Cualquiera que sea el resultado de estas elecciones, es de resaltar la grandeza que han demostrado varios candidatos al apoyar la candidatura de Fuerza Popular señalando el peligro que se cierne sobre la democracia si triunfa un frente filocomunista que cree poco en la institucionalidad republicana y que está decididamente a favor del radicalismo etnocacerista. Sí, en medio de este Campo de Agramante que es nuestra política, entre el ruido y el diluvio, la voz de estos candidatos ha sonado firme y clara, demostrando que ante el peligro común todavía existen principios irrenunciables que nos unen a todos bajo la misma bandera, bajo el nombre y el destino sagrado del Perú.
Han actuado con magnanimidad, con grandeza de alma. Pues un alma grande se necesita para deponer los intereses propios y pensar en el bien común. Es el bien común lo que ha guiado el endose final del principal de los damnificados de una primera vuelta caótica. En efecto, en nombre del bien común Rafael López Aliaga apoyó a Fuerza Popular aún con la herida abierta y la sospecha generalizada que se ha creado en estas elecciones. Con estos gestos se consolidan los liderazgos. Con estas acciones se generan las lealtades.
Cualquiera que sea el partido que acceda al poder, el Perú necesita que la clase política firme pactos de Estado de una vez por todas. Estamos cansados de los pequeños sectarismos, del cainismo que aspira a encarcelar a la oposición, de la mediocridad de tantos que no quieren un gobierno en forma, funcional, efectivo y eficiente. Sobra el mercantilismo pernicioso incapaz de competir, la soberbia luciferina del que aspira a controlarlo todo, la incapacidad de aprender en un mundo de alta innovación y tecnología. Por eso, primero el Perú, después las facciones.
Comentarios 0