Con el propósito de transformar la mirada contemplativa de «postal» en un conocimiento profundo y fundamentado, el Programa Austral Patagonia de la Universidad Austral de Chile (UACh), en alianza con Ediciones UACh y Pehuén Editores, presentó el libro Patagonia Chilena Infográfica. Diseñada por los infografistas Juan Pablo Bravo y Gabriela Donoso, la publicación de 140 páginas surge en el marco del VI Encuentro de Áreas Protegidas y Comunidades Portal, contando además con el respaldo de The Pew Charitable Trusts.

La obra propone un recorrido didáctico y documentado por las particularidades geofísicas, biológicas y socioculturales del extremo sur chileno, facilitando el acceso público y gratuito a datos que antes se encontraban dispersos en decenas de investigaciones científicas especializadas.

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Un gigante geográfico con récords mundiales

A lo largo de sus 1.674 kilómetros de extensión —desde el seno de Reloncaví hasta las islas Diego Ramírez—, la Patagonia chilena abarca más de un tercio de la superficie terrestre de Chile continental, aunque apenas alberga a 848 mil habitantes, lo que equivale al 4,5 % de la población nacional. La Región de Aysén, con menos de un habitante por kilómetro cuadrado, ostenta la menor densidad demográfica del país y exhibe una marcada tendencia al envejecimiento y despoblamiento rural.

En contraste con este vacío demográfico, la región concentra marcas ecológicas y geográficas extraordinarias. En materia de hielo y agua dulce, reúne 20.341 glaciares (el 93,8 % de la superficie glaciar nacional), seis de los diez ríos más caudalosos del país y el 96 % de las turberas y mallines, ecosistemas determinantes por su capacidad de secuestro y almacenamiento de carbono.

Asimismo, sus 40.002 islas representan el 93 % de las islas chilenas, integradas en un maritorio que alberga el 96 % de los fiordos de todo el hemisferio sur y más de 100 mil kilómetros de costa. A ello se suma un elevado endemismo, ya que entre el 80 % y el 90 % de la flora de los bosques templados sudamericanos es exclusiva de este rincón del planeta, al igual que el delfín chileno, único cetáceo endémico del país, cuya población apenas ronda entre 1.500 y 2.000 individuos. El libro pone también de relieve el arraigo de sus habitantes: el 23,3 % de la población se reconoce parte de un pueblo originario, articulada en modos de vida tradicionales como la pesca artesanal en el litoral-insular y las labores de estancieros, campesinos y arrieros en el interior.

La región alberga 20.341 glaciares, el 96 % de las turberas y mallines del país, y más de 100 mil kilómetros de costa, lo que la convierte en un territorio clave para la conservación de la biodiversidad y el almacenamiento de carbono. (Foto: Mylthon Jiménez-Castillo)

La paradoja de la conservación: «Áreas de papel»

Uno de los hallazgos más contundentes y urgentes del libro radica en la brecha entre la designación legal de áreas protegidas y su manejo efectivo en el terreno. Si bien el 53 % de la superficie terrestre y el 22 % del maritorio patagónico cuentan con protección oficial —sumando el 83 % de la superficie protegida de Chile—, la mayoría carece de las condiciones mínimas para garantizar su cuidado.

De 51 áreas evaluadas en la publicación, únicamente el Parque Nacional Cerro Castillo alcanza un nivel alto de gestión, tras haberse convertido en octubre de 2025 en la primera reserva del país en obtener la certificación de Lista Verde de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN). En contraste, 41 áreas presentan un nivel bajo, muy bajo o nulo de gestión.

La precariedad institucional se evidencia en datos críticos: solo cuatro de los 22 parques nacionales patagónicos cuentan con un plan de manejo vigente, y apenas 12 disponen de guardaparques en terreno. Un caso extremo es el Parque Nacional Kawésqar, que con 2,8 millones de hectáreas tiene asignado un solo guardaparque. Además, el financiamiento fiscal por hectárea para las unidades administradas por CONAF se redujo un 37 % entre 2016 y 2025, situándose en un promedio de apenas 1,26 dólares por hectárea.

Según estimaciones de la UACh, asegurar una gestión óptima en solo 18 parques de la Patagonia demandaría un presupuesto adicional de 17.304 millones de pesos chilenos anuales, monto similar al presupuesto de todo el sistema nacional. Aunque la aprobación de la Ley 21.600 —que crea el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP)— marca un hito para unificar la administración ambiental, los desafíos operativos y de dotación persisten frente a amenazas concretas.

Amenazas acumuladas y un llamado a la acción colectiva

El informe visual no elude las presiones que ponen en jaque este patrimonio, que van desde especies invasoras como el castor y el escape masivo de salmones, hasta incendios forestales recurrentes, sobreexplotación de especies marinas, extracción desmedida de musgo pompón y los riesgos de colisión de cetáceos con el tráfico marítimo en canales interiores. Hacia el 2030, la proliferación de parcelaciones rurales, concesiones mineras, proyectos energéticos y un turismo sin planificación adecuada amenazan con agravar la fragmentación ecológica.

Frente a este escenario, los autores y entidades impulsoras coinciden en que la conservación de la Patagonia no puede depender de esfuerzos aislados. Proteger este bastión climático exige concebir al territorio como un laboratorio vivo de cooperación, donde el rigor científico, las políticas públicas coherentes, la asignación presupuestaria efectiva y los saberes de las comunidades locales y pueblos originarios confluyan para evitar que los santuarios naturales queden solo en el papel.

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