Fredy Tuanama Guerra nació en Orellana, una localidad del distrito de Vargas Guerra, en Loreto, y desde allí comenzó un camino que años después lo llevaría a estudiar arte en Pucallpa y a construir una obra profundamente vinculada con la Amazonía. Ese recorrido acaba de abrirle una nueva puerta. El artista ganó el XXIX Concurso Nacional de Artes Visuales Pasaporte para un Artista 2026 con Restos de un territorio celeste, una propuesta en la que vuelve a encontrarse con dos elementos que atraviesan buena parte de su trabajo, el cosmos y la geometría shipibo-konibo.
El reconocimiento le permitirá realizar una residencia artística de tres meses en la Cité Internationale des Arts de París, con pasajes y viáticos, además de estudiar francés durante seis meses en la Alianza Francesa de Lima y presentar una exposición individual en la galería L’Imaginaire en 2028. El premio llega después de competir en una edición que tuvo como eje ‘Las estrellas como territorio’ ‘y reunió a diez finalistas alrededor de distintas maneras de interpretar la relación entre lo cósmico y lo terrestre.
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Kenetría: La visionaria perspectiva del artista amazónico Fredy Tuanama
Desde joven, Tuanama ha estado inmerso en la cultura Shipibo-Konibo, y al decidir dedicarse al arte, profundizó aún más su conexión con la rica herencia ancestral amazónica que lo rodea. (Foto: María Meza)
Para Tuanama, sin embargo, las estrellas no eran un territorio completamente nuevo. Desde hace varios años venía desarrollando obras relacionadas con el cosmos y el universo a partir de formas geométricas vinculadas al kené. Conversamos con el artista sobre ese proceso y nos contó que, cuando conoció el tema propuesto para esta edición del concurso, sintió que había encontrado un espacio especialmente cercano a la búsqueda que ya venía construyendo. “Sentí que el tema que se daba en este concurso calzaba muy exactamente con el tema que yo venía trabajando en todos estos años”, recuerda.
Una obra que se transformó durante el camino
Su primera propuesta partía de representar estrellas y constelaciones mediante formas completas. La idea comenzó a cambiar después de ser seleccionado entre los diez finalistas y profundizar la investigación que acompañaría la creación de la obra. Tuanama viajó a Pucallpa y visitó pequeñas comunidades shipibo-konibo, donde conversó con jóvenes para conocer cuánto permanecía de determinados conocimientos que habían recibido de generaciones anteriores.
Allí encontró una situación que terminó modificando aquello que pensaba llevar al lienzo. Según relata, varios de los jóvenes con los que conversó recordaban que sus abuelos les habían contado historias durante la infancia, pero ya no podían reconstruirlas completamente. Para el artista, esas conversaciones mostraban que parte de ese conocimiento ancestral se estaba debilitando en su transmisión de una generación a otra. Las formas completas que había imaginado al comienzo dejaron entonces de representar aquello que estaba encontrando durante su investigación.
Tuanama decidió volver a sus bocetos y comenzó a fragmentar los diseños. Ya no buscaba representar únicamente el conocimiento que permanece, sino también aquello que puede ir desapareciendo cuando deja de transmitirse. “Esa idea inicial de representar formas completas como que ya no quedaba bien”, recuerda. Así fue tomando forma Restos de un territorio celeste, una obra que no surgió únicamente del tema planteado por el concurso, sino también de lo que encontró al regresar a un territorio que ha alimentado su trabajo durante años.
La exploración le permitió continuar una línea que ya había comenzado a ganar reconocimiento. En 2025 obtuvo el segundo lugar del XVI Concurso Nacional de Pintura del Banco Central de Reserva del Perú con ‘El Huishmabu’, una pintura inspirada en una narración shipibo-konibo sobre los hijos del Sol y la Luna. En esa obra combinó el arte kené con estructuras geométricas contemporáneas, una búsqueda que ahora continúa desde otros materiales, preguntas y formas de representación.

Una curiosidad que comenzó entre libros
Mucho antes de que aparecieran esos reconocimientos, su relación con el arte empezó de una manera bastante más sencilla. En su familia nadie se dedicaba a esta actividad, pero su padre era profesor y en casa había enciclopedias, diccionarios ilustrados y otros libros. Fredy los revisaba con curiosidad y se detenía especialmente en las reproducciones de obras de grandes artistas que encontraba entre sus páginas.
Todavía era un niño cuando empezó a copiar aquellas imágenes. En Orellana no tenía acceso a óleos o acrílicos, por lo que utilizaba lápices de colores, lápiz simple y los materiales que encontraba a su alcance. Más que la técnica, lo que comenzó a construirse entonces fue una necesidad de observar, preguntar y descubrir qué había detrás de las imágenes. “Creo que esa curiosidad hasta ahora se mantiene. Me gusta siempre estar viendo nuevas ideas, nuevos artistas”, señala. Para él, esa búsqueda constante ha terminado nutriendo y dando mayor fuerza a su propio trabajo.
Su infancia también transcurrió cerca de expresiones artísticas shipibo-konibo. A unos dos kilómetros de Orellana se encuentra la última comunidad shipibo-konibo en el río Ucayali: Nuevo Shetevo y Tuanama recuerda especialmente a las maestras que llegaban a las calles o recorrían las viviendas ofreciendo cerámicas, textiles y otras piezas. Eran encuentros cotidianos que entonces observaba como parte del lugar donde había crecido, pero cuyas formas y colores, explica, quedaron guardados en su memoria.
Años después, al trasladarse a Pucallpa para estudiar en la Escuela Superior de Formación Artística Pública Eduardo Meza Saravia, esos recuerdos volvieron a aparecer desde otra perspectiva. Tuanama compartió su formación con compañeros shipibo-konibo y comenzó a acercarse de manera más consciente a sus diseños, tratando de comprender cómo estaban construidos y qué conocimientos existían detrás de ellos. Egresó en 2016 y, desde entonces, esa búsqueda se convirtió en una parte constante de su producción artística.
El desafío, explica, ha sido experimentar sin convertir el kené únicamente en una forma decorativa. Con los años ha trabajado con nuevos soportes y materiales, entre ellos acrílico y metal, mientras intenta conservar los principios y conocimientos asociados a cada diseño. “Cambia el soporte, pero la esencia y todo ese conocimiento que hay detrás de cada diseño sigue manteniéndose”, sostiene. Es justamente en esa tensión entre lo heredado y lo contemporáneo donde ha ido construyendo buena parte de su lenguaje artístico.
De la Amazonía a una residencia en París
Ganar Pasaporte para un Artista coloca ahora esa búsqueda frente a un escenario distinto. Durante tres meses, Tuanama podrá desarrollar su trabajo en París y entrar en contacto con otras propuestas, materiales y formas de entender la creación artística. Su expectativa no se limita a mostrar fuera del país aquello que ha producido durante estos años. También quiere observar, aprender y regresar con nuevos elementos que puedan dialogar con el camino que ya ha construido.

“Aprender mucho de lo que se está haciendo en otros países, pero sin perder esa esencia amazónica, esa esencia ancestral”, explica. Esa idea resume también lo que espera de la residencia. No se trata de abandonar las referencias que han sostenido su producción para adoptar otras, sino de ampliar las posibilidades de su obra a partir del encuentro entre ambos mundos.
Esa mirada también aparece cuando piensa en los artistas amazónicos más jóvenes. Para Tuanama, experimentar con materiales y abrirse a otras influencias puede ser importante, pero esa búsqueda puede comenzar mucho más cerca, en las historias que permanecen en las familias y en los conocimientos que todavía sobreviven dentro de sus territorios. “Creo que lo primero sería investigar más nuestras raíces, nuestros conocimientos que estamos heredando y también perdiendo”, señala.
París será así una nueva parada en una trayectoria que comenzó mucho antes de que Fredy Tuanama imaginara una residencia artística fuera del país. El premio amplía ahora el territorio donde podrá continuar esa exploración, pero Tuanama tiene claro qué quiere conservar durante el camino, la esencia amazónica que ha acompañado su trabajo desde el inicio.
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