer artículo completo en trome.com →