Un personaje marcado por un amor maternal obsesivo, con inesperados arrebatos de violencia y sobre todo con un profundo desprecio a su hermana, es el que enfrenta Fiorella Díaz en “La vida que me robaste”, la nueva telenovela de Del Barrio Producciones. Rossy Salazar Aguirre es el rol con el que la actriz reafirma su oficio de trabajadora del arte, dispuesta a asumir cualquier reto con dedicación y entrega.
“La vivencia de crecer y compartir con hermanos en la vida real me ayudó a construir a Rossy. Mi personaje siente rechazo hacia Mariana, pero a la vez guarda un afecto filial porque, antes de los conflictos familiares, ambas eran hermanas comunes y corrientes”, dice la actriz.
¿Cómo abordas la complejidad de interpretar a un personaje antagónico, crees que el amor de Rossy por sus hijas se ha vuelto algo enfermizo?
Lo más interesante de los antagónicos es trabajar la tensión y los matices opuestos a lo evidente. En lugar de hacer una villana acartonada, exploro el vínculo de haber compartido la misma madre y un pasado común, lo cual hace que cueste pasar por encima de mi hermana. Rossy actúa movida por el amor a sus hijas y por la responsabilidad materna que asumió tras la muerte de sus padres. Sin embargo, posee una impulsividad incontrolable, cambios drásticos de humor y un deseo abrumador de protección que la sobrepasa.
Realidades que existen y se cuentan en la ficción.
La televisión es un reflejo de lo que sucede en la vida cotidiana; constantemente escucho casos de vecinos o familiares en situaciones parecidas. Aunque la norma sea que las familias y hermanos se acompañen, los seres humanos no somos infalibles y estas dinámicas conflictivas existen..
Junto a Karina Jordán llevan el peso de la historia, es básico que las actrices logren una química que trascienda la pantalla.
Nuestra relación se basa en un profundo entendimiento, química y admiración mutua. Nos conocemos hace mucho tiempo y compartimos una trayectoria similar, por eso, cuando nos miramos en el set surge un entendimiento inmediato; además, admiro mucho a Karina por ser una actriz dedicada, juiciosa y divertida.

¿Esa buena conexión entre ambas les permite proponer ideas o hacer ajustes a las escenas más allá de las indicaciones de la dirección?
Sí, esa complicidad nos abre un espacio creativo muy enriquecedor, aunque en televisión los tiempos obligan a resolver rápido, con Karina nos damos la libertad de conversar las escenas, proponer cambios en los desplazamientos dramáticos y aportar ideas siempre que la historia lo permita.
¿Sientes que este papel antagónico te otorga mayor visibilidad en este momento de tu carrera?
Recibo este nuevo antagónico con los brazos abiertos, recordando que otros villanos que hice con Del Barrio Producciones también tuvieron mucha pegada en la gente. En la actualidad, a mis 42 años, me encuentro en otra etapa de mi vida y puedo abordar al personaje y sus problemáticas con una profundidad que más joven no hubiese logrado entender. Por ello, lo asumo como un rol sumamente importante dentro de mi carrera televisiva.
¿Qué características buscas en un proyecto de televisión, teatro o cine para aceptarlo, qué te motiva a sumarte a una producción?
Soy completamente franca: muy pocas veces he dicho que no. Las contadas ocasiones en que rechacé una propuesta —casi siempre en teatro— fue porque el guion o la producción no terminaba de engancharme. De ahí en fuera, siempre quiero estar en el ejercicio constante de la actuación, sumado a que existe una necesidad de trabajar y que una como actriz se hace actuando.
En la actuación no hay personajes grandes o chicos…
Mis maestros me enseñaron que no existen personajes chicos, sino que todo depende de la dedicación y el entendimiento que le pones. Recibo cualquier rol con el mismo entusiasmo y me considero una obrera de la actuación al servicio de mi arte.
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