El Perú enfrenta un problema similar al de otros destinos: no carece de atractivos, sino de la infraestructura y visión para capitalizarlos. Mientras el mundo ya conoce Machu Picchu y la gastronomía peruana, y National Geographic acaba de poner nuevamente los ojos en Cusco al difundir T’akrachullu —una nueva fortaleza inca—, el país se conforma con recibir alrededor de 3,4 millones de turistas internacionales al año. En contraste, España y Francia reciben entre 90 y 100 millones cada uno.
La diferencia no está únicamente en su historia o patrimonio. Ambos países europeos entendieron hace décadas que el turismo era una industria estratégica e invirtieron en aeropuertos, carreteras, trenes, hoteles y conectividad; diversificaron destinos y apostaron por elevar el gasto de cada visitante, no solo el número de llegadas.
Hace unos días, conversaba sobre cómo Cabo Verde aprovechó el Mundial de Fútbol para despertar un interés inédito por el país. Las búsquedas en internet sobre este pequeño archipiélago africano se dispararon. Pero una cosa es captar la atención y otra muy distinta tener la capacidad para recibir más visitantes. Cabo Verde recibe alrededor de 1,25 millones de turistas al año, pese a tener poco más de 500 mil habitantes. El interés puede crecer de un día para otro; la infraestructura turística, no.
Los obstáculos en el Perú son conocidos: inseguridad, conectividad limitada, infraestructura insuficiente y servicios que aún deben mejorar. Mientras tanto, seguimos conformándonos con las cifras actuales, cuando el potencial es enorme. El problema no es la falta de atractivos, sino nuestra capacidad para aprovecharlos.
España y Francia no alcanzaron sus cifras actuales —alrededor de US$ 300,000 millones y US$ 305,000 millones anuales, respectivamente— gracias a una campaña de promoción, sino a una visión sostenida durante décadas convertida en política de Estado. Para ponerlo en perspectiva, el aporte del turismo español equivale a casi el 90% del PBI peruano. El Perú, en cambio, posee una oferta extraordinaria: costa, Andes, Amazonía, patrimonio arqueológico y una de las mejores gastronomías del mundo, a lo que se suman eventos internacionales y nuevos hallazgos que mantienen vivo el interés. Lo que falta es construir las condiciones para que millones de personas puedan recorrerlo con seguridad, facilidad y servicios de calidad.
El problema, entonces, no es de falta de turistas, sino de falta de ambición. No deberíamos preguntarnos cómo pasar de tres a cuatro millones de visitantes; esa es una discusión demasiado pequeña para un país con la riqueza que tenemos. La verdadera pregunta es cómo llegar a 40 o 50 millones en las próximas décadas. Eso no se logrará con un nuevo eslogan, sino con infraestructura, conectividad, seguridad y una estrategia compartida. El turismo no debería depender de un Gobierno; debería convertirse, por fin, en una política de Estado.
Víctor Melgarejo es director periodístico (e) de Gestión.
Director periodísto (e) | Editor central, Ing. Economista de la UNI, diplomado en comunicación en la UDEP y estudios en Centrum. Más de 20 años de experiencia profesional en periodismo económico y comunicación, en negocios, finanzas y economía.
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