Hay una cifra que debería avergonzarnos y, al mismo tiempo, despertarnos. Chile y Brasil, sin compartir un solo metro de frontera, comercian más de US$12,000 millones al año. Perú y Brasil, unidos por casi 3,000 kilómetros y por una carretera que costó una fortuna, no llegan a US$5,000 millones.
La geografía nos entregó la oportunidad. La burocracia, siempre eficiente para desaprovechar oportunidades, hizo el resto.
Durante la reciente presentación de CamBraPer, la Cámara de Comercio Brasil-Perú, en Puerto Maldonado, señalamos con claridad que una carretera, por sí sola, no genera comercio. La Interoceánica Sur existe desde hace años, pero continúa subutilizada porque todavía no se resuelven los asuntos que no aparecen en las fotografías oficiales: aduanas, controles sanitarios, tiempos de tránsito y coordinación binacional. Lo aburrido suele ser, precisamente, lo más importante.
El Corredor Bioceánico de Capricornio, que articula Brasil, Paraguay, Argentina y Chile, demuestra lo evidente. Más de una década de planificación y coordinación técnica convirtió una ruta en una verdadera plataforma económica. No fue solamente el asfalto. Fue la constancia, esa extraña costumbre de comenzar algo y, además, terminarlo.
Desde CamBraPer observamos señales alentadoras. El primer vuelo de carga Manaos-Lima, el nuevo régimen de cielos abiertos y la ruta Cusco-São Paulo anunciada por LATAM para 2027 muestran que la integración comienza a desarrollarse por aire, río y mar. En el futuro también deberá hacerlo por tren.
Pero nuestra ambición no puede limitarse a convertir al Perú en el pasadizo de la carga brasileña rumbo al Asia. Debemos transformarla aquí, agregarle valor y generar industria, empleo y exportaciones. Para eso existen las zonas económicas especiales, la manufactura y el ensamblaje.
También tenemos una tarea pendiente. El Acuerdo de Profundización Económico-Comercial con Brasil fue firmado en 2016 y, diez años después, el Perú aún no lo ratifica. Desde CamBraPer consideramos que su aprobación debe ser una prioridad.
Desde Lima o Brasilia, Madre de Dios y Acre pueden parecer el final del mapa. Desde el Pacífico y el Asia, son el centro de una oportunidad extraordinaria.
La geografía ya hizo su parte. La infraestructura principal existe. Ahora le corresponde al Estado avanzar con decisión y continuidad.
Brasil siempre estuvo a nuestro lado. Tenemos todo para convertir esa vecindad en desarrollo y demostrar que, esta vez, sí podemos lograrlo.
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