La selva de la cuenca del río Ene arde bajo el avance de un incendio forestal catalogado en nivel 3 que comenzó el pasado 4 de octubre en la comunidad nativa de Cutivireni, distrito de Río Tambo (Satipo, Junín). Con más de 250 hectáreas de bosque reducidas a cenizas y la amenaza constante de que las llamas alcancen el anexo de Pamaquiari y zonas aledañas como Boca Tiveni, la primera barrera de contención la conforman los propios habitantes asháninkas. Entre ellos destaca la voz y el temple de Miriam Yaquelin Ríos Chiricente. Ellas es una joven líder que forma parte del grupo de mujeres que han asumido la labor de brigadistas forestales para salvar su territorio.

El drama del combate cara a cara con el fuego

Para Miriam, la experiencia de enfrentarse directamente al fuego fue tan desesperante como dolorosa. Según relata, la emergencia se desató luego de que una quema en una chacra no fuera debidamente controlada ni escuchadas las advertencias comunitarias, saliéndose de las manos hasta convertirse en una tormenta de fuego.

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En las últimas horas, los reportes de emergencia del COEN (del 11 y 12 de octubre) dan cuenta de siniestros críticos en curso. (Foto: Difusión)

«Me desesperé al ver todo este incendio. Los animales no deberían quemarse ni morir así», lamenta Miriam. Para evitar que el fuego continuara propagándose hacia áreas seguras, las brigadas trabajaron intensamente abriendo líneas de defensa y control: «Primero hacemos la limpieza abajo y cortamos el combustible vegetal de arriba para que no pase el incendio».

Sin embargo, el esfuerzo físico y emocional estuvo al límite. Con jornadas extenuantes que demandaron caminatas de cuatro horas monte adentro, ráfagas de viento traicioneras y humo denso, los combatientes quedaron expuestos a la asfixia.

«Hicimos la línea de control, pero vino un viento fuerte y nos asfixió; nos faltó respiración y lentes para el humo», explica la brigadista.

Advierte, también, que la falta de equipamiento adecuado complica las labores. Incluso herramientas básicas fallaron en pleno combate.

«Las herramientas que nos dieron se doblaron; necesitamos rastrillos de fierro, batefuegos, mochilas de agua y cascos para resistir el calor».

Brigadistas comunitarios de la Estrategia de Manejo Integrado del Fuego PAAMARI, de la Central Asháninka del Río Ene (CARE). (Foto: Difusión)

Liderazgo femenino en la defensa del bosque

Miriam forma parte de los brigadistas comunitarios vinculados a la Estrategia de Manejo Integrado del Fuego PAAMARI, vocablo asháninka que significa «fuego», impulsada por la Central Asháninka del Río Ene (CARE) junto a aliados como Cool Earth Latam. Esta iniciativa combina el conocimiento tradicional asháninka sobre el uso cultural del fuego con tecnología moderna como sistemas de alerta temprana satelital (SAT-CARE), GPS y drones.

Su vocación nació al ver a otros compañeros entrenarse en la Escuela CARE, descubriendo en las quemas controladas una herramienta vital de prevención comunitaria. No obstante, Miriam subraya la urgencia de abrir más espacios para las mujeres de su pueblo. «En todas las comunidades casi puros varones participan. Nosotras somos solo cuatro mujeres brigadistas; deberían entrar más mujeres y recibir más capacitaciones y equipos de protección personal».

Un clamor urgente por víveres, equipos y reconstrucción

Pese a los esfuerzos conjuntos, donde el Gobierno Regional de Junín ha movilizado helicópteros y personal especializado, sumando a más de 70 u 80 combatientes en terreno, la magnitud del fuego desbordó la capacidad de respuesta inicial. Las cuadrillas de primera línea han tenido que combatir el siniestro en condiciones precarias, con demoras en la llegada de alimentos y agua mineral debido a las grandes distancias geográficas.

Ante este escenario, la Central Asháninka del Río Ene (CARE) emitió un pronunciamiento de auxilio al Gobierno Regional y al Ejecutivo pidiendo víveres, herramientas de calidad y refuerzos urgentes para no permitir que la emergencia escale a nivel 4.

Para Miriam Ríos y las familias de Cutivireni, la batalla no termina cuando se sofocan las brasas. El impacto en los medios de vida es devastador: se han perdido chacras, viviendas y fauna silvestre que tardarán al menos cinco años en recuperarse. «Pido más apoyo para quienes perdieron sus casas: ollas, ropa, platos. Todo es muy caro para las familias. Necesitamos víveres ahora, pero también ayuda para volver a sembrar nuestras plantaciones», concluye la defensora ambiental. El bosque no es solo un recurso natural, sino el hogar que su pueblo protege con sus propias manos.

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