La actriz peruana Tania López Bravo asume el desafío de dar vida a Una, un personaje complejo que la sumerge en las heridas de una relación marcada por el desequilibrio y las preguntas que persisten con los años. La obra Blackbird, que llega al escenario como una exploración incómoda y profunda sobre el poder, la culpa y las consecuencias de las decisiones pasadas, la enfrenta a un texto que, según confiesa, le generó conflicto desde el inicio.
En diálogo con Correo, López Bravo reflexiona sobre el proceso de construir un personaje lleno de contradicciones y el desafío de abordar una historia que exige sensibilidad y cuestionamiento. También destaca cómo el teatro permite mirar realidades difíciles desde la empatía y la comprensión humana.
—¿Qué fue lo primero que pensaste cuando leíste el texto y qué te hizo aceptar este reto?
“Lo primero que pensé fue: ‘Qué difícil este texto, este personaje’. Me quedé con muchas dudas, con mucho conflicto sobre a quién creerle, cuál es la verdad de este vínculo y de las emociones que tienen estos personajes. Me quedé con mucho conflicto”, recuerda la actriz. Sin embargo, aceptó el reto por varias razones. La primera fue que Sergio (Paris) y ella querían trabajar juntos en una nueva obra desde hace tiempo. “Hubiera sido ese texto u otro, igual íbamos a trabajar juntos y yo iba a aceptar”, señala. Además, influyó la oportunidad de trabajar con Miki (Mikhail Page), quien la dirigía por primera vez. “Aceptar todo el reto en sí de no saber si iba a poder hacerlo o no, enfrentar todas esas dudas y asumir el desafío completo”, concluye.
—Esta obra obliga al público a cuestionar sus propias certezas. ¿Ha cambiado también tu mirada sobre alguno de los temas que plantea la obra desde que empezaste a interpretarla?
Totalmente, sí. Al leer la obra, como lectora tenía dudas sobre Ray. Inconscientemente pensaba: “Pero estaba enamorado”. De alguna manera lo justificaba por todo lo que él también justificaba. Sin embargo, tras investigar más, analizar puntos de vista y ponerme en la piel de otra persona, me pregunté: “¿Qué pasaría si mi hija, a esa edad, me dice: ‘Ay, estoy enamorada y quiero tener una relación con este hombre de 40 años’?”. Mi respuesta fue: “No”.
—Tu personaje atraviesa emociones muy complejas y contradictorias. ¿Cómo fue el proceso para construirla sin caer en juicios morales, sino desde su humanidad?
Creo que empecé con juicios. Comencé juzgando al personaje: “¿Por qué está haciendo esto? ¿Por qué no hace otra cosa? ¿Por qué continúa haciendo cosas distintas, nuevas y, cada vez, peores?”. Pero partir de ese juzgamiento me llevó a cuestionarme por qué lo juzgaba. A partir de ahí, investigué para entenderlo más a profundidad desde un aspecto psicológico. Consultamos con psicólogos, sociólogos y abogados, y comenzamos a entrar en la cabeza del personaje y de ese mundo. Después de abordarlo desde un lugar lógico o racional, encontré la sensibilidad que todo ser humano tiene.
—La relación entre los personajes está marcada por silencios, culpas y heridas del pasado. ¿Qué tan desafiante ha sido comunicar todo eso desde la contención más que desde la explosión emocional?
Fue bastante desafiante, primero en el aspecto artístico. Yo, como actriz, decía: “Ahora la gente va a estar atenta en todo momento, porque es una obra de larga duración, transcurre en un solo espacio y somos solo dos personajes”. Tenía muchas inseguridades sobre si el público iba a mantenerse atrapado, algo que, felizmente, se ha logrado de manera maravillosa. Después, creo que todo fluye. Cuando uno entiende qué está haciendo en escena junto a su compañero y ambos se sostienen mutuamente, todo empieza a fluir y el desarrollo de la obra avanza de forma natural.
—Como actriz, ¿qué herramientas descubriste o fortaleciste durante este montaje que sientes que marcarán tu carrera en futuros proyectos?
Qué linda pregunta. Creo que la sensibilidad. Tengo que concentrarme mucho antes de entrar a escena para estar un poco a flor de piel. Yo, como actriz y como persona, soy bastante racional y, a veces, me cuesta abrir mis emociones así nada más.
Esa racionalidad la llevo a escena, pero el montaje me exigió fortalecer la sensibilidad. Antes de cada función, me concentro para estar a flor de piel. Y entonces surge la pregunta: “¿Por qué no?”. Ese cuestionamiento hizo, y sigue haciendo, que hoy tenga otra perspectiva. Me permitió entender que no solo basta con hablar del enamoramiento o justificarlo, ni romantizar el amor, sino comprender las condiciones de un abuso de poder, lo que implica realmente el consentimiento y todas las consecuencias que trae una relación que, en el fondo, no es del todo correcta. Todo eso se comunica con silencios, culpas y heridas del pasado, desde la contención más que desde la explosión emocional. Fue desafiante a nivel artístico, pero al sostenernos mutuamente en escena, todo fluye de forma natural.

—Durante los ensayos, ¿hubo alguna escena o diálogo que te costó especialmente abordar porque removía emociones muy personales o difíciles de interpretar?
“Todo. Sí, hubo un momento en particular que no sé si spoilear o no. Cuando agarro el tacho… Ya, solamente voy a decir eso”. La actriz confiesa que en ese instante pensó: “¿Por qué?”. “O sea, para mí no tenía ni pies ni cabeza por qué estaba llegando a ese momento, ¿no? Pero después lo entendí mucho más y comprendí por qué llegaba hasta ahí”, agrega. No obstante, López Bravo reconoce que este personaje le ha dado “esa pequeña capacidad, esa facultad, de tratar de abrirme, ¿no? De mostrarme sin miedo a ser juzgada, ni por el equipo artístico, ni por el público, ni por nadie”.
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