El título de esta columna surge de la lectura de un vibrante y elocuente discurso pronunciado en 1870 por el político y abogado francés León Gambetta. En aquella ocasión, el orador, poseedor de buen juicio y de una inflamada elocuencia, hizo un “elogio del sufragio universal” ante juventudes parisinas para demostrar las virtudes del sufragio, los males morales que aquejaban a Francia, la conciencia democrática y demás cuestiones. “Lo que me atrae a la política, lo que arrastra también a ustedes es un afán de orden y estabilidad, columnas invisibles del progreso y de la forma republicana”, dijo Gambetta.
No pretendemos alumbrar el sol con un faro al afirmar que “la política peruana está desquiciada desde hace décadas, impregnada de conformismo, corrompida por la codicia, alterada por la imprudencia, dañada por la vulneración a las disposiciones constitucionales y debilitada por el virus de la corrupción moral”, pues se trata de un hecho evidentísimo. Sin embargo, con la descripción de estas características buscamos tomar conciencia del decadente momento político para revertirlo. Si se persevera en el error y se intensifican los vicios políticos, se volverá a encender la llama de la indignación entre el pueblo, los defraudados aparecerán en multitud, el desorden y la inestabilidad tendrán primacía, y la posibilidad de mejorar como comunidad política será una nueva ilusión perdida.
El nuevo Gobierno –que tendrá férreos detractores y almibarados simpatizantes– tiene que estar íntimamente convencido de que el pueblo está cansado de los políticos incompetentes que dejan todo inconcluso, pero que, al mismo tiempo, no está resignado y busca un Perú mejor.
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