En su departamento de Jesús María, el reconocido pintor, grabador y escultor peruano Alberto Quintanilla me recibe con una copa de vino. Antes de cruzar la puerta, varias de sus obras, coloridas y desafiantes, parecen custodiar la entrada. Es imposible no sentirse observado por esos personajes que emergen de lienzos y esculturas como centinelas de otro mundo.

A sus 92 años, el artista conserva una vitalidad admirable. Conversa con entusiasmo, gesticula con energía y posee una memoria prodigiosa: recuerda episodios, nombres y fechas con una precisión que desafía el tiempo.

Entre anécdotas y risas, Quintanilla me muestra una fotografía junto a François Mitterrand, el presidente francés que admiró su obra y con quien aparece sonriendo. Dentro de unos días partirá nuevamente a París, ciudad donde reside gran parte del año.

Antes de hablar de arte, sin embargo, nos detenemos en el boxeo, una pasión que ambos compartimos. Luego la conversación deriva hacia la literatura, la efervescencia cultural de su juventud, el arte peruano de distintas épocas y los desafíos del arte contemporáneo.

Las casi dos horas de conversación transcurren sin pausas, como si Quintanilla siguiera dialogando con el mismo ímpetu de sus años de formación.

Usted siempre habla con mucho cariño de los barrios populares del Cusco. ¿Cómo era ese mundo en el que creció?

Me gustaba ser uno de los muchachos del barrio. Eran vendedores de diarios y revistas, chicos muy imaginativos. Mi familia era pobre, así que desde pequeño trabajé. Lustraba zapatos, vendía lotería y también periódicos como El Comercio y Última Hora. Me gustaba cantar y recorrer las calles. Éramos muchachos de barrio: jugábamos, peleábamos, nadábamos y vivíamos prácticamente en la calle.

Era una vida libre. No teníamos horarios ni comodidades. Comíamos cuando había qué comer y nos divertíamos con lo que encontrábamos. Aprendimos a sobrevivir, a hacer amigos y a defendernos.

¿Allí nació su interés por el boxeo?

Sí. En el barrio todos peleábamos. Después conocí a algunos boxeadores que llegaban al Cusco buscando muchachos con condiciones. Ellos me enseñaron que la fuerza no está en el brazo, sino en todo el cuerpo. Aprendí la técnica y empecé a boxear con más seriedad.

Pero luego de un tiempo lo dejó.

Recuerdo una pelea con un amigo al que todos llamaban Capcha. Le di un golpe muy duro y cayó al suelo completamente inmóvil. Por un momento pensé que lo había matado. Sentí miedo. El público gritaba que siguiera golpeando; ahí me di cuenta de algo: el público puede ser muy cruel. Quiere ver sangre, quiere ver violencia.

Sentí cólera y angustia. Le gritaba que despertara, era mi amigo. El médico subió al ring y durante unos instantes nadie sabía qué ocurría. Finalmente empezó a moverse y recuperó el conocimiento. Ese día tomé una decisión, dije: “No peleo más”, y dejé el boxeo.

Mientras tanto seguía trabajando para ganarse la vida.

Claro. Vendía distintos productos a comisión: aceite para máquinas de coser, medias, perfumes y otras cosas. Un amigo me dijo que podía venderlos en el Rancho Grande, un burdel que quedaba en la zona.

Debió de ser una experiencia bastante singular para un muchacho de su edad.

Era muy joven. Fui a vender perfumes y otros productos. No sabía cómo funcionaba el lugar. Inventé el nombre de una supuesta clienta para que me dejaran entrar y, para mi sorpresa, sí existía una mujer con ese nombre. Descubrí personas. Eso fue lo más importante. Mujeres que trabajaban, que sufrían, que lloraban, que se ayudaban entre ellas. Algunas me compraban perfumes o jabones y luego me recomendaban a otras compañeras. Pasé toda una tarde recorriendo el lugar.

Me permitió entender una realidad que mucha gente juzga sin conocer. Afuera se habla de las prostitutas con desprecio, pero yo encontré mujeres con problemas, alegrías y tristezas como cualquier otra persona.

"Hoy vivimos rodeados de modas. Cualquier cosa puede ser presentada como arte", dice Quintanilla. (Andina)
"Hoy vivimos rodeados de modas. Cualquier cosa puede ser presentada como arte", dice Quintanilla. (Andina)

“TODAVÍA CONOCEMOS MUY POCO DE NOSOTROS”

En una entrevista usted dijo que el Perú fue conquistado, pero no descubierto. ¿Cree que los peruanos seguimos sin descubrirnos?

Totalmente. Apenas estamos empezando a conocernos. Somos un país mucho más inteligente de lo que creemos. Lo comprendí leyendo las crónicas. Muchas de ellas contienen errores o interpretaciones falsas. He leído a Cieza de León, Juan Polo de Ondegardo y, sobre todo, a Juan de Betanzos. También he estudiado a Guamán Poma de Ayala. Todo eso me permitió entender que todavía conocemos muy poco de nosotros mismos.

¿Qué papel juega el quechua en esa comprensión del Perú?

Un papel fundamental. El idioma encierra una manera distinta de ver el mundo. Cuando uno habla quechua descubre otra moral, otra sensibilidad y otra forma de relacionarse con la naturaleza, la comida y la vida cotidiana. Muchas palabras contienen significados culturales profundos que se pierden cuando se traducen de manera literal.

Crecí rodeado de costumbres, comidas y tradiciones que hoy se están perdiendo. Estaban la chicha de jora, las celebraciones populares, los saberes medicinales indígenas y una relación muy cercana con la tierra. Todo eso formaba parte de la vida cotidiana.

También tuvo una educación católica.

Iba a un colegio salesiano. Recuerdo que durante las ceremonias religiosas repartían chocolate con pan. Yo era un niño y muchas veces me acercaba más por el desayuno que por la ceremonia. Una vez intenté comulgar sin haberme confesado y el sacristán me descubrió. El cura me expulsó de la fila. No era una burla de mi parte; era la inocencia de un niño que buscaba algo de comer.

Además de todo lo que estamos conversando, también pasó parte de su infancia en una casa vinculada a Garcilaso de la Vega.

Mi hermana Irene trabajaba como enfermera de Jorge Casal, un ingeniero agrónomo que padecía tuberculosis y vivía bastante aislado. Como yo era un muchacho, me encargaron llevarle la comida todas las noches. Con el tiempo nos hicimos amigos. Él me tomó cariño y yo también le tenía mucho afecto.

Empecé a frecuentar el lugar y a veces me quedaba allí. Una señora de la familia quiso saber quién era ese muchacho que andaba por la casa, llamó por teléfono a Casal para preguntarle y él respondió: “Es mi secretario”. Yo era apenas un niño, pero nunca me dejaba humillar.

Después me dieron un cuarto en el altillo. Era un lugar maravilloso, lleno de libros y objetos antiguos. Según se decía, aquel espacio estaba vinculado a la antigua casa de Garcilaso: dormir allí fue una experiencia que nunca olvidé.

¿Fue allí donde nació su afición por la lectura?

Sí. Entre esos libros descubrí “Los miserables”, de Víctor Hugo. Allí conocí a Jean Valjean, Cosette, Gavroche y toda la historia de la Revolución Francesa. Fue una revelación. Imagínate lo que significa para un niño encontrarse con ese mundo de pronto. Además, yo solía vender libros y revistas usadas, y antes de venderlas las leía todas. Así fui creciendo: leyendo, trabajando y aprendiendo.

En esa época también escuchaba muchas historias populares.

Claro. Los empleados de la casa hablaban de los incas que aparecían por las chincanas. Decían que por las noches salían de los túneles subterráneos. Yo escuchaba esas historias fascinado y pensaba que algún día podría encontrarme con uno de ellos.

Usted dice que los peruanos somos más inteligentes de lo que creemos.

Claro que sí. Mire lo que hicieron nuestros antepasados. Cada vez que veo Sacsayhuamán o Machu Picchu me pregunto cómo fue posible construir semejantes obras. Hemos sido un pueblo extraordinario.

Lo triste es que estamos destruyendo nuestro entorno. Lima ya casi no tiene agua, ya casi no tiene aire limpio. Estamos perdiendo cosas fundamentales y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.

Una imagen de Alberto Quintanilla (izquierda) a la edad de cuatro años. Lo acompaña su hermana menor Emma, en la calle Concevidayoc, en el Cusco. (Foto: archivo personal del artista)
Una imagen de Alberto Quintanilla (izquierda) a la edad de cuatro años. Lo acompaña su hermana menor Emma, en la calle Concevidayoc, en el Cusco. (Foto: archivo personal del artista)

EL DESCUBRIMIENTO DEL ARTE

¿Cuándo descubre realmente el arte?

El arte apareció poco a poco. Yo era un niño muy curioso. Me interesaba todo: los insectos, los animales y las leyendas. Veía un escarabajo y quería saber qué significaba. Veía un sapo y escuchaba que era el guardián de la tierra y del agua. Todo tenía un sentido mágico para mí. Pero el encuentro decisivo ocurrió cuando era niño y acompañé a mi padre a una pelea de gallos.

A mi padre le gustaban los gallos de pelea, aunque a mí nunca me gustó ver sufrir a los animales. Mientras él estaba en el ruedo con sus amigos, me quedé con una señora que preparaba figuras de pan para Navidad. La observé trabajar y ella me preguntó si podía modelar un perrito con la masa: lo hice. Después me pidió un burro y luego un gato: también los hice. Se sorprendió al verlos y los colocó junto a las demás figuras.Yo me sentí feliz porque alguien había valorado lo que había hecho con mis manos.

¿Recuerda ese momento como el inicio de su vocación artística?

Creo que fue la primera vez que alguien reconoció una habilidad que yo tenía de manera natural. Cuando terminó la jornada, mi padre había perdido su gallo en la pelea, pero yo había descubierto algo mucho más importante.

Años después le conté esta historia al poeta César Calvo. Él decía que ese día mi padre perdió, pero que Alberto Quintanilla ganó porque había encontrado un camino propio.

Luego, volví a mis tareas de siempre, llevando comida al señor Jorge y leyendo cuanto libro encontraba.

Y en su juventud obtiene una beca.

Sí, gané una beca a España para estudiar procesos de restauración. Allí viví una experiencia que nunca he olvidado.

Estaba observando unos estudios con rayos X sobre pinturas de Velázquez. Mi profesor hablaba de él como un genio, y sin duda lo era. Pero las radiografías mostraban todas las correcciones que había hecho mientras pintaba.

Le comenté: “Los genios también tienen derecho a equivocarse”. Había cambios, rectificaciones, dudas. Aquello me hizo entender que nadie es perfecto. Si Velázquez corregía su trabajo, cualquiera puede hacerlo. Desde entonces procuro trabajar con toda la seriedad posible, sabiendo que equivocarse también forma parte del proceso creativo.

En varias ocasiones ha dicho que la pobreza marcó su manera de ver el mundo. ¿Recuerda alguna anecdóta que haya sido decisiva?

Sí. Cuando era estudiante en Lima pasé por los alrededores de San Cosme y encontré a un antiguo conocido viviendo en una cueva, entre basura. Se había alcoholizado. Estaba solo, sin comida, abandonado. Le llevé un caldo y algo para comer. Me impresionó verlo en esas condiciones, pensé que no iba a sobrevivir. Tiempo después regresé a buscarlo y ya había muerto. Desde entonces no puedo dejar de pensar en todas esas personas que la sociedad prefiere no mirar: los olvidados, los abandonados, quienes viven en la miseria.

Esa idea aparece con frecuencia cuando habla de su obra.

Porque creo que muchas veces nos equivocamos al pensar que solo las personas poderosas cambian la historia. Pienso, por ejemplo, en el hombre que ayudó a revelar dónde estaban los cuerpos de La Cantuta (Justo Arizapana). No era una autoridad ni una figura pública; era alguien que sobrevivía recogiendo basura. Sin embargo, gracias a él se conoció una verdad fundamental para el país.

Eso me confirmó que nunca debemos despreciar a nadie. No sabemos qué historia carga una persona ni la importancia que puede tener su paso por el mundo. La vida está llena de personas anónimas que sostienen la historia sin que nadie lo note.

Fabricar piezas hechas con material reciclado es una de las aficiones que Alberto Quintanilla mantiene hasta la actualidad. (Foto: Richard Hirano)
Fabricar piezas hechas con material reciclado es una de las aficiones que Alberto Quintanilla mantiene hasta la actualidad. (Foto: Richard Hirano)

VARGAS LLOSA, HERAUD Y OTROS ESCRITORES

A lo largo de su carrera conoció a escritores importantes.

Tuve la suerte de conversar con mucha gente valiosa. A Julio Cortázar me lo presentó Mario Vargas Llosa. También compartí con otros escritores y artistas que me ayudaron a pensar el país y la cultura de otra manera.

¿Y cómo fue su relación con Vargas Llosa?

En realidad nunca tuve un conflicto con él; no hubo ningún problema personal. Lo que ocurre es que siempre me pareció una persona muy consciente de su importancia y de su prestigio. Tenía una especie de coraza. Es como cuando te sirven un plato muy bien presentado, pero al probarlo no encuentras el sabor que esperabas. A veces sucedía algo parecido con él, sobre todo cuando hablaba de política. En literatura era otra cosa, pero en política muchas veces decía cosas con las que yo no estaba de acuerdo.

Usted ha sido muy crítico con Vargas Llosa.

Respeto su trayectoria, pero pienso distinto. Creo que hay momentos en los que el intelectual debe arriesgarse más. Yo siempre he preferido decir lo que pienso, aunque eso me traiga problemas.

Cuando recibí reconocimientos en el Perú, muchas veces aproveché para decir cosas incómodas. No me interesa quedar bien; me interesa decir la verdad como la veo.

También tuvo una amistad muy cercana con José María Arguedas. Incluso, ilustró una de sus obras.

Lo conocí bien y acepté ilustrar uno de sus libros porque me cayó muy simpático. Era una persona muy comunicativa. A veces, se construye una imagen demasiado simplificada de Arguedas, como si hubiera sido un hombre atormentado. Yo no lo vi así: era alguien consciente de su trabajo, de su importancia y de la cultura que estudiaba.

Tenía un conocimiento profundo del mundo andino. No era solamente un antropólogo o un escritor; entendía la vida de los pueblos desde dentro. Por eso tanta gente lo admiraba.

Además de Arguedas, usted trató a figuras importantes de la literatura peruana, como Juan Gonzalo Rose, Washington Delgado o César Calvo.

Juan Gonzalo Rose fue un gran amigo. Me hizo un artículo en Caretas y siempre le tuve mucho aprecio.

Washington Delgado era diferente. Más serio, más reservado. Al menos así lo conocí yo. Pero también fue una figura importante de nuestra literatura.

También fui muy amigo de César Calvo. Muy buena persona. Era un hombre muy enamoradizo. Le gustaba conquistar y tenía mucho encanto. Era pícaro, sin duda, pero las mujeres también se daban cuenta de eso. Tenía una sensibilidad especial; era de esas personas que parecían percibir algo antes que los demás. Tenía intuición, imaginación y una manera muy particular de ver el mundo.

¿Qué destacaría de César Calvo como escritor?

Su honestidad. Cuando escribía sobre la Amazonía o sobre episodios dolorosos de nuestra historia, no suavizaba nada. Contaba las cosas de manera directa. Tenía una mirada muy crítica y muy valiente.

¿Alguna vez coincidió con Javier Heraud?

Sí. Me visitó cuando yo estaba en París. Conversamos bastante. Yo le decía que todavía no era el momento de regresar al Perú para ciertas cosas; también le insistía en que debía acercarse más al quechua y a la realidad profunda del país.

¿Lo notó diferente después de su experiencia política en Cuba?

Sí, claro. Había cambiado, era evidente. En esa época muchos jóvenes creían en proyectos de transformación radical; había mucho entusiasmo y mucha convicción.

¿Qué piensa de figuras como Luis de la Puente Uceda?

Me parecía una persona con buenas ideas. Creo que algunos proyectos tenían elementos valiosos, pero también pienso que ciertos cambios debieron hacerse de manera más gradual. Muchas veces la prisa termina jugando en contra.

Ya que conoció a los dos, ¿cómo era la relación entre Javier Heraud y César Calvo?

Discutían bastante. Eran muy distintos y a veces se provocaban. Recuerdo una ocasión en que Javier hizo una broma sobre el apellido de César para fastidiarlo. Eran jóvenes, discutían, polemizaban, pero también formaban parte de una misma generación inquieta y apasionada.

Estuvo cerca de varios intelectuales y militantes de esa época.

Había abogados, poetas, dirigentes políticos y escritores. Muchos de ellos se reunían para debatir. Era una época de mucha efervescencia intelectual; todo el mundo quería discutir el país, la cultura y la política.

Además, hay una anécdota con Picasso...

Lo conocí de vista durante una exposición que realicé en París, en 1963. Había críticos franceses, escritores y varias figuras importantes del mundo cultural. Picasso apareció de manera repentina. Entró, observó rápidamente la muestra y todos se agitaron. Alguien le preguntó qué opinaba de la exposición; él respondió algo breve: “Interesantísimo. Es un aporte más a la cultura universal”. A muchos les molestó ese comentario. Yo estaba escuchando todo.

Después quiso tomar un café y terminamos conversando. Me sorprendió la admiración que sentía por el Perú. Me preguntó de qué parte era y le conté que era cusqueño.

Me habló con entusiasmo de nuestro país. Yo le comenté que Argentina tenía las grandes pampas. Entonces me respondió algo que nunca olvidé: “Sí, pero son pampas. Ustedes tienen piedras, y las piedras hablan”. Esa frase me impresionó profundamente. Me hizo recordar un verso de Washington Delgado: “El tiempo pasa, pero la piedra queda”.

El escritor Francisco León y el artista Alberto Quintanilla.
El escritor Francisco León y el artista Alberto Quintanilla.

DE PREMIOS Y DISPUTAS EN EL ARTE

Ha ganado premios importantes en el extranjero.

Esos premios fueron una confirmación de que el trabajo serio termina siendo reconocido. Gané la medalla de oro en Berlín y después otra en Florencia por mis grabados. Siempre me llamó la atención algo: países que no producen oro me entregaban medallas de oro.

En cambio, regresaba al Perú, un país riquísimo en minerales, y muchas veces recibía reconocimientos simbólicos, casi de compromiso. Eso te hace pensar que algo no funciona bien.

Ha tenido una larga disputa con ciertos sectores del arte contemporáneo. ¿De dónde nace esa crítica?

Porque muchas veces se confunde complejidad con profundidad. Hay obras que parecen hechas para desconcertar al público más que para comunicar algo. A mí me preguntaban qué opinaba de ciertos cuadros abstractos llenos de cuadrados. Yo respondía: un cuadrado es un cuadrado aquí, en China o en cualquier parte del mundo. Lo importante es qué hay detrás de esa forma, qué experiencia humana expresa.

Pero las culturas prehispánicas también desarrollaron formas geométricas muy complejas.

Por supuesto. Y eso demuestra precisamente que la abstracción no nació en Europa. Los incas, los chimúes, los mayas, los aztecas y muchas otras culturas americanas ya trabajaban con sistemas geométricos, matemáticos y simbólicos extraordinarios.

Basta mirar los textiles andinos para entenderlo. Allí hay una inteligencia visual inmensa. Lo que ocurre es que muchas veces seguimos mirando nuestra propia historia con ojos ajenos.

¿Cree que todavía sabemos muy poco sobre el pasado americano?

Muchísimo menos de lo que creemos. Cada año aparecen nuevos hallazgos. Todavía existen grandes misterios sobre las civilizaciones antiguas. A pesar de toda la destrucción que hubo durante la conquista, seguimos descubriendo cosas. Eso demuestra que nuestra historia está lejos de haber sido comprendida por completo.

Le interesa mucho los saberes populares andinos.

Tal cual. Muchas veces contienen conocimientos que la ciencia moderna todavía no termina de explicar. Recuerdo el caso de un hombre en Checacupe (Cusco) que sufrió una herida profunda en la pierna. Todos pensaban que se iba a infectar. Sin embargo, utilizó remedios tradicionales de la zona y terminó recuperándose.

No digo que haya que rechazar la medicina moderna. Lo que digo es que todavía existen conocimientos locales que merecen ser estudiados con seriedad y sin prejuicios.

¿Y por qué cree que esos conocimientos son ignorados?

Por el centralismo. Durante mucho tiempo se ha considerado que todo lo valioso está en Lima y que lo que viene de los pueblos andinos es atraso o superstición. Yo creo lo contrario: todavía tenemos muchísimo que aprender de esas culturas y de esas formas de entender el mundo.

Ha sido muy crítico con el centralismo cultural peruano. ¿Sintió esa resistencia en carne propia?

Claro que sí. A mí me hicieron la guerra. Había sectores del mundo artístico que no soportaban que alguien como yo destacara. Gané una medalla de oro y, en lugar de reconocer el logro, intentaron minimizarlo. Había una intención de borrarme.

¿De dónde venía esa hostilidad?

De muchos lugares. Había prejuicios sociales, culturales y también raciales. En el Perú todavía existe gente que mira por encima del hombro a quien viene de los Andes o reivindica una identidad distinta.

Hubo un episodio que me marcó mucho. Un artista muy conocido llegó a insultarme llamándome “cholo de m....”. Yo reaccioné. No podía aceptar algo así. No era un insulto contra mí. Cuando alguien te menciona esas palabras está insultando a millones de peruanos. Eso fue lo que le respondí después. Nunca he tolerado ese tipo de discriminación. Uno puede discutir de arte, de política o de cualquier cosa, pero no puede aceptar el desprecio hacia un pueblo entero.

Da la impresión de que siempre fue un artista dispuesto a confrontar.

Nunca me gustó quedarme callado. Cuando veía una injusticia reaccionaba. Era así de joven y sigo siendo así ahora. No me peleaba por gusto; me peleaba porque sentía que había cosas que debían defenderse: la dignidad, la identidad y el derecho a expresarse.

Esa actitud también está presente en su obra.

Mi trabajo nace de la misma convicción. Yo agarro materiales que otros desechan y los convierto en arte. Tomo un fierro viejo, un objeto abandonado o un pedazo de madera y le doy una nueva vida. En cierto sentido hago lo mismo con la memoria del país: intento rescatar aquello que otros consideran sin valor.

¿Por eso insiste tanto en la necesidad de recuperar nuestras raíces?

Sí. Hemos olvidado demasiadas cosas. Hemos olvidado el quechua, los conocimientos tradicionales, las formas de alimentarnos, de relacionarnos con la naturaleza y de entender el mundo. Yo he viajado por Europa, he aprendido idiomas y he conocido otras culturas. Pero mientras más viajaba, más entendía la riqueza de lo que teníamos aquí.

¿Qué cree que hemos perdido como sociedad?

La confianza en nosotros mismos. Nos han enseñado a admirar siempre lo extranjero y a desconfiar de lo nuestro. Cuando veo una pachamanca, cuando escucho hablar quechua o cuando contemplo las grandes construcciones andinas, veo una inteligencia extraordinaria. Sin embargo, muchas veces actuamos como si todo eso valiera menos que lo que viene de afuera.

Después de tantos años de trabajo, ¿qué ha intentado defender a través del arte?

La libertad. He luchado para poder pensar libremente, crear libremente y vivir libremente. Por eso sigo hablando y sigo creando. Porque el arte no sirve para decorar paredes, sirve para defender la dignidad humana. Y mientras tenga fuerzas, seguiré haciéndolo.

¿Qué piensa del arte contemporáneo que se vende por millones de dólares, pero que muchas veces parece no conectar con la gente?

Porque ahí lo que buscan es hacer circular el valor a través del dinero. En realidad, eso es una especie de puesta en escena, un teatro abstracto.

Una vez, en Caracas, me preguntaron qué pensaba del cinetismo. Los venezolanos estaban fascinados con ese movimiento; yo respondí que el cinetismo es, en esencia, un fenómeno óptico, nada más.

Para mí, una obra de arte implica creación. Hay artistas muy famosos que no saben dibujar el cuerpo humano, no saben representar una casa ni crear una figura. Pero les ponen una etiqueta, un nombre, y terminan vendiendo cuadros por millones. Los millonarios se protegen entre ellos; buscan mantener ciertas hegemonías económicas y culturales.

¿Diría entonces que parte del problema es que el arte ha dejado de verse como una forma de expresión y ha pasado a entenderse como un activo financiero?

Depende. Lo que planteas es interesante. El valor cultural y el valor económico no siempre son lo mismo. En el arte incaico, por ejemplo, podía existir un valor material por el oro o los metales utilizados. Pero ese arte ya no existe en las mismas condiciones.

Hoy muchas veces se habla más de cuánto cuesta una obra que de lo que representa. Pero también habría que preguntarse qué representa realmente el arte actual.

Muchos jóvenes sienten justamente eso: que el mercado termina imponiéndose sobre el significado de las obras.

Mira a Leonardo da Vinci. Millones de personas observan cada año la Mona Lisa y siguen preguntándose qué significa realmente. Algunos dicen que es un hombre, otros que es una mujer, otros inventan distintas interpretaciones, pero la fascinación permanece.

¿Cree que el poder económico termina influyendo en el arte de la misma forma que influye en la política?

El dinero siempre intenta concentrar poder. Por eso los grandes millonarios buscan mantener determinadas posiciones de dominio. Cuando uno observa los conflictos internacionales, las disputas entre potencias o las tensiones económicas, también encuentra esa lógica detrás.

Por eso me interesa estudiar procesos históricos como los de China o Vietnam. Son países que atravesaron enormes dificultades y transformaciones. Vietnam, por ejemplo, sufrió guerras devastadoras y aun así logró reconstruirse. Son experiencias históricas que ayudan a entender cómo funcionan las relaciones de poder en el mundo.

Cuando habla del arte actual, ¿cree que se ha perdido el criterio para distinguir una obra de arte de una simple ocurrencia?

Hoy vivimos rodeados de modas. Cualquier cosa puede ser presentada como arte. Están las instalaciones, por ejemplo. Alguien puede exhibir unos zapatos viejos y decir que es una obra. O poner un plátano pegado a una pared y venderlo por millones.

¿Y eso le parece arte?

No. Para mí, eso no es arte. Pero siempre habrá críticos que defiendan cualquier cosa.

¿Qué opinión tiene de intelectuales como Jorge Eduardo Eielson que incursionaron en las artes plásticas?

Lo que hicieron me parece más un ensayo o una exploración. Sé que esa opinión incomoda a algunos, pero yo no considero que hayan sido grandes creadores dentro de las artes plásticas.

Al revisar su obra, da la impresión de que existe una búsqueda espiritual muy fuerte.

Hay bastante de eso. Desde muy joven tuve esa inquietud. Quería conocer el mundo, entender otras realidades. Vengo de una familia que pasó por muchas dificultades económicas. He salido de la miseria y conozco lo que significa crecer en esas condiciones, por eso siempre tuve una necesidad de buscar algo más allá de lo inmediato.

Decenas de pinturas y esculturas del particular imaginario de Alberto Quintanilla ocupan los diferentes rincones de su departamento en Jesús María. (Foto: Richard Hirano)
Decenas de pinturas y esculturas del particular imaginario de Alberto Quintanilla ocupan los diferentes rincones de su departamento en Jesús María. (Foto: Richard Hirano)

LA IDENTIDAD PERUANA Y EL QUECHUA

Usted nació hablando quechua. ¿Cree que eso le dio una forma distinta de entender el mundo?

Sin duda. Hay experiencias que son difíciles de explicar. Por ejemplo, cuando uno escucha ciertos sonidos de la naturaleza en los Andes, empieza a preguntarse cómo habría sido el silencio antes de la llegada de los europeos.

Pienso en los incas. Ellos no conocían el ruido de una explosión, ni el rebuzno de un burro, ni muchos de los sonidos que llegaron después con la conquista. Esos animales y esos objetos también transformaron nuestra manera de percibir la realidad y hasta nuestro lenguaje cotidiano.

Por eso creo que muchas veces se desconocen aspectos profundos de la sensibilidad andina.

En varios momentos de la conversación ha vuelto sobre el tema de la identidad. ¿Cree que el Perú todavía tiene dificultades para aceptarse a sí mismo?

Sí. Lo veo incluso en cosas aparentemente pequeñas. Recuerdo a una mujer muy hermosa que conocí hace años: tenía una nariz armoniosa con su rostro, pero decidió operarse porque creía que parecía demasiado andina.

Eso me produjo tristeza. A veces rechazamos rasgos que forman parte de nuestra historia y de nuestra identidad. Hay una presión constante por parecer otra cosa.

¿Por qué le llamó tanto la atención ese caso?

Porque la belleza no es un asunto individual. También forma parte de una cultura, de una memoria colectiva. Cuando alguien posee una belleza auténtica y decide borrarla para parecerse a otro modelo, uno siente que se pierde algo.

Además, la belleza por sí sola no basta. Siempre he pensado que la inteligencia, la sensibilidad y la personalidad son igual o más importantes que la apariencia física. De poco sirve un gran atractivo exterior si no existe una riqueza interior que lo acompañe.

"Había sectores del mundo artístico que no soportaban que alguien como yo destacara", comenta Quintanilla. (Andina)
"Había sectores del mundo artístico que no soportaban que alguien como yo destacara", comenta Quintanilla. (Andina)

PARÍS Y LA MÚSICA

¿Cómo fue su llegada a París?

Yo estaba buscando trabajo y tratando de salir adelante. Un día me hablaron de un viejo conocido del Cusco al que llamaban “el Hermanito”. Era un músico muy talentoso, violinista, de familia acomodada. Lo había conocido años antes, cuando ambos estábamos vinculados a la Escuela de Bellas Artes.

¿Se reencontraron allá?

Sí. Lo busqué y finalmente nos encontramos. Conversamos un buen rato. Me contó que estaba trabajando en un restaurante, pero que pensaba marcharse a Alemania porque quería seguir estudiando música. Admiraba a Bach, Beethoven, Mozart, toda esa tradición. Entonces, me dijo: “Si necesitas trabajo, quédate con el mío”.

¿Y así terminó en el restaurante?

Exactamente. Acepté porque necesitaba trabajar. Me quedé como lavaplatos. Era un lugar muy particular. Arriba funcionaba como restaurante y cabaret; abajo estaba la cocina. Por ahí pasaban músicos, artistas y gente de todas partes.

Pero la música terminó encontrándolo igual.

Sí. Cuando acababa mi jornada agarraba una guitarra y me ponía a cantar huaynos. Los trabajadores ya me habían escuchado varias veces y les gustaba. Hasta que una noche pasó algo inesperado.

Los músicos que debían presentarse no llegaron. El dueño estaba desesperado porque el local ya estaba lleno y no tenía espectáculo, alguien comentó que había un peruano en la cocina que canta. Me dijeron que estuviera listo y que cuando sonara el timbre subiera al escenario.

¿Se acuerda de la presentación?

Perfectamente. El dueño explicó al público que los músicos no habían llegado y que esa noche escucharían a un peruano que trabajaba en el restaurante. Dijo que era estudiante de Bellas Artes, que hablaba quechua y que iba a cantar canciones de su tierra. Y de pronto me encontré frente a toda esa gente.

¿Qué cantó?

Un huayno que me había enseñado una de mis tías. Era una canción de Ancahuasi, cerca del Cusco. Antes de empezar les conté de dónde venía y luego me puse a cantar.

¿Cómo reaccionó el público?

Muy bien. Escuchaban con atención. No entendían las palabras, pero sentían la música. Esa noche descubrí que una canción andina podía emocionar a personas que estaban al otro lado del mundo.

Fue una noche especial para que aún la recuerde.

Muchísimo. Subí al escenario como un lavaplatos peruano y terminé compartiendo una parte de mi cultura con un público francés. Nunca olvidé esa experiencia.

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