Jamás había visto algo así: una tienda dedicada a las orquídeas, flores de formas y colores extraordinarios. Lo escuchó hablar al dueño con sus clientas y clientes, luego ambos charlaron y ella ya no pudo evitar volver. Vidia Narine advertía que la clientela era muy privilegiada, burguesa, procedente de los ámbitos de la política, el espectáculo o la moda. Le dijo que le gustaría escribir sus historias en una novela y el florista se mostró entusiasmado. Concertaron una cita y ella lo escuchó por horas.
Ella tomó nota de las historias detrás de aquella belleza: cómo una orquídea podía mantenerse durante tres o cuatro meses sin marchitarse; cómo podía asumir un rostro humano, un animal o un insecto dependiendo del polinizador que buscara atraer. Todas esas estrategias de supervivencia de una especie que existe hace cien millones de años le parecieron fascinantes y perturbadoras. Al escucharlo, entendió también que aquella historia estaba estrechamente ligada a la historia del extractivismo colonial. Y entonces esa flor multiplicada en supermercados, restaurantes o salones de estética se convirtió para ella en metáfora para hablar de quinientos años de explotación de la naturaleza.
Orquideísta, el libro que trae a esta escritora francesa al Hay Festival de Arequipa, es una historia sobre la belleza y el colonialismo, sobre la cultura contemporánea y la masificadora agresión de mercado. Todo ello desplegado en una espléndida investigación botánica y la atrapante historia de Sylvain, un florista especializado en estas plantas, y que regenta un pequeño local en el centro de París.
— ¿Cuán masificado es el negocio de las flores en Europa?
Partiendo de las flores de esa tienda, al hablar con el orquideólogo comprendí cómo se abastecía de ellas. Investigué en sus proveedores y descubrí enormes invernaderos en Alemania y en Holanda donde se producen las flores para los grandes almacenes, las que luego se distribuyen por toda Europa. Es un sistema económico impulsado por inversores desde los años 80 (aunque ya había ocurrido antes con los tulipanes) quienes decidieron que la orquídea era un mercado en el que se podía producir de forma masiva. A veces, las flores incluso terminan regresando a América Latina habiendo sido empacadas en Europa, lo cual revela lo absurdo del sistema. Funciona igual que las start-ups en la costa oeste de Estados Unidos, donde se invierte mucho dinero, se hacen rondas de financiación y luego se obliga a revender barato y a producir en masa. Y estamos hablando de una flor con una historia de cien millones de años, presente en casi todas las mitologías del mundo, vinculada siempre a historias de vida y muerte, y que hoy sirve para fabricar productos de belleza. Ese gran contraste entre la historia de la flor, sus propiedades y la economía actual en la que está atrapada me pareció fascinante.
— Desde el siglo XVI se extraen orquídeas de la Amazonía para adornar los salones europeos. ¿Cómo dialoga el pasado colonial de América Latina con ese masivo consumo estético europeo?
La historia de Cristóbal Colón llegando al territorio que se convertiría en América Latina nos la han enseñado en la escuela aureolada por la idea de progreso y de conquista. Sin embargo, pienso que las generaciones más jóvenes ya no piensan así en absoluto. El libro trata precisamente de eso: de cómo deshacerse de ese imaginario para llegar a imaginar otra forma de convivencia. Es difícil, pero podemos inspirarnos en muchas cosas que ya existen. La idea de progreso me interesaba a través de la propia forma de la novela: la novela occidental europea actual tiene como herencia la novela francesa del siglo XIX fundada por Flaubert, en la que la mirada burguesa está en el centro del relato, mientras que el resto del mundo y la naturaleza sirven meramente de decorado. Además, está la idea de progreso que impregna la forma narrativa, donde hay un héroe que parte de un punto A para llegar a un punto B, superando toda clase de pruebas, progresando así hacia otro estado. Mi libro, en cambio, termina siendo una especie de antiprogreso: al orquideólogo de mi novela las cosas no salen como estaba previsto, termina en un lugar donde él puede inventar otra relación con la naturaleza. El desajuste climático genera toda su reflexión.
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