En la próxima edición de la Feria del Libro de Lima, un libro que no debería faltar en la lista de compras es Brooklyn Follies, del escritor neoyorquino Paul Auster (1947-2024). La novela, publicada originalmente en 2005, es una muestra de que la gran literatura no tiene que estar necesariamente asociada a la tragedia, la oscuridad o la infelicidad. Auster lo logró, como pocos, haciendo uso del absurdo.

Paul Auster en 2007. Foto: AFP.

Durante un tiempo, sobre todo a inicios del presente siglo, la obra de Auster empezó a ganar muchos adeptos en el imaginario cultural en castellano. Sus libros de ficción —como La Trilogía de Nueva York, El Palacio de la Luna (para quien escribe una de sus novelas favoritas) y La música del azar— no solo se traducían al español, sino que llegaban con buenas críticas y, lo más importante, con el entusiasmo de los lectores que iban descubriendo una poética signada por la metaficción y la exploración del azar.

Ese éxito literario en Hispanoamérica y Europa, sin embargo, no sintonizaba con una recepción equivalente en Estados Unidos. Allí se le consideraba un gran autor, pero sin el mismo entusiasmo editorial. ¿Acaso muy europeo para los lectores estadounidenses? No por nada la crítica lo llegó a catalogar como el más europeo de los escritores estadounidenses. Las huellas de Kafka y Beckett en su postura con la escritura son más que evidentes, y las referencias a la cultura europea —principalmente la francesa— son constantes. No obstante, la mayoría de sus títulos, incluyendo los de no ficción, tienen a Manhattan y Brooklyn como presencias que van más allá de simples referencias de contexto.

El tiempo, ese juez implacable en materia literaria y existencial, ha consagrado a Brooklyn Follies no solo como una de las cumbres de Paul Auster, sino también como una de las novelas más originales del siglo XXI. Publicada originalmente en 2005 y traducida al castellano al año siguiente por Anagrama, la obra mantuvo su título en inglés. En sus páginas aparece Nathan Glass, un corredor de seguros de 60 años que acaba de superar un cáncer y un divorcio. Sin quejarse de la soledad, Nathan decide regresar a su barrio de infancia en Brooklyn para pasar sus últimos años y, de paso, echar a andar un proyecto personal: escribir. Se da cuenta de que la soledad era justamente lo que siempre había estado buscando.

"Brooklyn Follies" en librerías y plataformas. Imagen: Difusión.

"Brooklyn Follies" en librerías y plataformas. Imagen: Difusión.

Brooklyn le brinda esa oportunidad porque en sus calles nunca dejan de suceder cosas ni de aparecer personajes estrambóticos: todo un festín para la imaginación. Su proyecto literario consiste en escribir un libro sobre las tonterías humanas que el espacio geográfico le puede deparar. Ese simple hecho de consignar las tonterías de quienes transitan por el barrio pone en bandeja uno de los resortes clave de Auster: el absurdo como elemento configurativo de la moral de sus personajes, tal como se aprecia desde el inicio de Ciudad de cristal, de La Trilogía de Nueva York.

Nathan escribe de lo que ve y de las personas que conoce, siempre con cariño, porque es su manera de despedirse del mundo. Sin embargo, durante sus caminatas por Brooklyn, se reencuentra con su sobrino Tom Wood en una librería. Ese encuentro altera su proyecto literario: la despedida se transforma en una celebración de la vida. Nathan empieza a mirar los años que le quedan de otra forma, y ni siquiera se preocupa ante un posible regreso del cáncer.

En Brooklyn Follies, se deduce, el absurdo está en estado de gracia. Pero la relectura añade una mirada más: Nathan decide vivir, arreglar sus conflictos familiares y desechar lo que no le suma. Vivirá los años que le quedan sin hacer daño y sin permitir que nadie altere esa decisión. La infelicidad y la tragedia no son los únicos componentes de la gran literatura; Auster demostró que la esperanza y la solidaridad también lo son.

Leer artículo completo en larepublica.pe →