Este Búho, como saben mis lectores, ama el mar. En estos días, debido al fenómeno El Niño, uno puede ver nuestras playas con sus aguas cristalinas y tibias, como si fuera el Caribe. Y muchos han aprovechado para darse un chapuzón. Pero así como amo el mar, también le tengo respeto. Un respeto profundo.

Los viejos marineros suelen usar la frase: ‘El mar no avisa, solo cobra’. En estos días volví a ver la clásica película ‘El náufrago’, protagonizada por el genial Tom Hanks. Dirigida por Robert Zemeckis, se estrenó en el año 2000.

Chuck Noland, trabajador de FedEx, empresa de mensajería y envíos de paquetes, toma un vuelo de emergencia en Navidad con rumbo a Malasia. Sin embargo, el avión sufre fallas técnicas y se estrella en el océano Pacífico. Sorprendentemente, Chuck no muere y es arrastrado a una isla desierta.

Es en ese momento en el que empieza el verdadero drama del protagonista, pues más intenso que el calor o el hambre, es la soledad. Entre los escombros y los restos del avión que van llegando hacia la isla halla una pelota de voleibol de la marca Wilson, la que se convertirá en su mejor amigo durante los cuatro años que queda aislado del mundo.

Luego de ser rescatado, Chuck sufrirá un gran golpe contra el mundo moderno y la realidad, porque hasta su enamorada ya había conseguido a otro hombre y hasta ¡tenía familia!

Otra historia sobre siniestros en el mar es el estupendo libro de Gabriel García Márquez, ‘Relato de un náufrago’. El libro es un relato puntilloso, minucioso, entretenido y riguroso sobre el naufragio de Luis Alejandro Velasco, un tripulante del destructor Caldas, entonces nave de la Marina de Guerra de Colombia.

Este fue un acontecimiento que paralizó al país cafetero en 1955. Luis Alejandro Velasco fue el único sobreviviente de los ocho marinos que cayeron al mar después de una tormenta.

Tras su rescate, el sobreviviente se convirtió en una celebridad, casi en un héroe de guerra o una estrella de cine. Fue condecorado por el Estado, grabó comerciales, firmaba autógrafos y las señoritas le sonreían. Pero cuando llegó a El Espectador para vender su historia ya casi era un personaje en declive.

Gabo contó que en un principio no tuvo interés en escribir aquella crónica, pues consideraba que había sido tan manoseada y tratada desde diversos ángulos que ya era un refrito. Fue su director Guillermo Cano quien, con un olfato periodístico fino, aceptó comprar el testimonio. Y encargó la tarea a su mejor cronista, el que años después sería premio Nobel.

En veinte sesiones de seis horas diarias, el náufrago y el joven reportero conversaron al detalle sobre aquel episodio. En palabras de Gabo, el relato “era tan minucioso y apasionante, que mi único problema literario sería conseguir que el lector lo creyera”. Mientras escuchaba el testimonio, el autor de ‘Cien años de soledad’ entendió que tenía entre sus manos un diamante en bruto.

En el libro se cuenta cómo fueron los diez días del náufrago en altamar, cómo luchó contra tiburones, comió cartón, despedazó una gaviota y quiso desgarrar el cuero de su zapato para poder comer. La crónica se fue publicando día tras día. Causó tanto revuelo e interés, recuerda Gabo, que los lectores hacían largas colas para comprar el diario. Pero un detalle en el relato despertó la furia del dictador colombiano Gustavo Rojas Pinilla. El gobierno del golpista había afirmado oficialmente que los tripulantes cayeron al mar por culpa de una tormenta. Pero no fue así.

Luis Alejandro Velasco reveló a Gabo que en realidad fueron empujados por una carga mal ajustada. Se trataba de encomiendas que la tripulación llevaba de contrabando en el navío: refrigeradoras, televisores, lavadoras y otros electrodomésticos. Un acto ilegal.

“El propio gobierno celebró al principio la consagración literaria de su héroe. Luego, cuando se publicó la verdad, habría sido una trastada política impedir que se continuara la serie”, escribió Gabo.

Pese a todo ello, y cuando fue publicado como libro, fue todo un éxito y traducido a diversos idiomas. El éxito vendría con asuntos legales, pues el náufrago demandó a Gabo por regalías, pero este tuvo una genial respuesta: “La historia es de quien la escribe y no de quien la vive”. Cosas sorprendentes suceden en el mar. Apago el televisor.

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