Narrador prolífico y elegante, Luis Hernán Castañeda (Lima, 1982) ha escrito “El sol en Buenos Aires”, novela concisa, bella y extraña que debe contarse entre lo más valioso que ha aparecido este año dentro de nuestro contexto. En esta columna, hemos valorado su prosa labrada y esmerada, el acabado oficio que le permite construir ficciones complejas y retadoras, además de su renuencia a afincarse en géneros o temáticas determinadas. Cada vez menos convencional y más presto a la indagación conceptual, Castañeda ha mostrado en sus últimas entregas unas inquietudes exploratorias que en ocasiones se traducen en frutos apreciables como “Mi madre soñaba en francés” o en apuestas fallidas como su autoficcional “Vocación”. Pero al margen de la evaluación de títulos específicos, Castañeda es un autor versátil y representativo de una camada importante de narradores surgida a comienzos del presente siglo.
Algo que se le ha reprochado a Castañeda es una excesiva racionalidad que suele repercutir en la elaboración de psicologías demasiado previsibles. Por eso “El sol en Buenos Aires” resulta un salto significativo en su obra. La locura, el fanatismo y el delirio místico guían a Samín, el protagonista, profesor peruano-norteamericano y católico ferviente, por un periplo que lo confronta con los misterios de la divinidad y con supuestos actos criminales, hasta envolverlo en un vértigo repleto de signos desconcertantes y situaciones inverosímiles.
Samín es un personaje buñuelesco, una especie de Nazarín posmoderno, cuyos ingenuos desvaríos son siempre respondidos por el humor negro de una realidad indiferente a esa voz que se predica a sí misma pero que es desmentida minuciosamente por los hechos. Uno de los aspectos más logrados de esta fabulita es mostrar un mundo donde Dios no está negado, sino que calla, empeñado en remarcar su ausencia ante las plegarias devotas y mundanas de Samín, siempre propenso a las catástrofes que él mismo pone en marcha. La gracia que implora nunca llega. La explicación que él esgrime ante el diálogo frustrado con la deidad es esta: “la inmundicia de mi espíritu neutraliza mis súplicas”. Ese callar, deformado por la insania, riega por esta historia presuntas señales sobrenaturales que son fabricaciones de una mente desesperada por un ancla de salvación que se le niega. La novela refuta página a página la hermenéutica providencialista de su narrador, e incluso toda pregunta por la trascendencia choca con la primacía de la materia. Así queda reflejado en el episodio en que, ante la cuestión de si hay un orden secreto detrás de todo, a Samín solo se le ofrece la contemplación de una rotunda brizna de hierba.
Privado del alivio espiritual, Samín tampoco consigue el consuelo del amor terrenal: este, en sus términos, parece ser un derivado de la destrucción. No por nada para él enamorarse es “perder la cabeza”, planteamiento que la historia toma al pie de la letra: “hay riesgo de morir decapitado o de perder la cabeza por un capricho, lo que al final es lo mismo”. Esta inmolación constante es, en realidad, una penitencia por la incapacidad de amar que el relato recalca más de una vez con ironía umbrosa. Es la impugnación vibrante de un escritor que medita sobre las heridas del alma y del cuerpo con la crueldad del dogma y una perspicacia capaz de extraer conocimiento de la más estridente neurosis.
“El sol en Buenos Aires”
Autor: Luis Hernán Castañeda
Editorial: Peisa
Año: 2026
Páginas: 118
Relación con el autor: conocidos
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