La elección de la presidencia del Senado y de la Cámara de Diputados se define hoy, y bastaría con la primera votación para saber quién conducirá el Poder Legislativo durante el primer año del gobierno de Keiko Fujimori. Sin embargo, nada está escrito en piedra: la correlación de fuerzas ha cambiado esta semana. Este momento es crucial para marcar el rumbo de la relación entre el Ejecutivo y el Legislativo, luego de 10 años de un parlamentarismo encubierto en el que 4 de 8 presidentes del Congreso terminaron gobernando tras la renuncia o vacancia de más de un mandatario elegido en las urnas.

Presidir el Congreso no solo implica representarlo, convocar al Pleno, dirigir sus órganos comunes u ordenar los debates, sino que también significa un oficialismo fortalecido. Así ocurrió durante el gobierno de Toledo, que conservó 4 de los 5 años la presidencia del Congreso, al igual que con Humala. Entre ambos, el gobierno de Alan García mantuvo durante su quinquenio al oficialismo aprista al frente del Parlamento sin perderlo nunca. Considero que el oficialismo fujimorista no debe ceder ni perder la presidencia del Congreso durante los próximos 5 años.

Esperemos que en ese juego de poder entre Fuerza Popular y Renovación Popular veamos operadores políticos de nivel, olfato y destreza como las que demostró la bancada aprista entre 2006 y 2011, quizá la fuerza parlamentaria más importante de lo que va del siglo XXI. Hoy es una prueba de fuego anticipada para un oficialismo que se estrena en el gobierno el próximo 28 de julio.

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