Las enfermedades cardíacas suelen avanzar sin dar señales: no duelen, no provocan fiebre ni fatiga evidente. Permanecen ocultas durante años y, cuando finalmente se manifiestan, el tiempo ya juega en contra. Para muchos niños y adultos, la operación que pudo evitar daños mayores llega demasiado tarde.
Víctor Peralta Rodríguez, médico cardiovascular que encabezó esta semana un equipo que realizó 17 intervenciones —diez cateterismos cardíacos y siete cirugías— a pacientes de entre uno y 65 años en el hospital Honorio Delgado, advierte que detrás de cada procedimiento hay una historia de espera, temor y dificultades para acceder a atención especializada. “En cirugía cardíaca hay un concepto que es importante, la oportunidad. Hablamos de oportunidad cuando el tratamiento se realiza en el momento adecuado”, señaló.
Uno de los casos más críticos fue el de un niño de apenas un año con un ductus de gran tamaño, una comunicación anormal que ya le provocaba insuficiencia cardíaca. Aunque fue atendido en sus primeros años, su condición evidenció la rapidez con que una cardiopatía congénita puede comprometer la salud si no se identifica y trata a tiempo. Otro paciente fue una mujer adulta con una cardiopatía congénita que requirió el reemplazo de la válvula tricúspide. La alteración había permanecido silenciosa durante años y terminó exigiendo una intervención de alta complejidad.
Peralta sostiene que, en cirugía cardíaca, no basta con operar: también importa hacerlo en el momento justo. Cuando el procedimiento se posterga, es posible corregir el problema principal, pero el corazón y otros órganos pueden haber sufrido daños que dejan al paciente con algún grado de discapacidad. Así, lo que empezó como un mal silencioso puede terminar limitando la vida de quienes, con una atención oportuna, habrían tenido un futuro distinto.
El especialista advirtió que la enfermedad valvular es “muy traicionera” porque puede desarrollarse sin síntomas evidentes. “Operarlo muchos años después puede solucionar el problema, pero para entonces ya se desarrollaron otras complicaciones. El paciente queda con la corrección hecha, aunque con cierta discapacidad”, explicó. Mientras el paciente continúa su rutina, está expuesto a una descompensación, un paro cardíaco o incluso la muerte súbita, mientras camina, hace sus quehaceres, juega o simplemente lee.
Cuando aparecen la falta de aire, el cansancio extremo, los desmayos o la dificultad para caminar distancias cortas, la enfermedad suele encontrarse en una etapa avanzada. “Cuando un paciente ya tiene síntomas, en realidad entra en una cuenta regresiva. Puede fallecer dentro de los siguientes tres o cuatro años e incluso morir súbitamente en cualquier momento”, sostuvo Peralta. Las consecuencias también alcanzan a las familias: los enfermos dejan de trabajar o dependen de sus parientes para realizar actividades cotidianas. Así, la enfermedad deja de ser únicamente un problema médico y se convierte en una carga económica y emocional. Además de financiar medicinas y traslados, las familias deben reorganizar su vida para acompañar al paciente durante consultas, hospitalizaciones y tratamientos.
La atención tardía también genera mayores gastos para el Estado. Una persona que no recibe tratamiento oportuno después de un infarto puede desarrollar insuficiencia cardíaca y necesitar hospitalizaciones recurrentes durante el resto de su vida. “Resulta más económico para el Estado atender al paciente inmediatamente que mantener a una persona con una enfermedad crónica, que no puede trabajar y requiere ingresar constantemente al hospital”, afirmó el especialista.
ATENCIÓN EN EL PRIMER AÑO
Alrededor de 6 mil niños nacen cada año en el país con cardiopatías congénitas, y de ellos, aproximadamente 4 mil requieren una intervención quirúrgica antes de cumplir su primer año de vida. La urgencia es aún mayor para cerca de un tercio de estos menores, que necesitan ser operados durante sus primeros 30 días de vida; sin tratamiento, muchos pueden fallecer. Pese a esta realidad, Peralta señala que menos de un tercio de los pequeños que precisan una cirugía logra acceder al procedimiento, una brecha que contribuye directamente a la mortalidad infantil.
Durante años, la falta de diagnósticos adecuados fue uno de los principales obstáculos. Identificar una cardiopatía exige ecocardiógrafos y profesionales especializados, como cardiólogos pediatras. Aunque esta capacidad ha mejorado, persisten dificultades económicas, geográficas y sociales que impiden un acceso equitativo. Algunas familias conocen el diagnóstico, pero no pueden viajar a Lima porque tendrían que abandonar su empleo, cerrar un negocio o dejar solos a sus demás hijos. Esta misma situación afecta a pacientes adultos que postergan durante años una operación por no tener los recursos para permanecer en la capital.
“El centralismo de las cirugías cardíacas se convierte en una muralla para la atención de estas enfermedades”, expresó el médico. Por ello, las jornadas itinerantes buscan llevar a los especialistas hacia las regiones y atender a los pacientes en sus lugares de origen.
UN PROBLEMA DE SALUD PÚBLICA
Cada día fallecen aproximadamente 50 personas por infarto y cerca de 150 por enfermedades cardiovasculares en el país, según las cifras expuestas por Peralta. A pesar de ello, estos males todavía no reciben la atención que corresponde a una de las principales causas de muerte.
El especialista advirtió que “mueren más pacientes por estas patologías que por cáncer” y, sin embargo, “todavía no existe una normativa que les otorgue la prioridad necesaria”. Por ello, consideró necesario fortalecer una red nacional que permita detectar al paciente desde el primer nivel de atención, establecer una ruta clara para su tratamiento y garantizar los insumos que requieren los hospitales. En el sur, el Hospital Honorio Delgado y el Hospital Antonio Lorena del Cusco podrían convertirse en centros fundamentales para atender estas enfermedades, pero se necesita una decisión sostenida de las autoridades y no depender únicamente de campañas esporádicas. Detrás de cada lista de espera para una operación hay un niño que se cansa mientras juega, una madre que vive con el temor de que su corazón se detenga o un padre que ya no puede trabajar porque caminar resulta agotador y supone un riesgo de vida. Detectar y operar a tiempo no solo permite corregir una alteración cardíaca, sino que también evita discapacidades, reduce el sufrimiento de las familias y devuelve a los pacientes la posibilidad de estudiar, trabajar y llevar una vida normal.
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