MADRID, 24 Oct. (EUROPA PRESS) - Más de 156 millones de brasileños tienen este domingo una cita definitiva con las urnas para elegir entre dos líderes y modelos que dan parte de la historia reciente del país; el presidente Luiz Inácio Lula da Silva, sindicalista con larga lucha durante la dictadura y Flávio Bolsonaro, hijo del militar y expresidente Jair Bolsonaro, heredero de un movimiento nostálgico de aquel régimen autoritario.
Lula llega a la segunda vuelta espoleado por las predicciones de las últimas encuestas, después del varapalo electoral que supuso su derrota en la primera ronda. El presidente brasileño parte con el desafío de remontar aquel resultado, algo que ningún candidato ha logrado en la que es la democracia más grande de la región.
La encuesta de Datafolha publicada el jueves refleja un empate técnico, con el 50% de los votos cada uno, mientras que el sondeo de la consultora Quaest sitúa a Bolsonaro con el 45% frente al 44% de Lula quien, no obstante, según la misma fuente, su alto nivel de rechazo --algo que caracteriza a ambos-- ha caído cinco puntos, hasta el 47%.
La amplia repulsa que suscitan los dos contendientes es reflejo de esa gran polarización política, que va más allá de estas elecciones. Supone una fractura identitaria y social que condiciona de forma directa el comportamiento del electorado, el desarrollo de la campaña y la futura gobernabilidad de Brasil.
Con casi la mitad del país declarando su animadversión a uno de los candidatos, el margen para sumar nuevos apoyos es prácticamente inexistente. La posibilidad de una tercera vía ha sido devorada antes de arrancar las elecciones, por lo que los indecisos, en caso de movilizarse, lo harán por quien represente el mal menor.
DOS MODELOS ENFRENTADOS
Lula y Bolsonaro no solo representan claramente dos formas antagónica de entender Brasil, si no que además se tendrán que enfrentar a desafíos dispares dependiendo de si salen vencedores.
Con un Congreso más escorado a la derecha, se prevé una hostilidad mucho menor para Flávio Bolsonaro que la que tuvo que sortear Lula, cuyo Gobierno se ha visto en complejas negociaciones para sacar adelante sus propuestas. En cambio, todo hace pensar que un mandato del candidato ultraderechista encontrará mayor resistencia de la calle con posible contestación de movimientos sociales, medioambientales y por los derechos civiles.
Sin embargo, no se puede pasar por alto el determinante papel que tendrá para ambos el verdadero árbitro que desde hace décadas representa la bancada lobbista del 'centrão', un bloque informal de partidos conservadores y profundamente clientelares que se mueven por intereses como el del agronegocio, la seguridad, y el evangelismo, lo que en Brasil se conoce como la triple B: 'Buey, Bala y Biblia'.
A pesar de que las políticas de sus anteriores gobiernos sacaron de la pobreza a millones de personas poniendo en marcha programas sociales ampliamente reconocidos internacionalmente como Bolsa Familia, el proyecto de Lula ha mostrado cierto desgaste durante esta cita como reflejó su derrota inesperada en primera vuelta.
El modelo de Lula viene marcado por una clara falta de relevo generacional en la izquierda brasileña, el ensimismamiento en tiempos mejores y el desgaste derivado de los pasados casos de corrupción. A ello se suma la dificultad para articular propuestas convincentes para contener la inflación, pese a subir los salarios.
El balance de estos cuatro años en materia económica no ha sido desastroso, pero sí insuficiente para blindar la base social del gobierno, hasta el punto de que en sus tradicionales bastiones del nordeste ha experimento una ligera caída del apoyo.
En cambio, Bolsonaro recoge el legado de su padre y propone una reducción del gasto público y de la presencia del Estado, con una agenda de privatizaciones, bajadas generalizadas de impuestos, recortes en las administraciones, explotación de recursos naturales a gran escala y una política de seguridad inspirada en el modelo de Nayib Bukele en El Salvador, incluido el endurecimiento de penas y una reducción de la edad penal.
Del mismo modo, su eventual llegada al Palacio del Planalto viene acompañada del más que probable perdón presidencial a su padre, Jair Bolsonaro, actualmente en arresto domiciliario por motivos de salud tras ser condenado a más de 27 años de cárcel por su papel como ideólogo principal en el intento de golpe de Estado tras su derrota electoral de 2022.
Su victoria resultaría determinante para las pretensiones de libertad del expresidente, ya fuera a través de la tramitación de una ley de amnistía en un Congreso afín, o bien mediante indulto. Su padre es una de las 1.400 personas que fueron condenadas por el ataque a las instituciones en enero de 2023, en Brasilia.
LAS ELECCIONES SE DIRIMEN TAMBIÉN EN REDES SOCIALES
La polarización de la sociedad brasileña surge en gran medida de la batalla digital que se dirime en redes sociales, en las que históricamente el bolsonarismo ha sabido desplegar sus estructuras mucho mejor que la izquierda, hasta el punto de ser objeto de choque judicial en el Tribunal Superior Electoral (TSE).
Lula pidió al TSE la nulidad de la candidatura de Bolsonaro alegando un supuesto trato de favor de Meta --la matriz de Facebook e Instagram-- en lo que respecta al contenido y al algoritmo, haciendo énfasis en la permisividad que se concede a la desinformación electoral financiada por el equipo del candidato ultraderechista.
El asunto ha llevado al TSE a fijar plazos a Meta para que retire los contenidos y modifique el algoritmo para garantizar una estricta neutralidad, bajo amenaza de elevadas multas económicas diarias, y abre el debate sobre la influencia de estas grandes corporaciones en los procesos electorales y su posible regulación.
bolsonarobrasillula
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