Francia parece haber elegido un camino poco común en este Mundial: esconder sus fortalezas como una demostración de poder, mientras que ocultar las debilidades suele ser síntoma de fragilidad. El equipo de Deschamps eliminó a Paraguay con un solo penal y, tras el gol, dio la impresión de que el partido también había terminado para ella. Bajó el ritmo, administró la ventaja y renunció a cualquier intención de exhibirse. No necesitó golear, deslumbrar ni acumular ocasiones para justificar su condición de favorita; le alcanzó con controlar el escenario.

Este comportamiento convierte a Francia en un candidato extraño. Mientras otras selecciones parecen obligadas a convencer cada vez que salen al campo, el equipo galo transmite la sensación de que todavía no ha enseñado su mejor versión. Es como esos ajedrecistas que ganan una partida sin revelar todas sus aperturas o los boxeadores que administran la distancia porque saben que el combate importante todavía no empezó.

Paraguay, por su parte, fue coherente con la propuesta que había sostenido durante todo el torneo. Apostó por resistir, reducir espacios y llevar el partido a un territorio donde el talento individual pesara menos y el azar comenzara a repartir oportunidades. Era un plan legítimo, pero extremadamente exigente: vivir únicamente para evitar el gol implica depender de que todo salga perfecto durante noventa minutos, y el fútbol rara vez concede semejante margen.

Marruecos no especuló ni esperó el error ajeno en la otra llave. Desde el primer minuto salió a resolver la eliminatoria e impuso su juego sobre un Canadá digno pero claramente inferior. Hizo lo que los grandes equipos hacen cuando existe una diferencia real: resolver el problema antes de que aparezcan las dudas. Por eso el próximo cruce resulta tan atractivo.

Francia llega como el gran favorito, pero también como el gran enigma. Marruecos, con menos nombres, cuenta con muchas más certezas futbolísticas. Quizá por primera vez en este Mundial, los marroquíes no salgan a sobrevivir, sino a discutirle la pelota, el ritmo y el protagonismo al campeón del mundo.

Entonces aparecerá la pregunta que el torneo viene postergando desde hace semanas: ¿Existe una Francia mejor que la que hemos visto hasta ahora? Si la respuesta es sí, probablemente estemos frente al principal candidato al título. Si es no, Marruecos exhibirá la grieta que nadie había conseguido encontrar.

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