Entre los dos y cuatro años, muchos niños atraviesan una etapa en la que las rabietas y las agresiones hacia otros se vuelven más frecuentes, una conducta que puede “sacar canas verdes a los padres”. Sin embargo, lejos de ser un signo de mala crianza, los especialistas explican que esto ocurre porque los pequeños aún no han desarrollado el lenguaje, la regulación emocional ni las habilidades sociales necesarias para expresar frustraciones y resolver conflictos.

Ante esta situación, lo primero que deben hacer los progenitores es mantener la calma y no explotar contra los menores. La intervención no debe venir desde la cólera o el castigo, sino desde la contención y la empatía. Es clave prestar atención a lo que sucede: mirar al hijo a los ojos, conectar con él y observar tanto la situación como su contexto. Lo más valioso es ayudarlo a identificar y expresar aquello que está sintiendo.

En la conversación posterior, resulta esencial explicarle que no debe golpear a otros niños porque puede hacerles daño. Los padres son el principal ejemplo, por lo que la recomendación es evitar actuar impulsivamente frente a situaciones incómodas. Un dato útil: cuando el niño resuelva un conflicto sin reaccionar con agresividad, se debe reconocer ese comportamiento con frases como “Me gustó cómo lo dijiste”. Esto contribuye a que aprenda cuáles son las conductas adecuadas.

Esta conducta agresiva es más común de lo que imaginas. Sigue estos consejos para saber cómo reaccionar con tu pequeño. Foto: Istock.

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