Este Búho celebra la inauguración de la Feria del Libro, esta vez en el Jockey Plaza, y confiesa una obsesión: coleccionar libros de forma compulsiva, incluso aquellos que sabe que jamás leerá. “Debe existir un término para definir a esas personas que compramos libros de manera compulsiva y que de antemano sabemos que ni siquiera los vamos a leer”, dice. En su casa guarda cajas y cajas de ejemplares, apenas los que han sobrevivido a sucesivas mudanzas.

Entre esos tesoros empolvados, rescató hace unos meses ‘Aeropuertos’, del chileno Alberto Fuguet, autor de la monumental ‘Tinta roja’, uno de sus libros de cabecera. Fuguet es, según describe, “un escritor cuajado, diestro en el bello oficio de contar historias”, que también lo hace a través del cine. Pero la colección va mucho más allá: hay libros de su niñez, comprados con los ahorros de vender pan o chupetes en vacaciones de verano; otros de su época universitaria, cuando se las ingeniaba para saciar su vicio por la lectura; y muchos más de su etapa como periodista, cuando engrosó su biblioteca sin preocupaciones económicas.

Muchos de esos libros terminaron en otras manos. “Muchos se han ido con otros dueños, con alguna señorita a la que dedicaba libros como ‘20 poemas de amor y una canción desesperada’, de Neruda, o ‘El amor en los tiempos del cólera’, de ‘Gabo’”, recuerda. Otros se quedaron perdidos en el camino. Al revisar las cajas, se encontró con ejemplares que están forrados, impolutos, vírgenes: libros postergados por la agitada vida del periodismo y por circunstancias que hoy no entiende. Un amigo suele decir que los libros a veces hay que macerarlos para disfrutarlos mejor.

La novela ‘Aeropuertos’ (Alfaguara) sigue la historia de Álvaro y Francisca, dos adolescentes de 17 años cuya “noche loca de vacaciones” termina en un embarazo no deseado. El libro, descrito como sobrecogedor, íntimo y duro, los obliga a enfrentar las consecuencias de su inmadurez. Álvaro es un muchacho impetuoso, alocado e inmaduro, con planes tan afiebrados como cualquier joven de su edad. Francisca, en contraste, es más consciente y analítica, y crece bajo el cuidado de una madre adinerada, cucufata y conservadora. A pesar de las adversidades, las madres de ambos deciden seguir adelante con el embarazo, sin forzar un matrimonio ni una relación de pareja.

De esa familia que nunca fue nace Pablo. Su padre, Álvaro, aparece esporádicamente cada varios años, casi sin ganas, y cuando lo hace no hay conexión ni ánimo entre ellos. Con el tiempo, Álvaro intenta crear un lazo con su hijo, a quien bautizó con el nombre de uno de sus discos favoritos de Radiohead, ‘Pablo Honey’. Sin embargo, Pablo crece también con la ausencia de su madre, pues es su abuela quien lo cría.

Al crecer, Pablo se convierte en un muchacho arisco, solitario, introvertido y adicto a las películas de culto y al rock. Es una persona ensimismada que busca su propia muerte al sentirse incomprendido y odiado por todos. Su madre, que ha truncado sus sueños por tenerlo, es su único refugio, aunque con ella también es un témpano. Ella intenta sanarlo o al menos entenderlo, viviendo al filo de la angustia, pues ha descubierto que su hijo planea quitarse la vida. Su realidad es muy distinta a la de Álvaro, quien lleva una vida despreocupada, ajena y distante de su hijo.

Fuguet describió su obra como “quizás el despacho de una guerra donde todos quedaron heridos y con cicatrices, aunque supuestamente conectados y con millones de amigos”. El libro, de no más de 200 páginas y que se lee en una sola tarde, “remezcló momentos, tonos, edades y bandas sonoras de la época en que me ha tocado tanto vivir como escribir”. El autor explicó que puede ser interpretado como una serie de televisión: “Cada capítulo es como si fuera el episodio clave de cada temporada de una serie”. La obra culmina con una escena conmovedora que lleva al lector a preguntarse si como padre está haciendo lo suficiente o lo correcto, si ha tomado las mejores decisiones y cómo eso impacta en lo que uno es. “Es mirar atrás, pero no con ira, sino quizás con algo de perplejidad, (preguntándome) cómo pasó todo tan rápido y con la duda que muchos se están haciendo: ¿Los cambios realmente nos han cambiado para mejor?”, señaló Fuguet. “Y creo que ese es el gran valor del libro. Apago el televisor”, concluyó.

Leer artículo completo en trome.com →