Hay momentos en que la historia toca la puerta de dos países a la vez. Este es uno de ellos. Y conviene abrir.
Seamos honestos con el pasado, sin quedarnos a vivir en él. En doscientos años de independencia, Perú y Brasil dejamos pasar oportunidades históricas: nosotros, el guano, el salitre y el caucho; ellos, el caucho y el café. Convertimos la riqueza en anécdota. Durante dos siglos fuimos vecinos de espaldas: Brasil mirando al Atlántico, Perú al Pacífico y la Amazonía como muro en lugar de puente.
Eso está cambiando. Ahora.
La geografía que nos separaba comienza a unirnos. Chancay ya opera y acorta la ruta hacia Asia. El Callao y el nuevo Jorge Chávez se modernizan. La Interoceánica existe y el corredor bioceánico —por carretera, río y eventualmente ferrocarril— dejó de ser un sueño para convertirse en una agenda concreta.
Pero un puerto no hace un país. La infraestructura es apenas el comienzo. Necesitamos cadenas productivas, industrias, empleo de calidad, seguridad jurídica, facilitación comercial y continuidad institucional.
El mundo nos mira. China busca invertir en conectividad y Estados Unidos vuelve sus ojos hacia la región. Esa doble atención no representa un dilema, sino una oportunidad. No se trata de elegir bandos, sino de sentarlos a la mesa con reglas claras y nuestros intereses nacionales como brújula.
Imaginemos la soya y la carne de Mato Grosso y Rondônia llegando a Asia por puertos peruanos, convirtiendo al Perú en plataforma logística del Pacífico sur. Pero el verdadero éxito será que esa transformación alcance Iquitos, Madre de Dios, Cusco y Puno; Acre, Manaos, Rondônia y Mato Grosso. Que beneficie a las regiones, sus empresas y ciudadanos. No es fantasía. Es aritmética.
Para lograrlo necesitamos lo más difícil: unión. Empresarios y trabajadores, Estado y sector privado, regiones y gobierno central, academia y sociedad civil, derecha e izquierda. Una política de Estado que sobreviva a los gobiernos y no dependa de quién aparezca en la fotografía.
Desde la Cámara de Comercio Brasil–Perú asumimos ese compromiso: tender puentes, sumar voluntades y convertir acuerdos en obras. Ya lo hacemos y no pensamos detenernos.
Conocemos nuestro deporte nacional: el palo encebado. Apenas uno comienza a subir, aparecen diez jalándole los pantalones. Cambiemos las reglas. Esta vez subamos juntos. El premio alcanza para dos países.
Pensar en grande, ¿por qué no? Hagámoslo ahora.
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