La ilusión de ver al Perú enfrentarse de igual a igual con las mejores selecciones del planeta no se construye con noventa minutos de fútbol, sino con décadas de decisiones públicas. Cada cuatro años, el Mundial nos recuerda que no se trata solo de clasificar: queremos competir, ganar y demostrar que también podemos estar entre los mejores. Sin embargo, los países que celebran títulos deportivos rara vez improvisan: invierten en infraestructura, forman entrenadores, fortalecen clubes, apoyan a sus deportistas desde la infancia y convierten el deporte en una política de Estado. Han entendido que el talento necesita oportunidades para florecer.

En el Perú, en cambio, seguimos esperando que aparezca una generación extraordinaria capaz de vencer todas las carencias. Celebramos a quienes triunfan pese al sistema, cuando deberíamos preguntarnos por qué el sistema no produce muchos más campeones. Esa es la diferencia entre depender de héroes y construir instituciones. Ha llegado el momento de pensar el deporte como una inversión social y económica. Ello exige una reforma profunda del IPD, con objetivos medibles, gestión profesional y rendición de cuentas. También requiere incorporar al sector privado.

Pero la deuda más grande es con nuestros niños y jóvenes. Con quienes entrenan antes de ir al colegio, recorren largas distancias para competir o abandonan su disciplina porque el apoyo nunca llega. Allí se pierde mucho más que una medalla: se desperdicia talento, esfuerzo y esperanza. Un país que aspira a jugar un Mundial también debe aspirar a construir las condiciones para lograrlo. Porque las victorias no empiezan cuando el árbitro hace sonar el silbato inicial. Empiezan cuando una nación decide apostar, con perseverancia, por el futuro de quienes vestirán mañana la camiseta del Perú.

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