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El primer problema de Aquel, la serie de Netflix sobre Raphael, es de casting. El Raphael joven no se parece nada a Raphael, se parece más a Camilo Sesto. El segundo, en cambio, puede tener alguna semejanza, pero nos recuerda más a Nino Bravo. Como si eso fuera poco, el primero tiene la nariz respingada y el segundo luce otra nariz, sin que medie explicación quirúrgica alguna. Pero el asunto no termina en el parecido físico: cuando canta, el joven actor tampoco acierta con los gestos característicos del artista. ¡Hasta los imitadores de Yo soy lo hacen mejor! Y tratándose de Raphael, cuya expresividad forma parte inseparable de su personaje, no es un detalle menor.

La serie tiene, además, un problema de origen: es casi una hagiografía (biografía elogiosa), con la particularidad de que está producida por Jacobo Martos, el hijo del homenajeado. La mirada familiar se nota en los bordes limados de una historia que podría haber sido bastante más incómoda. El alcoholismo, por ejemplo, aparece totalmente suavizado, sin que el personaje termine de reconocerlo como tal. Hay voluntad de homenaje, pero también una evidente resistencia a hurgar demasiado en las zonas oscuras del ídolo.

Sin embargo, Aquel encuentra sus mejores momentos cuando abandona el retrato doméstico y se asoma a una historia que parece salida de una novela de la Guerra Fría: el viaje de Raphael a la ex Unión Soviética en 1971.

Su película Digan lo que digan, estrenada allí en 1970, había sido un éxito extraordinario, con una audiencia de más de 40 millones de espectadores. El cantante español, convertido en fenómeno de masas, llegó a Moscú para actuar ante un público que desbordaba cualquier previsión. El 6 de mayo de 1971 debutó en directo en el Palacio de los Deportes. En plena Guerra Fría, un artista asociado a la España franquista provocaba semejante fervor al otro lado de la Cortina de Hierro. La política podía levantar muros; la música, al menos por un rato, conseguía atravesarlos.

Uno de los episodios más sugestivos es su encuentro con Dolores Ibárruri, La Pasionaria, histórica dirigente comunista exiliada en Moscú. Allí se cruzaban dos Españas aparentemente irreconciliables: el cantante que triunfaba bajo el régimen de Franco y el símbolo de la resistencia republicana. Raphael defendía la independencia del arte frente a la política. La frase que la serie le atribuye resume esa posición: «Yo no puedo arreglar el mundo, pero puedo hacerlo un poquito mejor».

La ficción, sin embargo, también se toma licencias. La detención del traductor y la existencia de un supuesto expediente secreto del KGB alimentan el suspenso, pero no deben confundirse con hechos históricos acreditados. Las autoridades soviéticas vigilaban a los artistas occidentales y controlaban sus movimientos; otra cosa es convertir esa vigilancia rutinaria en una conspiración cinematográfica alrededor de Raphael. La realidad ya tenía suficiente atractivo como para necesitar tanta intriga añadida.

Ese es, en el fondo, el dilema de Aquel: cuando cuenta una historia extraordinaria, funciona; cuando intenta proteger demasiado a su protagonista, pierde fuerza. No alcanza la capacidad de generar expectativa y adicción de Luis Miguel, la serie, ni termina de aprovechar todas las contradicciones de un personaje que habría ganado mucho con una mirada menos complaciente.

Y, sin embargo, al final emociona. Porque Raphael sigue ahí, con su voz, sus excesos, su teatralidad y esa manera inconfundible de convertir cada canción en un drama personal. La serie puede equivocarse en la nariz, en los gestos y hasta en la dosis de verdad, pero hay algo que sobrevive a todo eso: el artista que atraviesa generaciones y sigue despertando emociones.

Porque Raphael, con sus luces y sus sombras, sigue siendo aquel.

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