Llega con una bibliografía amplia y exuberante, con estatus de escritor de culto, y con la etiqueta de candidato al Nobel de Literatura desde hace ya varios años. Un galardón que, da la impresión, tarde o temprano tendrá entre sus manos. Pero más allá de esos pronósticos y especulaciones, Cartarescu atiende la llamada vía Zoom con gesto amable y gran disposición a la plática. Lo que sigue es una versión resumida y editada de dicho diálogo.

— Quiero empezar hablando sobre “Theodoros”, su libro más reciente. Al ser, de alguna manera, un libro que incluye ficción histórica, ¿necesitó más investigación que en sus libros anteriores?

Sí, fue más o menos lo mismo. No investigué demasiado. Por supuesto que no sabía nada o muy poco sobre Etiopía, así que tuve que leer algunas cosas en Internet: averiguar qué comía y bebía la gente, cómo se vestía, cómo le rezaba a su Dios en el siglo XIX. Pero no fue demasiada investigación, porque hay un secreto entre los autores que intentan escribir novelas históricas: no tienen que saberlo todo sobre el periodo. Basta con conocer algunos datos esenciales y muy interesantes. Si tienes dos o tres puntos fijos, defines todo un plan histórico. Es como en los cuadros de Rembrandt, donde brillan muy pocos puntos de luz y el resto permanece en la sombra. Ocurre lo mismo con las buenas novelas históricas. Ahora bien, “Theodoros” no es estrictamente una novela histórica, sino una novela fantástica, una novela de la imaginación. Solo utilicé el trasfondo histórico como una especie de broma, como un juego, diría yo. No traté de reconstruir épocas, sino de hacer algo hermoso e interesante para cada lector. Eso era lo que tenía en mente.

— También es una novela que viaja mucho más. En otras, los personajes parecían atrapados dentro de un espacio, como Bucarest, por ejemplo. ¿Qué tan diferente fue escribir de esa manera?

Necesitaba mucho espacio y tiempo para este libro porque tenía que imaginar cinco o seis mundos diferentes que abarcan una escala temporal muy amplia: desde la época de la Biblia, los tiempos del rey Salomón y la reina de Saba, hasta el futuro, porque la novela termina dentro de 15 años después de nuestra actualidad. Yo quería hacer lo que se denomina una “novela total”, que cubriera cada aspecto de la vida humana. Una novela, como suele decirse, más grande que la vida misma. Y para ello necesitaba un personaje muy fuerte, que fuera capaz de evolucionar libremente por muchos mundos. Primero en Valaquia, que es una tierra de nieve eterna. Luego en el archipiélago griego, donde se convierte en pirata. Después en Etiopía, donde Thedoros fue uno de los señores de la guerra en el siglo XIX. Y hasta cumplir luego su gran sueño de convertirse en emperador de Abisinia. Pero todo este fondo histórico fue para mí un pretexto para superar los límites de mi arte. Buscaba que “Theodoros” fuera, como la mayoría de mis libros, una obra de arte; o, como decía Byron, “una cosa bella”. He trabajado toda una vertiente en ese sentido, empezando por mi poesía y principalmente en mi extenso poema épico titulado “El Levante”, que también publicó en español Impedimenta. Fue inicialmente un poema de 7000 versos, 7000 alejandrinos que abarcaban, como “Theodoros”, muchos mundos diferentes. Diría que es mi lado más oriental. Como sabes, los rumanos vivimos en una encrucijada entre Occidente y Oriente. Somos occidentales u orientales a partes iguales, y ese lado mío tenía que expresarse de alguna manera. Así que en “Theodoros” elegí este tipo de novela picaresca, centrada en un personaje especial que es, al mismo tiempo, un arquetipo y la encarnación de la tiranía, del poder, del desastre, de una voluntad demoníaca que no se detiene en la Tierra, sino que quiere ocupar el lugar de Dios. El libro lo escribí a lo largo de dos años, con la misma facilidad con la que escribí todos mis otros libros: sin editar, sin cambiar el orden de los capítulos, sin tachar palabras. Es mi forma habitual de escribir y me produce una gran alegría, porque de lo contrario no me sentiría sorprendido. Lo que yo más necesito como escritor es sorprenderme con mis propias frases, con mis propias palabras, con las imágenes que creo página tras página. Si supiera desde el principio lo que voy a escribir en el primer capítulo, en el segundo, en el tercero, ¿dónde quedaría la sorpresa? Prefiero ser muy espontáneo y recurrir a una especie de inspiración continua en lo que hago. Como un poeta, no como un prosista, que escribe un poema larguísimo.

— El Kebra Nagast es muy importante en “Theodoros”, y los Evangelios se mencionan en “Solenoide”. ¿Qué encuentra de atractivo en este tipo de libros considerados sagrados?

Para mí no son sagrados: son obras literarias excepcionales. Si alguien me preguntara qué libro me llevaría a una isla desierta, diría que la Biblia, y no por la fe, sino por su enorme calidad literaria. La Biblia no es solo un libro de revelación religiosa y filosófica, sino que también es la mayor novela jamás escrita y una colección fantástica de poesía. Piensa en el Libro de Job, en el Libro de Rut o en el Cantar de los Cantares. Eso fue lo que me atrajo, no solo de la Biblia, sino de todos los libros sapienciales, empezando por el Bhagavad-gita, el Libro de los muertos egipcio y todos los grandes libros de la humanidad. Y uno de ellos es el Kebra Nagast, del que hablabas. Fue un gran descubrimiento para mí. Lo descubrí por casualidad, cuando se tradujo al rumano. Empecé a leerlo y me di cuenta de que es una especie de copia de la Biblia con muchísimas cosas añadidas, escenografía y demás. Por ejemplo, en la Biblia no aparece nada sobre la historia de amor entre el rey Salomón y la reina de Saba. Ella va a Jerusalén a conocer a Salomón y luego regresa sin que ocurra ningún romance entre ellos. Pero el Kebra Nagast cuenta una historia completamente diferente, con detalles exquisitos y un marco maravilloso. Así que no solo ahí, sino en muchas otras páginas, es pura poesía oriental, por eso me encantó. Lo utilicé extensamente en “Theodoros”. Y luego ocurrió algo muy extraño: el libro, que se había publicado en rumano, no había tenido ningún éxito hasta que salió el mío. No vendía nada. Pero después de que mi novela lo utilizara tanto, empezó a venderse muchísimo. Como ocurrió con la “Odisea” tras la película de Nolan. Fue algo muy especial.

"Thomas Pynchon decía que se avergonzaba de algunas páginas sexistas y racistas que escribió en su juventud. Me gusta eso. Creo que, de alguna manera, un escritor debe ser también decente".

Mircea Cartarescu | Escritor rumano

Mircea Cartarescu

— Recuerdo que en “Solenoide” definía a Bucarest como la ciudad más triste del mundo. En “Moby Dick”, Melville describía a Lima con las mismas palabras. ¿Qué cree que hace que una ciudad sea tan triste?

Bueno, en mi opinión, las ciudades no son ni alegres ni tristes, ni bellas ni feas. Son agrupaciones humanas, enormes hormigueros. Y quienes les dan belleza o fealdad, tristeza o alegría, son los escritores. Bucarest como ciudad real no tiene nada que ver con mis libros. Yo inventé mi Bucarest, igual que Dostoievski inventó San Petersburgo, igual que Borges inventó Buenos Aires o Vargas Llosa inventó Lima. Es algo totalmente diferente de la realidad porque la literatura no es la realidad: todo en ella es ficción. Por eso diría que no existen las novelas realistas: todas las novelas son fantásticas porque son ficción. Italo Calvino tiene un libro sobre más de 50 ciudades imaginarias [“Las ciudades invisibles”] y en esa línea yo quería inventar una ciudad. Bucarest, tal como la encuentras en “Solenoide” o en mi trilogía “Cegador”, es una invención mía. Cuando necesité que fuera espléndida, como en mis poemas, fue espléndida. Cuando necesité que fuera triste, como en “Solenoide”, fue triste. En “Cegador”, en cambio, Bucarest está llena de vida, es fantástica, es una especie de alter ego mío. Y en el libro que estoy escribiendo ahora mismo es diferente a las otras Bucarest que he utilizado. Bucarest es para mí un estado de ánimo y un rasgo literario o estilístico. Necesito Bucarest para expresar algo, para expresar mis sentimientos, el ánimo que tengo al escribir un libro.

— Sé que está al tanto de que existe una banda peruana que se llama Solenoide y que tiene una canción titulada “Cartarescu”.

Por supuesto que lo sé. Son mis amigos. Hablamos por Facebook todo el tiempo y son gente encantadora, Laura [Rosales] y los demás chicos. Me muero de ganas de conocerlos. Por desgracia, no tengo mucho tiempo porque solo voy a estar un día en Lima cuando vaya a Perú en noviembre. Pero me reuniré con ellos al menos para tomar un café y conocernos.

— ¿Y cómo le hace sentir eso? ¿Cree que un escritor como usted pueda encajar en la categoría de “estrella pop”?

Yo soy una persona muy abierta. No me considero el típico escritor convencional, que se pasa todo el tiempo leyendo libros, hablando de libros y haciendo lo que hacen los escritores “serios”. No, a mí me encanta hacer todo tipo de cosas. Por ejemplo, los videojuegos; juego en línea con mi hijo, que tiene 23 años. Somos muy aficionados a “Borderlands”, que es un ‘shooter’ muy divertido. Y, por supuesto, me encanta escuchar música. Estoy muy al tanto de las bandas de rock, sobre todo de las más famosas del rock clásico como Pink Floyd, Led Zeppelin, The Beatles, Black Sabbath y también algunas más recientes. Escucho música clásica, rock, pop, de todo. Me encanta.

— He visto fotos suyas en Colombia o México con lectores pidiéndole autógrafos y ‘selfies’. ¿Le sorprende que sus lectores latinoamericanos sean tan apasionados, casi como fans? ¿O le pasa también en otros lugares?

Pasa en muchos lugares, pero Latinoamérica es especial para mí. Te lo digo de forma objetiva: los mejores lectores del mundo son los latinoamericanos: no solo porque leen mucho, sino porque leen con entusiasmo. Europa tiene una postura más acomodada o aburguesada. Podrías publicar la “Divina comedia” ahora y a nadie le importaría. Pero aquí en Latinoamérica la gente lee como leíamos nosotros cuando éramos adolescentes: con un entusiasmo fantástico. Recuerdo cuando leí a algunos de sus escritores peruanos. El primer caso que me viene a la cabeza es Manuel Scorza. Lo tradujeron en los años 80 al rumano y recuerdo con qué alegría y asombro leí “Historia de Garabombo, el invisible”. Y luego leí a Bryce Echenique, a Vargas Llosa, a César Vallejo y a otros muchos escritores peruanos que me encantan. También hay otras explicaciones para mi relativa popularidad en Latinoamérica: por ejemplo, que Rumanía es muy similar a los países latinoamericanos. Es una democracia joven, con una lengua de origen latino como la suya, con el mismo carácter, y con una historia en cierto modo triste: tuvimos tres dictaduras fascistas y una comunista en el siglo XX. La gente también es muy parecida, me siento como en casa cada vez que voy a Latinoamérica. Hace dos semanas volví de Medellín y estoy seguro de que sentiré lo mismo en el Perú.

Mircea Cartarescu nació en Bucarest en 1956 y es uno de los escritores rumanos más reconocidos de las últimas décadas.  (Foto: EFE/Fernando Villar)
Mircea Cartarescu nació en Bucarest en 1956 y es uno de los escritores rumanos más reconocidos de las últimas décadas. (Foto: EFE/Fernando Villar)

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