Hoy me acordé de las mañanas en casa de mi abuela en Cayma. Ella moliendo el ají en esa piedra que todavía está en el patio, yo esperando mi pan con queso fresco. Ese olor a ají se quedó pegado en mi memoria más que cualquier recuerdo de comida comprada. Mi abuela ya no está, la piedra sí. A veces pienso que son las cosas simples las que nos hacen arequipeños.