Constanza Michelson, psicoanalista y escritora chilena, propone en su más reciente libro: “Microdramas. El peso de lo leve” (Paidós), que en estas encrucijadas leves, es donde realmente se toman decisiones éticas y se definen los rumbos de una vida. El libro sugiere que existe un peso profundo en lo trivial, pues un simple gesto o un encuentro fortuito puede marcar el inicio de cambios trascendentales.
“El concepto de microdrama cuestiona la idea misma de identidad, que suele verse como algo fijo que nos orienta, pero la vida es ambigua y contradictoria. Un microdrama es una escena cotidiana, aparentemente sin importancia, pero que pone a prueba los códigos de convivencia”, dice la profesional chilena.
¿Cuál es el eje central de Microdramas. El peso de lo leve?
El libro trata centralmente sobre las encrucijadas de la vida. Explora el dilema de no dejar pasar una falta, reaccionar contra el otro y arruinarte la vida, o, por el contrario, cuándo el dejar pasar se convierte en una cobardía. Esa complejidad se pone en juego en cada gesto cotidiano, como decidir si detienes el auto para ceder el paso o si te tiras encima.
¿Cómo lograste pulir tu mirada y oído de especialista para rescatar lo que hay detrás de estos momentos ordinarios?
Esto nació casi como un juego a partir de un proyecto de libro fallido sobre “macrodramas”, donde investigaba mitologías y relatos antiguos para entender la condición humana cuando las teorías actuales no bastaban. Como el proyecto me quedó grande, andaba con esas historias en la cabeza; al observar escenas cotidianas con mi hija en la cocina, noté que ocurría exactamente lo mismo. Comencé a subir fotos con breves relatos a Instagram hasta que un editor me señaló que estaba escribiendo microdramas. Desde que le puse nombre al fenómeno, la palabra funcionó como un foco que me permite iluminar y ver microdramas en todas partes.
Afirmas que estos microdramas nos obligan a tomar decisiones. ¿Cómo se vinculan con la ética y la moral?
Son dramas y no simples anécdotas porque son escenas donde se juegan cosas con resonancia vital. Nadie planea estas situaciones ni puede predecir exactamente cómo reaccionará ante un divorcio, un asalto o al ver a alguien sufriendo en la calle. Ahí radica la diferencia entre moral y ética: la ética es esa zona donde debes decidir sin un manual previo, y solo después puedes analizar si actuaste bien. Por eso difiere de la identidad rígida; es muy distinto afirmar de forma infatuada “yo soy esto” a reconocer con humildad “estas son las cosas que he hecho”.

El subtítulo del libro es El peso de lo leve. ¿A qué se refiere esta aparente contradicción?
Se refiere a que solemos pensar que las cosas decisivas son únicamente los grandes eventos estelares o las reuniones importantes. Sin embargo, el rumbo de una relación o de una vida suele definirse en un detalle, un pequeño encuentro o un gesto leve que se transforma en encrucijada.
¿Las redes sociales, “la vida virtual” también generan nuevos microdramas?
Considero que la vida virtual no crea dolores ni dinámicas completamente nuevas en el ser humano, sino que acentúa y acelera la exposición de la imagen.. Los microdramas de siempre —como que alguien te deje de seguir, te bloquee o te vuelva a desbloquear— se trasladan a una escala virtual para la cual no estamos hechos, haciendo que la humillación o la cancelación resulten sumamente difíciles de tolerar.
Ante este escenario es vital no descuidar la salud mental.
A mí me preocupa que la salud mental se convierta en una frase donde quepa todo y en la que cualquier situación se vuelva un diagnóstico. En lugar de servir como una orientación para abordar ciertas dificultades, el diagnóstico pasa a convertirse en una identidad en la que todos terminan encajando.
¿Hay un exceso de diagnósticos en la actualidad y una necesidad constante de etiquetas?
Existen muchos especialistas que critican que hoy en día se diagnostica en exceso la vida cotidiana, como si hiciera falta tener una “chapita” o un diagnóstico para existir. Personalmente, prefiero leer esto como un fenómeno de época que nos obliga a preguntarnos qué nos está ocurriendo para necesitar tantas etiquetas o chapitas identitarias, incluso dentro de la salud mental.
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