Eduardo Saldaña (Trujillo, 1995) es escritor y docente peruano. Ganó los Juegos Florales Interuniversitarios en 2021, el premio de bronce en el concurso de narrativa Germán Patrón Candela y la Primera Mención Honrosa en el concurso El poeta joven del Perú. Ha incrementado su poética édita con “Teología del No” (Vitanova, 2026).

Visión y estética

“Teología del No” es un poemario de corte expresionista que reinterpreta, desacraliza y humaniza a los personajes más emblemáticos del imaginario judeocristiano. A través de la voz lírica (que adopta la técnica del “monólogo dramático” o “máscara poética”), los personajes del Antiguo y Nuevo Testamento —así como del apéndice apócrifo— toman la palabra no para adoctrinar ni rendir culto, sino para manifestar sus grietas, culpas, traumas e impotencias. El título opera como clave hermenéutica: no se trata de una teología dogmática de afirmación (“Sí, creo”), sino de una teología de la negación, la duda y el dolor (“El No”). Se subvierte la fe dócil para dar paso al cuestionamiento del mito fundacional.

Estructura y arquitectura

El libro se organiza emulando la estructura bíblica tradicional en tres grandes secciones: Antiguo Testamento (12 poemas), Nuevo Testamento (20 poemas) y Apéndice Apócrifo (2 poemas finales).

Antiguo Testamento: explora el origen del trauma humano, la violencia filial, el patriarcado rudimentario y la sumisión a un Dios arbitrario o exigente (Adán, Eva, Caín, Abel, Abraham, Moisés, David, etc.). Abel: “En todas las familias siempre hay toda clase de asesinos. / Unos entierran vivos a sus víctimas y conspiran / contra el miedo. / Otros, solo cuando no saben dónde esconder el cadáver, por fin reconocen ese miedo. (p. 25).

Nuevo Testamento: desmitifica la encarnación y la redención, enfocándose en la carga psicológica, el miedo y las traiciones inherentes al destino (María, José, Jesús niño, Judas, Pedro, Pilatos, Barrabás, etc.).

Y, Apéndice apócrifo: de tono apocalíptico y metafísico sobre la finitud, el castigo y la soledad del testimonio (Muerte de los Apóstoles y las visiones del Apocalipsis de Juan). Léase: Muerte de los apóstoles (p. 85).

Humanización y desmitificación

Los personajes bíblicos dejan de ser estatuas de fe inquebrantable y adquieren carne, vulnerabilidad y angustia existencial. Revisemos Abraham: no es celebrado por su fe ciega al intentar sacrificar a Isaac, sino que queda marcado por la culpa perpetua de haber afilado el cuchillo contra su hijo: “Debí proteger a este niño y acabé matándolo. / No ahora, pero sí durante el resto de su vida” (p. 31). Moisés: se muestra frustrado y escéptico frente a un pueblo ingrato e ignorante, muriendo consciente de que sus actos no serán comprendidos. Cito: liberar a un pueblo / también significó liberarlos de su propia ignorancia Incrédulos, aduladores, paganos, y hasta impíos me siguieron. / Todos deseando que nadie los despreciara por su pasado. Todos con un linaje que se convertiría en alimento para el extravío. (p. 37)

Mujer y denuncia

Saldaña otorga una voz a las figuras femeninas, cuestionando la violencia estructural e histórica sobre ellas bajo pretextos divinos o morales. En “Eva” desmonta la culpa del “pecado original” y revela que el sometimiento de su cuerpo fue la verdadera manzana del conocimiento: “mi sexo humillado, siempre fue el único árbol / del conocimiento” (p. 23). En María Magdalena: confronta la narrativa que la condenó como impura, evidenciando la hipocresía de los hombres: “Lo cierto es que mi pudor terminó siendo manchado / bajo las leyes impuestas por maridos cobardes e insatisfechos” (p. 65). María de Nazareth: quien “Porque ni siquiera todo mi amor será suficiente / para calmar su miedo, cuando me lo hayan arrebatado, y todos me vean por fin, como la primera cómplice, quien trazó el camino para el peregrinaje del cordero” (p. 47).

Trampa del destino

Los personajes tienen un guion divino inevitable. Judas Iscariote, por ejemplo, no es el villano absoluto, sino un engranaje trágico del plan de redención que espera ser rescatado por el mismo maestro a quien entregó. Pedro pide ser enterrado boca abajo para que la Iglesia se cimente sobre la memoria de un hombre que falló, para que así, cuando alguien haya fallado, se sienta menos culpable, al recordar sobre quién está pisando.

Valoración y conclusión

“Teología del No” se inscribe en la tradición lírica peruana que dialoga y tensiona los textos sagrados en la línea de como Antonio Cisneros (“El libro de Dios y de los húngaros”). En el poema que cierra “Juan y las revelaciones” se expresa a través de los siete ángeles (recordamos a nuestro “Éxodo a las siete estaciones”).

El autor construye una poética del desengaño y de la empatía. Evidencia que la verdadera trascendencia humana no reside en la obediencia ciega al dogma ni en el heroísmo divino, sino en la capacidad de soportar la culpa, el dolor, el amor contradictorio y el aplastante silencio del universo. Saldaña nos recuerda que, al despojar al mito de sus oropeles, lo que queda en la raíz de toda teología es, simplemente, la frágil y trágica condición humana. Estos méritos hacen de Saldaña una de las voces más potentes de la nueva poesía peruana.

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