De miércoles a domingo, en el Teatro Marsano, Sandra Muente se convierte en Margaret, una mujer embarazada que decide vengarse de su esposo tras descubrir su infidelidad.
“Sin duda el personaje es retador, termino con algo de dolor de espalda y rodillas. Pese al reto físico, es un proceso muy bonito, divertido y lo paso muy bien”, dice la actriz que es una de las protagonistas de “La cabaña”, de Sandy Rustin, dirigida por Rodrigo Falla Brousset y producida por Makhy Arana.
“Margaret estuvo muy enamorada de su esposo Thomas, pero al enterarse de que él le fue infiel durante siete años, decide tomar revancha y hacer lo mismo. Pensaba mantener la fachada y tener a su bebé sin decir nada, pero, decide recuperar su poder, enfrentar la situación y admitir que el hijo que espera tampoco es de su marido porque mantiene una relación con el cuñado”, cuenta Muente.
La historia está ambientada en los años veinte del siglo pasado, pero en 2026 se siguen repitiendo los mismos escenarios de infidelidades, secretos y revanchas.
Totalmente; la obra muestra la manera en que las personas reaccionamos para defendernos cuando nos vinculamos. Al analizar a Margaret pienso que se sobrepasa, pero la obra refleja que en la naturaleza humana hay gente que simplemente no quiere perder ni empatar.
Estudiaste Artes Escénicas, eres docente y tienes una gran trayectoria en las tablas, ¿cada vez más convencida de que el arte es tu vida y tu pasión?
Toda la vida lo he sentido así y cada día lo compruebo más.. Lo más hermoso del teatro es que me permite jugar a ser diferentes personas y aprender de ello para intentar ser mejor ser humano. El teatro funciona como un espejo para analizar situaciones complicadas y trabajar en mí misma. Estar en el escenario es mi pasión y lo que más quiero.
Siempre se repite el dicho de que ‘en el Perú no se puede vivir del arte’, pero se ve a mucha gente desarrollando su carrera artística aquí a lo largo de toda su vida.
Totalmente; existe una idea romantizada de que vivir del arte significa ser millonario o tener una mansión tipo Hollywood. Sin embargo, si trabajas con dedicación y exploras distintas vertientes dentro de tu disciplina, puedes vivir de manera tranquila, digna y correcta sin necesidad de grandes lujos. Es una carrera inestable, pero quien decide dedicarse al arte debe comprender esa naturaleza y aprender a sostenerla.

¿Cómo ves tú la autogestión y la realidad del trabajo independiente en la profesión artística?
Como profesora en la universidad, siempre le recalco a mis alumnos la importancia de hacer sus propias obras y construir sus propios circuitos. No podemos quedarnos esperando a que las oportunidades lleguen; tenemos que salir a buscarlas para que este circuito pequeño eventualmente se convierta en una verdadera industria.
También hay que desmitificar esa visión romántica del artista como un ser de otro planeta, que siempre debe estar sonriente y no tiene problemas cotidianos.
Pasamos por las mismas situaciones que cualquier persona: nos enfermamos, sufrimos pérdidas, nos roban o nos estafan. La diferencia es que estamos más expuestos a la opinión pública porque nuestro trabajo está al servicio del entretenimiento de los demás, lo cual es una bendición porque nos permite dar felicidad, distracción y generar reflexión.
Y como profesora, ¿qué es lo que siempre tratas de repetirle a tus alumnos, al margen de las teorías y técnicas?
Algo que siempre les digo —y que aplico en mi propia carrera— es que debemos estar al servicio de nuestros compañeros y del equipo de trabajo, jamás pensar que ellos están a nuestro servicio, porque en esta profesión hay mucho ego.Cuando no aprendes la letra, no estudias tu espacio o no llegas preparado, perjudicas el ambiente laboral. Trato de enseñar con el ejemplo: llegar lista, ser respetuosa y colaborar siempre.
Es muy valioso lo que mencionas sobre el servicio y el respeto al otro, especialmente en un medio donde hay muchas “estrellas”.
En algún momento trabajé con gente que me decía: “Tú tienes que ser inalcanzable; las chicas tienen que querer ser tú y los chicos querer estar contigo, pero sin alcanzarte jamás”. Eso me parecía una responsabilidad enorme y muy fea, y fue una de las razones por las que me distancié de ese mundo musical tan individualista. En el teatro encontré justamente lo contrario: que el arte es colectivo.
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