A mí jamás me han calificado de “marrón”, pero tampoco me han considerado realmente “blanco”. Tengo hermanos de piel más oscura y hermanos de piel más clara, y yo quedé en una especie de equilibrio cromático bastante curioso.

Lo que sí creo notar es que hoy las etiquetas de “marrón” y “blanco” están mucho más resaltadas que antes. Antes la categoría que realmente pesaba era otra: el pituco, que muchas veces se asociaba con lo blanco, sí, pero no era exactamente lo mismo.

Porque, seamos realistas: pitucos marrones hay muchísimos. Tantos, de hecho, que la relación entre color de piel y estatus social empieza a romperse bastante rápido. He conocido blancos misios, blancos criollazos, marrones de clase media y marrones recontra pitucos.

Eso también es el Perú.

Por eso me parece un poco absurdo intentar interpretar la sociedad peruana moderna únicamente en términos cromáticos. Puede que esa lógica haya tenido mucho más peso en determinadas épocas, pero hoy la realidad es bastante más complicada.

En estos tiempos, lo que manda muchas veces no es cuánto pigmento tienes en la piel. A la mayoría le importa bastante más cuántas fichas tienes, de dónde vienes, cómo hablas, dónde estudiaste, con quién te relacionas y qué posición ocupas.

En el Perú, el clasismo pesa muchísimo.

Claro, por ahí aparece algún retrógrada, cargado de complejos —y de esos hay en todos los tonos de piel—, que intenta imponer una especie de jerarquía cromática. Pero una cosa es el prejuicio individual y otra muy distinta es cómo se distribuyen realmente las oportunidades.

Porque, en la práctica, el hijo de la reina de la papa puede tener muchas más puertas abiertas que un colorado de clase media de La Victoria.

Y ahí está justamente la contradicción peruana: queremos explicar el país mirando el color, cuando muchas veces lo que verdaderamente organiza la cancha es la clase.