A pesar de los progresos en prevención, vacunación y diagnóstico, la hepatitis viral sigue cobrando más de un millón de vidas cada año a nivel global, según advierten especialistas. La enfermedad, que abarca cinco tipos principales —A, B, C, D y E—, representa una amenaza persistente para la salud pública mundial y aleja al mundo de la meta de la Organización Mundial de la Salud (OMS) de eliminarla como problema sanitario para 2030.

Uno de los mayores retos es su naturaleza silenciosa: la hepatitis puede permanecer sin síntomas durante años. En muchos casos, el diagnóstico llega cuando el hígado ya presenta daños graves, lo que eleva el riesgo de cirrosis, insuficiencia hepática o cáncer de hígado. La OMS alerta que una proporción significativa de personas con hepatitis B o C aún no ha sido diagnosticada, lo que limita el acceso oportuno al tratamiento y al seguimiento médico.

Las formas de transmisión varían según el tipo. Las hepatitis A y E se contagian principalmente por consumo de agua o alimentos contaminados, vinculadas a deficiencias en saneamiento e higiene. En cambio, las hepatitis B, C y D se transmiten por contacto con sangre o fluidos corporales infectados, lo que exige medidas preventivas específicas. Millones de personas desconocen que están infectadas debido a la ausencia de síntomas iniciales, lo que agrava el panorama.

La OMS insiste en que, sin un diagnóstico temprano y tratamiento adecuado, la enfermedad continuará causando estragos, pese a los avances disponibles.
Las hepatitis A y E, a diferencia de las B, C y D, suelen resolverse sin volverse crónicas. Estas últimas, en cambio, pueden alojarse en el organismo durante años y desencadenar complicaciones graves si no se detectan a tiempo. En la región de las Américas, la Organización Panamericana de la Salud (OPS) advierte que millones de personas viven con hepatitis viral sin saberlo, lo que frena los avances para reducir su carga.

En el Perú, el Ministerio de Salud (Minsa) mantiene activas estrategias de vigilancia epidemiológica, vacunación, tamizaje y educación sanitaria, con el objetivo de disminuir nuevas infecciones y detectar casos de forma oportuna.

Las medidas de prevención dependen del tipo de virus. Para las hepatitis A y E, los especialistas recomiendan consumir agua segura, mantener una higiene rigurosa de manos y manipular los alimentos de manera correcta. En el caso de las hepatitis B, C y D, las pautas incluyen evitar el contacto con sangre contaminada, no compartir agujas ni objetos punzocortantes, adoptar prácticas sexuales seguras, asistir a controles prenatales y cumplir con el esquema de vacunación que establecen las autoridades sanitarias.

A menos de cinco años de la meta global fijada para 2030, los expertos coinciden en que la detección temprana, la información confiable y la prevención siguen siendo pilares esenciales para mitigar el impacto de esta enfermedad.

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