La introducción de castores en 1946 en Tierra del Fuego, Argentina, para potenciar la industria peletera, se ha transformado en una grave crisis ambiental.

Ocho décadas después de que la Armada argentina liberara 20 castores en los bosques de Tierra del Fuego, la población de estos roedores supera los 100.000 ejemplares y se ha convertido en una de las mayores crisis ambientales de la Patagonia. Lo que en 1946 comenzó como un proyecto para impulsar la industria peletera terminó devastando miles de hectáreas de bosque nativo.

La ausencia de depredadores naturales permitió que los castores se reprodujeran sin control y expandieran su presencia por toda la región. Esta plaga ha causado inundaciones que ahogan árboles autóctonos, alteran el equilibrio natural y afectan los recursos hídricos y la fauna local.

El castor es un roedor 100 % vegetariano que vive en parejas junto a una o dos camadas de crías y tiene una esperanza de vida de entre cinco y seis años. Sin enemigos naturales en el ecosistema fueguino, su población explotó y hoy provoca un desastre ecológico de grandes proporciones.

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¿Por qué los castores se convirtieron en una amenaza para la Patagonia?

Los castores construyen grandes diques de madera para crear lagos artificiales donde instalan sus madrigueras, un comportamiento natural que, en la Patagonia, provoca inundaciones permanentes en los bosques. El exceso de agua termina ahogando a los árboles autóctonos de Tierra del Fuego, especies que pueden tardar casi un siglo en desarrollarse y que, a diferencia de la vegetación de Canadá —lugar de origen del castor—, no están adaptadas a soportar una humedad constante.

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Más de 30.000 hectáreas de bosque han sido destruidas

El impacto ambiental ya alcanza dimensiones preocupantes: según los especialistas, los castores han destruido cerca de 30.000 hectáreas de bosque patagónico, una superficie equivalente a dos veces el tamaño de la ciudad de Buenos Aires. La invasión también afecta las fuentes de agua potable, modifica el hábitat de diversas especies acuáticas y genera pérdidas económicas estimadas en 66 millones de dólares al año, lo que ha convertido a esta plaga en uno de los principales desafíos ambientales de la región.

Los bosques de la Patagonia están formados por especies como coihues, lengas, ñires y raulíes, árboles del género Nothofagus que no pueden sobrevivir en humedales y requieren varias décadas para alcanzar su crecimiento.

Para frenar la plaga de castores en la Patagonia, Argentina despliega un pequeño grupo de cazadores en Tierra del Fuego con financiamiento de la ONU y del Fondo para el Medio Ambiente Mundial. Estos equipos emplean helicópteros y tecnología satelital para localizar los diques y lagos artificiales que construyen los roedores. Los bosques patagónicos, compuestos por coihues, lengas, ñires y raulíes —árboles del género Nothofagus—, no pueden sobrevivir en humedales y tardan décadas en crecer. Sin embargo, los primeros resultados son alentadores: donde los castores han sido erradicados, los investigadores observan que el bosque patagónico comienza a regenerarse de forma natural. Esto abre una esperanza para restaurar uno de los ecosistemas más emblemáticos del sur de Sudamérica.

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