Alfredo Herrera, nacido en Lampa, Puno, en 1965, es una figura clave en la poesía peruana contemporánea. Su trayectoria literaria incluye los poemarios “Elogio de la nostalgia”, “Montaña de Jade” y “Mares”, y en 1995 obtuvo el Premio Copé de Oro de Poesía. Ahora, suma un nuevo reconocimiento narrativo al ganar el Concurso Novela Corta “Julio Ramón Ribeyro” 2023 con “Las alas de la libélula”, obra publicada por el BCR en 2023.
Herrera estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa, combinando así las letras y la comunicación. En su novela, el hilo conductor sigue a Rut y Robert, quienes llegan a Cusco con apariencia de turistas. Robert, un arqueólogo europeo, busca presentar proyectos a universidades locales, pero enfrenta graves obstáculos.
El estilo de Herrera se caracteriza por su carga simbólica y alta factura técnica, reflejo de una madurez compositiva. Su prosa es evocativa, no meramente informativa o periodística: despierta sensaciones, colores, texturas y ánimos. Cada adjetivo es preciso y las palabras tienen magnetismo, donde el paisaje —el viento, el agua, la luz del altiplano o de la costa— se carga de las emociones de los personajes.
La novela es fuerte y fascinante en su arquitectura. Estamos ante una narración de relojería: teje tramas y sigue a personajes separados por casi dos siglos de diferencia. Herrera utiliza la técnica de los “vasos comunicantes”, asociando en un mismo flujo narrativo episodios que ocurren en tiempos o espacios distintos para que se influyan mutuamente. La obra denota temporales distantes, pero logra una cohesión narrativa impecable.
Ritmo
Los poetas dominan el ritmo: saben cuándo alargar una frase para generar melancolía o cortarla para crear tensión. Herrera traslada esa musicalidad interna a la narrativa mediante elipsis prolongadas, donde los silencios en el texto dicen más que las palabras, y encadena pensamientos, recuerdos y descripciones de manera fluida, imitando el vaivén de la memoria o el fluir de la conciencia.
Conflictos
La novela demuestra cómo valores que creíamos sólidos —la libertad, la confianza, la ética y la solidaridad— se vuelven frágiles bajo la presión de las circunstancias históricas o personales. Detrás de las historias, los hilos invisibles que las unen son las crisis, la incomunicación y el aislamiento; el conflicto surge cuando las personas no logran comprenderse entre sí. Al cruzar dos siglos, se evidencia que los traumas sociales y las búsquedas de redención en el Perú se repiten de forma cíclica.
El Simbolismo
“Las alas de la libélula”, el título, funciona como metáfora de la existencia humana y de los vínculos que construimos. La libélula posee una paradoja biológica hermosa: sus alas son las más fuertes y aerodinámicas de la naturaleza, pero también delicadas y frágiles. Así, los personajes y las tramas resisten el embate de los siglos y las tragedias (fuerza), mientras conviven con la vulnerabilidad de no ser comprendidos por el otro o de perder la libertad (delicadeza). Para la lógica racional o histórica, los años 1820 y 2020 están separados y no se tocan; no obstante, en la lógica poética, el tiempo es circular: el dolor de un hombre del siglo XIX puede vibrar en la misma frecuencia que el de una mujer del siglo XXI.
La novela despliega dos líneas temporales que, aunque separadas por casi doscientos años, dialogan en torno a los mismos dilemas humanos. La trama histórica se sitúa en la época de la independencia del Perú, alrededor de la década de 1820. Allí, un grupo de personajes queda atrapado en las convulsiones políticas y militares de la transición colonial a la república. Lejos de las grandes batallas heroicas, la narrativa se enfoca en el desamparo cotidiano, el miedo, las traiciones y las crisis de valores. En ese escenario, la libertad y la lealtad se tambalean; los personajes sufren la falta de comunicación, el aislamiento provocado por la guerra y la fragilidad de sus destinos personales frente a la historia. Se menciona incluso el “Diario del Che en Bolivia” (p. 145).
La trama contemporánea, en cambio, nos sitúa en el Perú actual, a inicios de 2020, en un contexto marcado por el encierro y la incertidumbre. Aquí los personajes enfrentan crisis de identidad, soledad y un profundo aislamiento emocional. Las distancias ya no son geográficas ni producto de una guerra civil, sino psicológicas: la incapacidad de conectarse de manera real y empática con el otro. Al igual que sus antepasados del siglo XIX, los protagonistas del presente ven cómo sus certezas éticas, su confianza en el entorno y su propia libertad se desmoronan bajo el peso de sus crisis personales (cap. XXVII).
El encuentro entre ambas épocas se produce cuando los traumas de los personajes del pasado resuenan en las vivencias de los del presente (cap. XXXIX). Ambas líneas argumentales avanzan en paralelo hacia un final abierto, demostrando que, aunque cambien las vestimentas, las tecnologías o los sistemas políticos, el ser humano sigue lidiando con los mismos vacíos y con la misma hermosa, pero peligrosa fragilidad, tal como las alas de una libélula.
Alfredo Herrera, especialista en odonatos, resalta que las libélulas son cruciales para el ecosistema peruano. “Son depredadores naturales de mosquitos y plagas”, explica el investigador, quien ha estudiado más de 500 especies en el país. Su trabajo, que incluye expediciones en la Amazonía y los Andes, busca documentar la diversidad de estos insectos. Herrera advierte que la deforestación y la contaminación del agua amenazan sus hábitats. “Protegerlas es vital para el equilibrio ambiental”, concluye.
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