Hay hombres que, al pintar, consiguen que un pueblo no desaparezca. Primitivo Evanán Poma era uno de ellos. Hoy, lamentablemente, ha muerto. Durante más de medio siglo convirtió la madera, la tierra de colores y una pluma de ave en una forma de memoria. Sobre sus tablas cabían las familias, las fiestas, los muertos, los animales, los conflictos, las migraciones y también las heridas de un país que muchas veces ha preferido no mirarse demasiado. Si las tablas de Sarhua son una de las expresiones más reconocibles del arte tradicional peruano, una parte decisiva de esa historia, quizá la más, lleva su nombre.
Evanán Poma nació el 18 de julio de 1944 en Sarhua, en la provincia ayacuchana de Víctor Fajardo. Creció viendo cómo los mayores pintaban las tablas que acompañaban la construcción de una casa. Aquellas piezas no eran originalmente cuadros para decorar una pared ni mercancías para turistas, sino objetos de reciprocidad donde quedaban impresas las familias y los amigos de quienes levantaban la casa y las entregaban como obsequio durante la ceremonia del Tabla Apakuy.
LA HISTORIA DE UN MIGRANTE
Evanán lo explicaba con sencillez: “Las tablas de Sarhua son un acto de reciprocidad”. En su concepción, la pintura no estaba separada de la vida comunitaria. Si alguien construía una casa, los demás tenían que ayudar; si alguien recibía una tabla, llegado el momento debía devolver el gesto. Incluso las ausencias podían decir algo. En una entrevista recordó que si un pariente no aparecía representado, podía molestarse y los mayores preguntaban por qué no figuraba. Las tablas, en cierta forma, ayudaban a mantener unida una comunidad.
Pero antes de convertirse en uno de sus grandes cronistas, Primitivo tuvo que convertirse en migrante.
A los catorce años partió de Sarhua rumbo a Lima. Su primer proyecto de vida no era ser artista, sino sacerdote. Había sido recomendado ante el obispo de Ayacucho, pero su familia no podía pagar los estudios. Su padre se negó incluso a vender el ganado para financiar la vocación de aquel muchacho al que consideraba enfermizo. Primitivo se resintió, tomó sus cosas, un poco de dinero que había ganado en un concurso escolar y partió.
Su arribo a Lima estuvo lejos de cualquier épica. Llegó a La Parada, le robaron parte del dinero y terminó durmiendo en la calle. Luego, se las buscó e hizo de todo: vendió fruta, trabajó como conserje, estudió por temporadas y pasó por distintas carreras universitarias. La ciudad, que entonces parecía una bestia enorme y desconocida, terminó convirtiéndose en el lugar desde donde regresaría simbólicamente a Sarhua una y otra vez.
De niño había observado a los pintores. Como entonces la tradición reservaba el oficio a los hombres adultos, no pintaba: miraba. Esa capacidad de observar terminaría siendo decisiva. En Lima, el antropólogo Salvador Palomino Flores lo animó a recuperar la tradición. Primitivo no le hizo demasiado caso al principio, pero después recordó el consejo y en 1973 realizó su primera tabla. Dos años más tarde participó en una de las primeras grandes exposiciones de tablas de Sarhua en Lima.
En una entrevista contó que en aquella primera exposición llegó incluso una oferta de cheque en blanco por sus obras. Él no terminaba de comprender el valor de lo que tenía entre las manos. Había llegado a Lima siendo un adolescente que dormía en la calle y ahora unos desconocidos querían comprarle aquello que había visto pintar a los mayores de su pueblo.

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