El primer documento que da cuenta de la existencia del archipiélago donde vive, conservado en el Archivo de Indias, menciona a las islas de Santa Catalina, Providencia y su natal San Andrés, ubicadas en un mapa junto con dibujos de fuentes de aguas superficiales, un tesoro para el navegante que surcara esas rutas en 1502. Tras ese documento, Cristina Bendek sumó otro folio que daba cuenta de una denuncia sobre “negros revoltosos” depositados en el puerto de Chimare, en la Alta Guajira, Colombia, tras la revuelta independentista en Haití. Ambos textos le suministraron material para escribir la ficción que forma parte de “Otras historias del Archivo de Indias” (Anagrama), un proyecto que suma los textos de diez autores de la región inspirados por un documento resguardado por el archivo sevillano.Así, su texto muestra un nuevo mapa enfocado en la fragilidad de los pequeños territorios, un archipiélago de islas que cambian de dueño regularmente.
En el Hay Festival de Arequipa, Bendek reflexionará, junto con los escritores Álvaro Bisama (Chile) y Edmundo Paz Soldán (Colombia) sobre personas que, ayer u hoy, fueron arrojadas hacia los márgenes del mapa colonial. “Tendemos a ver los mapas como si fueran una ciencia exacta, una interpretación objetiva y neutral. Y se nos olvida que todo esto viene de relaciones de poder. Y estos debates coinciden en un momento en que la Asamblea General de la ONU acaba de ponerse de acuerdo sobre las proporciones reales de los continentes, reconociendo que, en la incipiente modernidad del siglo XVI, los mapas de navegación mostraban a África y a Sudamérica mucho más pequeñas de lo que son”, afirma.
—¿Cómo asumes tú una literatura desde un archipiélago, desde una isla como San Andrés?
Creo que toda la vida voy a hacer lo mismo. Es lo que escogí. Entro y salgo todo el tiempo de la isla, y eso me permite encontrar lenguajes para transmitir mejor cuál es nuestra diferencia y lugar en el mundo, nuestra similitud y nuestra condición de insularidad. Como pasa en todas las islas del Caribe, el mapa donde estoy confluye con el gran proyecto europeo de la modernidad colonial: españoles, ingleses, holandeses o franceses que empiezan a poblar de forma permanente el archipiélago. Luego, en el siglo XIX, llegan además los chinos, los palestinos, los sirio-libaneses. Un montón de gente de distintas culturas conviviendo en un territorio muy pequeño como San Andrés, de 51 kilómetros cuadrados. Todo eso implica paradojas y retos. Uno pensaría que, con esa extensión, resultaría fácil organizar el territorio, de forma más responsable, pero resulta que no. Es como si el territorio se desdoblara en nuevas insularidades. Creo que me pasaré el resto de la vida tratando de explicarlo. No desde la exotización ni la exaltación de lo particular, sino intentando alcanzar una fibra elemental, una intensidad emocional común a todos.
—Describes el Caribe como un “largo rugido eléctrico y caliente”, golpeado por huracanes y tormentas. Hablamos de una sociedad obligada a reconstruirlo todo.
La vulnerabilidad climática te hace pensar que en el Caribe nada permanece fijo. Todo cambia todo el tiempo. En nuestras islas no tenemos referencias que antecedan a la violencia de la conquista, más allá de los sitios naturales o los accidentes geográficos. No tenemos ese anclaje histórico. El nuestro es un espacio atemporal, donde la supervivencia depende de la navegación y esta depende de variables muy cambiantes. Frente a eso hay que manejar la aceptación: si no se puede salir, no se puede. Si no hay navegación, ni modo. De la tragedia tomamos lo que queda, lo que trae la marea, y hacemos con ello lo que se pueda. Mucha gente no soporta esta sensación de claustrofobia. Yo sí creo que se puede vivir en una isla así. Es una postura de entrega, hasta cierto punto es un acto de fe. Desarrollar toda la infraestructura que se requiere para desarrollar nuestra vida, nuestra familia, proyectos e inversiones en un lugar como este me parece una locura, una absoluta terquedad. Sabemos que en cualquier momento nos podemos quedar sin luz, sin Internet, sin telefonía. Sabemos que somos vulnerables. Es parte de lo que hemos escogido y de lo que somos.
—Salgamos de San Andrés e instalémonos en la antigua Santo Domingo, la actual Haití. En tu texto recogido en “Otras historias del Archivo de Indias”, el documento que gatilla tu escrito revela el pánico y el odio de los funcionarios coloniales ante la llegada de “negros revoltosos”, los migrantes afrofranceses procedentes de una Haití independiente a fines del siglo XVIII. Para los responsables de los procesos independentistas en Sudamérica, el caso haitiano era una pesadilla. El gran miedo de Bolívar era que la violencia de la independencia haitiana se propagara por el resto del continente. ¿por qué para muchos historiadores, Haití es un evento incómodo, marginado en los relatos oficiales de la independencia continental?
En los últimos tiempos se está hablando mucho más de esa revolución, pero la marginación es increíble. Creo que el sesgo de la historia no responde a otra cosa que a un gran racismo. La lectura histórica sigue sin descolonizarse para elaborar todo ese relato de momentos de tantas revoluciones, todas muy bien documentadas. No puede haber otra razón para no evaluarlo. Lo que sucedió después de esa gran revuelta fue muy turbulento porque implicó también un intento de invasión. Sin duda, creo que de no haber sido por la revolución haitiana de 1791, las revoluciones en Latinoamérica hubieran tomado mucho más tiempo. Sirvió para demostrar que aquello era posible. En estos folios que guarda el Archivo de Indias, los funcionarios califican a los afrofranceses como un arma de guerra, como un virus, una enfermedad que se puede propagar. Efectivamente, los afrofranceses en el Caribe eran sujetos de derechos, ya no se les podía tampoco esclavizar. Todo fue muy disruptivo y muy rápido. Ese rugido eléctrico que surgió desde Haití se dispersó por todo el mundo colonial, por el sur de los Estados Unidos, por toda la cuenca del Caribe y desde allí hacia las colonias españolas.
—La figura de Cécile Fatiman aparece al mismo tiempo como un personaje histórico clave de la revolución haitiana y como un espectro que elude los registros documentales. ¿Qué representa para ti este vacío en los archivos coloniales de una figura tan importante?
Es la mirada de quienes narraron eso en su momento. Muchos de los relatos de esa época están basados en el texto de Antoine Dalmas, un médico francés que vivía en la colonia de Saint-Domingue y que dice haber sido testigo de la Ceremonia de Bois Caïman. Él huye hacia Estados Unidos después del estallido de la insurrección de esclavos en 1791. Allá escribe un libro en el que narra todo lo que vio, le informa a Francia de lo que está pasando y hace unas recomendaciones para mitigar estos procesos. Gracias a su texto sabemos qué clima había esa noche, sabemos que llovía, sabemos de dónde vinieron los esclavizados, por qué áreas descendieron, cómo fue el ritual, qué palabras se dijeron. Antoine Dalmas da nombres, entre ellos el de Cécile Fatiman. Cuenta qué hizo ella en el ritual, cómo trabajó con los otros, cómo era su culto. El hecho de que sea una mujer negra practicando vodú tiene mucho que ver con que su nombre no esté claro en los registros o con que no haya trascendido como sucede con los otros líderes que asumieron las armas y ocuparon cargos en el ejército. Tiene que ver además con el hecho de que ella desaparece después de esa noche; no se sabe qué pasa con ella después. Ciertamente es un personaje fantasmal, pero histórico y central. Su nombre es una de las pocas identidades de mujer registrada en los archivos de la época que logra trascender.
—Finalmente, ¿qué futuro imaginas para Haití? ¿Por qué siendo el primer lugar donde se instala una república independiente está como está el día de hoy?
Las respuestas son muy complejas. No sabemos realmente qué hacer con un Estado que necesita una reparación muy profunda. Haití es una evidencia muy clara de que la independencia no garantiza la descolonización y de que si se le impone a un Estado como Haití el mandato de indemnizar a una potencia colonial a cambio de la dignidad de sus habitantes si se prefiere indemnizar a los empresarios por haber perdido sus plantaciones y sus esclavos esto aún no se reconoce. Si bien las responsabilidades no se heredan y no podemos culpar a los nietos por los crímenes de sus abuelos, sí hay formas de rastrear efectivamente qué pasó con la riqueza que salió de estas colonias para pensar en formas de reparación. ¿Cuáles son esas formas? ¿Quién debe decidirlas? ¿Hay una fórmula para eso? Ahí está el debate realmente.
Además…Hay Festival ArequipaLa duodécima edición del Hay Festival Arequipa se celebrará del 5 al 8 de noviembre del 2026. Las entradas para el festival están a la venta en su web oficial. La taquilla física está situada en el Teatro Municipal, en horario de 09:00 a 20:00 horas durante los días del festival (09:00 - 13:00 / 14:00 - 18:00 horas los días previos al festival).
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