Con el cierre de la campaña electoral, el Perú entra en una nueva etapa donde la ciudadanía ya cumplió con acudir a las urnas y expresar su voluntad. Ahora el desafío recae en quienes asumirán el poder, que deberán demostrar estar a la altura de la confianza depositada. Los discursos, las promesas y los eslóganes electorales cederán espacio a las decisiones, las reformas y los resultados. La verdadera prueba de un gobierno no se mide por cómo ganó una elección, sino por cómo transforma la vida de los ciudadanos.

Lo que viene es difícil para el país. No solo por el incremento de la criminalidad y la inseguridad ciudadana, sino también por el fenómeno El Niño Costero, cuyos indicadores apuntan a que será un evento fuerte. Si el próximo gobierno no asume esto como un reto mayúsculo y encuentra soluciones, vendrán tiempos de muerte y desolación en muchas regiones. Además, la economía será duramente golpeada: en anteriores ocasiones el PIB ha caído entre 6 y 11 puntos, un descalabro que dispara cualquier crisis.

Más allá de los resultados de esta reñida competencia electoral, el verdadero reto para el próximo gobierno recién comienza. Las elecciones definen quién conducirá los destinos del país durante los próximos años, pero no garantizan por sí mismas la solución de los problemas que preocupan a millones de peruanos. La victoria en las urnas constituye apenas el primer paso de un camino mucho más complejo.

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