El Museo de Arte de Lima ocupa un edificio público, el Palacio de la Exposición, pero funciona con fondos enteramente privados. Para sostenerlo nació, en 1996, la Subasta de arte del MALI —realizada durante la Fiesta del Arte —, que en sus primeros años ni siquiera tenía martillero, pues los postores pujaban en silencio y dejaban sus ofertas en un sobre sellado. Treinta años después, el 10 de octubre, el museo celebrará su edición XXXIV.
Montarla en el Perú de mediados de los noventa, cuando el país apenas salía de una de sus décadas más duras, no fue sencillo. Aun así, la subasta creció, edición tras edición, hasta convertirse en una institución que también educa y da visibilidad a artistas jóvenes o relegados en la historia, como ocurrió con las dos subastas de arte amazónico, hoy reconocido internacionalmente.

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