La Lima fundada por Pizarro no era solo una ciudad animada por el sonido de las campanas de sus numerosos conventos, iglesias y beaterios, sino era, sobre todo, una urbe alimentada por la cotidiana vitalidad de sus pulperías. Presentes en las esquinas de las cuadras desde el mismo momento de la fundación de la ciudad (llamadas pulperías de ordenanza), estos establecimientos se fueron multiplicando con el tiempo, y entre los siglos XVIII y XIX se podían contar de doscientas a cuatrocientas pulperías en Lima, cuyos propietarios llegaron a constituir uno de los gremios más influyentes de la sociedad colonial.
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La historia de sus dependientes, de los productos que ofrecían, de los litigios y pleitos en los que se vieron envueltos y de las ordenanzas, impuestos y alcabalas que tuvieron que pagar para desarrollar sus negocios ha sido contada por el historiador Arnaldo Mera Ávalos en el libro “Las pulperías de Lima: del periodo borbónico a la temprana República” (1701-1862) que reconstruye más de 160 años de vida cotidiana limeña. “Fue como buscar una aguja en un pajar”, dice el autor, refiriéndose a su recorrido por archivos y su revisión de miles de documentos en el Perú y el extranjero para reconstruir una historia que nunca antes había sido registrada.
Cuatro categorías
La ubicación y características de una pulpería estaba regulada por ley: se ubicaba en una “casa esquina” y debía tener dos puertas abiertas a cada lado. Mera Ávalos cita un balance de marzo de 1779 para graficar lo que una pulpería podía ofrecer a su clientela: “losa serrana, losa criolla, losa vidriada, canastas exteriores, cola y escoba, leña y cañas, velas, bujías, docenas de quetas, sogas, dulces, queso y chocolate, miel, guarapo, papel, seda, clavo, hilo, agujas, alfileres, pita, pitilla, arrobas de charque, hilo a carrete, azúcar, arrobas de parras, quinua, aguardiente de almacén, yerba, menudencias, costales, carbón, sal, ocho frascos pintados, cuatro frascos sin pintar, tres garrafas, nueve botellas, un frasquito, una limetita, dos vasos de cristal, un frasco de marca mayor, una olla grande vidriada, un farol, dos soperos, dos cajones, diez docenas de cucharitas, botijas de vino, botijas de vinagre”. Dos meses después, otro balance del mismo local añadía cigarros, trompos, papas, maíz, aceite y pasas.
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