Hay una constante en los Mundiales que los vuelve cautivantes: casi nunca anuncian sus mejores partidos. Las grandes expectativas suelen terminar en empates grises, sobredosis tácticas o victorias previsibles. En cambio, los duelos que quedan en la memoria aparecen sin hacer ruido, agazapados en el calendario, esperando para sorprender. Eso fue exactamente lo que ocurrió con Bélgica y Senegal.

Durante una hora, la suerte parecía echada. Senegal jugó con personalidad, golpeó primero y transmitió esa sensación tan peligrosa de los equipos que creen haber entendido antes que nadie cómo se gana un partido. Bélgica, por su parte, confirmaba el diagnóstico que la acompañaba desde antes del torneo: había perdido esa luz, parte de su prestigio, de su fútbol y hasta de esa condición de sorpresiva candidata que alguna vez mereció.

Pero hay algo que los Mundiales castigan con una crueldad especial: la suficiencia. Un instante basta para que la confianza se deforme con el exceso. Una jugada bisagra es suficiente para que un partido que parecía controlado deje de existir. Senegal dejó de imponer el ritmo y Bélgica encontró una rendija. Cuando un equipo descubre que todavía respira, muchas veces también descubre que puede sobrevivir.

Eso fue lo verdaderamente extraordinario. No la remontada. No el penal agónico. Ni siquiera el desenlace. Lo memorable fue asistir al renacimiento competitivo de una selección que parecía resignada a vivir del recuerdo de algo que nunca logró ser. Bélgica volvió a parecer un equipo convencido de sí mismo. Corrió, resistió, sufrió y empujó el partido hasta llevarlo a un territorio donde el carácter empezó a pesar tanto como el talento.

El penal elevó la tensión y el tiempo añadido la convirtió en angustia. Cada ataque parecía definitivo, cada despeje sonaba a alivio. De pronto, un partido que nadie había señalado como imprescindible terminó ofreciendo la emoción más intensa del torneo. Quizá esa sea la verdadera esencia de un Mundial.

Bélgica ganó mucho más que un partido: recuperó una identidad que parecía extraviada incluso antes de su bajón natural. Senegal, en cambio, perdió mucho más que una ventaja. Descubrió, de la forma más dolorosa, que en este torneo el instante en que uno cree tener todo bajo control puede ser exactamente el punto inicial de tu caída definitiva. Eso es el fútbol, eso es el Mundial.

Los favoritos suelen levantar la copa; la historia rara vez se aparta de ese libreto. Pero las páginas que sobreviven en la memoria casi nunca pertenecen a ellos. Son propiedad de partidos inesperados como este, capaces de recordarnos que el fútbol sigue siendo demasiado grande para obedecer a los pronósticos.

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