En 2010, cuando David Fincher estrenó “The Social Network”, Facebook todavía podía parecer una extravagancia universitaria que había crecido demasiado rápido. La película hablaba de dormitorios, traiciones, dinero y ambición. Mark Zuckerberg era un muchacho frente a una computadora y Facebook, una criatura recién nacida que comenzaba a descubrir que podía conquistar el mundo.

Dieciséis años después, Aaron Sorkin, guionista de la primera película, vuelve al mismo territorio, sin embargo, hay una diferencia fundamental: ya no le interesa contar cómo nació la criatura, sino qué ocurrió después de que aprendió a alimentarse del mundo almacenando los datos de todo aquel que tenga una cuenta en Meta.

“The Social Reckoning”, que llegará a los cines el 9 de octubre, no es una secuela convencional de “The Social Network”, pues aunque regresa a los mismos personajes y al mismo universo, lo hace desde otro momento histórico. Sorkin, quien la ha llamado una “companion piece”, escribe y dirige en esta ocasión. Jeremy Strong interpreta a Mark Zuckerberg; Mikey Madison, a Frances Haugen, la exempleada de Facebook que filtró miles de documentos internos de la compañía; y Jeremy Allen White, al periodista Jeff Horwitz, de The Wall Street Journal, que trabajó con ella en la investigación conocida como The Facebook Files.

Facebook, la promesa fallida de conectar al mundo

La diferencia entre las dos películas es también la diferencia entre dos épocas. En The Social Network, el conflicto era casi clásico:Mark Zuckerberg contra Eduardo Saverin representaban la amistad contra el dinero y la creación contra la apropiación. Dos visiones supuestamente antagónicas. Allí David Fincher convertía la fundación de una empresa tecnológica en una tragedia de ambición. La famosa frase de Sean Parker, programador y empresario, “Un millón de dólares no es cool. ¿Sabes qué es cool? Mil millones de dólares?”, condensaba el espíritu de una época en la que Silicon Valley todavía era capaz de vender el crecimiento como una forma de épica.

La nueva película parte de una pregunta mucho menos seductora: ¿qué sucede cuando una empresa tecnológica llega a tener suficiente poder como para modificar la conducta de millones de personas?

Sorkin lo ha dicho de manera directa: “The Social Network trataba sobre cómo se inventó Facebook, y The Social Reckoning trata sobre en qué se convirtió”. Para él, el punto de partida fue la investigación de The Wall Street Journal basada en los documentos de Haugen. “No hay una vida que el algoritmo de Facebook no haya tocado”, ha dicho. “Y esa influencia lo ha transformado todo”.

En 2010 nos fascinaba que un programador pudiera construir una red social. En 2026 vivimos en un mundo en el que las redes sociales construyen, en cierta medida, el entorno en el que pensamos.

La máquina también nos cambia

El psicólogo social Jonathan Haidt ha advertido que las redes pueden estar produciendo una “subversión de la capacidad de prestar atención a escala de toda la especie”. El filósofo Byung-Chul Han ha reflexionado, desde otro ángulo, sobre un individuo convertido en escaparate permanente: alguien que no solo vive, sino que aprende a mostrar su vida para una audiencia. En ese paisaje, la atención deja de ser únicamente una facultad mental y se convierte en un territorio económico. Las plataformas compiten por ella y los algoritmos aprenden qué emociones consiguen retenerla durante más tiempo. Las redes no inventaron la vanidad, la ira ni el tribalismo; hicieron algo más sofisticado: les dieron velocidad, escala y memoria.

Haugen lo explicó ante el Senado estadounidense en 2021. “Me incorporé a Facebook porque creo que Facebook tiene el potencial de sacar lo mejor de nosotros”, dijo. Pero después de trabajar dentro de la compañía llegó a otra conclusión: “Los productos de Facebook perjudican a los niños, alimentan la división y debilitan nuestra democracia”. Según su testimonio, los directivos sabían que podían hacer más seguras sus plataformas, pero no realizaban los cambios necesarios porque habían puesto “ganancias astronómicas por encima de las personas”.

La película toma esa contradicción como materia dramática: una mujer que conoció desde dentro una máquina diseñada para conectar a las personas y terminó convencida de que esa misma máquina estaba generando daños que no podían seguir ocultándose.

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Mikey Madison, que interpreta a Haugen, ha contado que lo que más le interesó fue la dimensión intelectual del personaje. “En este caso, siento que lo que tenía que intentar conseguir era una transformación más intelectual”, explicó. La actriz, que no utiliza redes sociales, contó que al conocer la historia pensó: “Lees un guion así y piensas: tengo que hacer esto”. Describió a Haugen como una “heroína enorme” que “hizo algo realmente valiente”.

Pero The Social Reckoning no convierte a Facebook en un villano simple. Jeff Horwitz, el periodista real interpretado por Jeremy Allen White, rechazó la explicación fácil sobre las revelaciones de The Facebook Files: “La respuesta es que Facebook es profundamente partidista a favor de Facebook”. No se refería a que la compañía fuera republicana o demócrata, sino a que sus intereses terminaban favoreciendo a la propia empresa.

Su análisis era más incómodo: “No se trata de que Mark Zuckerberg simplemente esté tratando de ganar otro dólar. Tampoco de que la compañía sea una especie de fuerza maligna”. Facebook, explicó, había construido algo extraordinariamente exitoso y, “de una manera muy típica de Silicon Valley”, no había pensado demasiado en sus externalidades hasta descubrir demasiado tarde que sus productos tenían “efectos perjudiciales significativos en todo el mundo”.

Esa mirada evita que la película sea simplemente un juicio moral sobre Zuckerberg. El verdadero asunto es más grande que un hombre.

Jeremy Strong interpreta a Mark Zuckerberg en "The Social Reckoning". En "The Social Network" el rol fue de Jesse Eisenberg. / Difusión

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